El vapor de la ducha empezaba a llenar el lavabo. Por primera vez desde el día en que se habían conocido, un silencio tan ancho como el Gran Cañón se interponía entre ellos. —¿Cuánto tiempo deberíamos quedarnos aquí dentro? Edixon miró hacia el teléfono de la ducha como si allí pudiera encontrar la respuesta. —Bueno, si estuviera ahí dentro haciéndote el amor, dedicaría un buen rato a aprender cada centímetro de tu cuerpo. Zara se mordió el labio e imaginó los de Edixon dibujando senderos húmedos en su piel, presionándola. —Si sigues hablando así, acabaremos teniendo problemas. —Recuérdame por qué estamos aquí sentados, dejando que el agua caliente se pierda por el sumidero. Ojalá lo supiera. Ah, sí. Estaban casados, pero la intimidad no entraba en sus planes. —Porque los dos somo

