Edixon se puso en pie, empujando la silla sin demasiada ceremonia. —Por supuesto, todo va genial. Zara se dispuso a coger su copa, pero él interceptó el movimiento y la obligó a levantarse. Sus labios buscaron los de ella sin ofrecerle otra escapatoria. Los dos por igual aceptaron la lengua del otro con avidez y ofrecieron la suya. Zara sabía a vino y olía a primavera. Edixon inclinó la cabeza y el beso se hizo más profundo. Las manos de su esposa, que lo sujetaban firmemente por la camisa, se fueron relajando hasta abrirse por completo. Las apoyó en su pecho y luego le rodeó la espalda con ellas. Zara gimió de placer y se deshizo entre sus brazos. Cada caricia de aquella mujer era real y estaba cargada de deseo. Estaban hechos el uno para el otro. Los esfuerzos, por parte de Zara, par

