Lucia, desde el ángulo de la plaza más cercano al Palazzo Franciolini, permaneciendo en la sombra, había admirado con distracción las evoluciones del halcón. Su ojo, más que al halcón, escrutaba el Torrione di Mezzogiorno, donde se mantenían prisioneros los condenados a muerte, entre los que estaba su abuela y su amor, Andrea Franciolini. Y también las tres muchachas que conocía bien, de las cuales una, para más inri, estaba preñada, que habían sido declaradas brujas y acabarían sus días de una manera horrible. Nunca había imaginado a qué niveles podía llegar la perfidia de su tío. Los procesos habían sido una farsa, y vale, las condenas eran obvias, y no había nada que hacer, pero que se les debiese hacer esperar dos meses a los condenados antes de ser conducidos al patíbulo, conscientes

