Avanzando a trompicones por la casa a oscuras, encendió las luces al acercarse a la puerta principal. Al abrirla, vio a Dana allí de pie, vestida solo con una camiseta blanca sin mangas y vaqueros. —Oh, no pedí nada —dijo cerrando la puerta. —¡Ah, sí, ya lo sé! —Dana metió el brazo por la puerta—. Solo quería hablar contigo de algo. "¿Trabajos esporádicos y cosas así?", preguntó. "Estoy en medio de algo ahora mismo". —Vaya, sí, pareces muy distraído. Me apresuro. —Dana rebuscó en su bolsillo y sacó un billete de cien dólares—. Anoche, cuando te traje la comida, me diste esto. —¿Yo... yo sí? —Recordó haberle dado propina, pero no mucha. —Sí. Me dijiste que me quedara con el cambio; fuiste muy amable. —Dana se acercó a él—. Bueno, verás, me puse a pensar. Quizás fue un accidente, quizá

