La puerta se abrió con un golpe seco, apenas escucharon a su hija pedir ayuda, ambos volaron a casa. — ¡Elena! — llamó Henry desde el recibidor. No hubo respuesta, Isabella fue la primera en verla, el grito que salió de su garganta fue desgarrador. — ¡DIOS MÍO! — grito. Elena estaba recostada en el suelo de la sala, medio de lado, respirando de forma pesada y desigual. La sangre le corría desde la nariz hasta mancharle el labio ya partido, un moretón oscuro comenzaba a florecerle en la mejilla. Henry se quedó congelado un segundo, solo uno, luego cruzó la sala en dos zancadas. — ¡Mi niña, mi niña! — su voz se quebró al arrodillarse junto a ella. Isabella ya estaba temblando mientras marcaba en su teléfono. — Emergencias, necesito una ambulancia... — dijo con la voz rota — Hay una m

