-ENTRE EL DEBER Y EL DESEO-

1701 Palabras
Mientras tanto, los Reyes de Albagard se encontraban sumidos en un diálogo cargado de pesar, el tiempo se agotaba y la única opción que les quedaba era aceptar el compromiso de su primogénita con el Duque Larkin de Valdronia. —No podemos seguir retrasando la respuesta, mi amor —dijo el Rey con voz grave, dejando caer su puño cerrado sobre la mesa, hemos enviado emisarios a cada Reino aliado, y nos dieron espalda a nuestra súplica, no tenemos ejército suficiente para resistirlo si decidimos rechazar su propuesta. - La Reina Adela, de pie junto a la ventana, observaba los jardines, la risa de su hija resonaba entre la multitud, Adelaide todavía tenía la esperanza de un futuro distinto, uno que ahora parecía imposible. —No hay justicia en esto… —susurró la Reina, cerrando los ojos con impotencia. - el hombre que asesinó al esposo de tu hermana la Reina Valkiria en aquella inaudita guerra por defender a su familia y a sus frentes…, ahora exige a nuestra primogénita como un tributo…- El Rey Theodric suspiró, con el rostro endurecido por el dolor. -Si nos negamos, traeremos la guerra al reino, no podemos permitir que nuestro pueblo sufra y que nuestro gran secreto se disipe al ser descubierto; tal vez, con el tiempo, Adelaide se encariñe con el Duque y así aplaque su ambición al formar un hogar juntos. - La Reina lo miró con incredulidad; su esposo, siempre sensato y pragmático, intentaba hallar esperanza donde no la había, pero ella conocía el verdadero rostro del Duque de Valdronia, sabía que era cruel, ambicioso y que jamás dejaría de ver a Adelaide como una moneda de intercambio. —¿Realmente crees que mi hija podría amarlo? —preguntó con amargura—. ¿Crees que ese hombre la hará feliz? El Rey no respondió de inmediato, su mirada se perdió en el suelo, su postura se desplomó ligeramente bajo el peso de la decisión pues no creía en lo que decía, solo intentaba aferrarse a una ilusión, porque la verdad era demasiado dolorosa de aceptar. Finalmente, levantó la vista y tomó la mano de su esposa. —Aún nos quedan unos pocos días para la respuesta y agotare todas las opciones posibles para evitar esa alianza impuesta para nuestra princesa. - Una lágrima silenciosa rodó por la mejilla de la Reina Adela antes de que ella se irguiera, componiendo su expresión con la misma fortaleza que la había caracterizado toda su vida, sabía que debía mantenerse firme por su hija, por su pueblo; pero en su interior, su corazón clamaba justicia, y, si la historia le había enseñado algo, era que ninguna traición quedaba impune para siempre. El silencio de la noche en Albagard solo era interrumpido por el eco de los pasos apresurados de Ethan en los pasillos del palacio, cada sombra le recordaba el peso de su impotencia. Cuando localizó en los jardines a su princesa, la encontró de pie junto a la ventana, la luz de la luna delineando la tristeza en su rostro, sus ojos se encontraron, y en ese instante, sin necesidad de palabras, comprendieron que su destino estaba sellado, Ethan acortó la distancia entre ellos; Adelaide cayó en sus brazos, y él la sostuvo con la desesperación de un hombre que estaba perdiéndolo todo. —Lo siento, mi amor—susurró contra su cabello, su voz quebrada por la impotencia. Ella hundió el rostro en su pecho, aferrándose a su ropa con manos temblorosas. —No es tu culpa, Ethan…- murmuró -Pero tampoco puedo hacer nada para detenerlo-. Él cerró los ojos con rabia contenida, no podía soportar la idea de verla convertida en la esposa de ese monstruo, con un impulso desesperado, tomó su rostro entre sus manos y la besó, fue un beso cargado de angustia, de amor, de la necesidad de grabar en su piel lo que la cruel realidad les estaba arrebatando, sus labios se buscaron con más ansias, sus cuerpos se fundieron en un abrazo que los hizo olvidar, aunque fuera por un segundo, el destino que los separaba, sus manos se aferraron con fuerza, como si el solo hecho de soltarse significara perderse para siempre, el tiempo se volvía un enemigo despiadado, Adelaide se aferró a su cuello, su aliento entrecortado contra su piel, sintiendo que su cuerpo se negaba a soltarlo, pero cuando la sintió temblar contra él, se detuvo, apoyando la frente en la suya. —Daría mi vida por cambiar esto…—dijo con voz ronca. Adelaide acarició su mejilla, sus ojos nublados por lágrimas. -No quiero que des tu vida… Quiero que vivas… Y que recuerdes que esto que sentimos siempre fue real, que no fue un sueño. - La princesa se llevó una mano al pecho, conteniendo un sollozo; y, entonces con el dolor tallado en cada paso, salió corriendo, Ethan la observó alejarse, sintiendo cómo su mundo se desmoronaba con cada latido; pero finalmente, con una agonía silenciosa, la dejó ir. Por la noche en la sala de reuniones de Reino de Albagard, el murmullo de las antorchas encendidas proyectaba sombras largas sobre la mesa de guerra, iluminando los mapas con su tenue resplandor, el Rey Theodric se mantenía de pie frente al gran mapa extendido sobre la mesa de roble, su semblante tenso, las arrugas marcadas por semanas de incertidumbre, a su derecha, Ezra, su más leal amigo y brazo derecho aguardaba en silencio, y a su lado, su hijo Ethan, como un joven guerrero de mirada fiera; se mantenía firme, conteniendo el ansia de actuar, con la determinación de proteger lo suyo. —No podemos ceder sin luchar —insistió—. Este es nuestro hogar, si el duque avanza, debemos resistir hasta el final. - Su padre, observaba con calma el mapa, su voz al hablar fue medida y fría. —¿Y qué defenderás cuando las murallas cedan en la primera embestida? — preguntó sin apartar la vista de los límites de su reino, —. -¿Qué salvarás cuando la guerra no llegue solo a los soldados, sino a los niños y ancianos que no pueden empuñar una espada?- El joven frunció el ceño, pero antes de que pudiera responder, una tercera voz se alzó en la penumbra. —Tu padre tiene razón. - El Rey, quien había permanecido en silencio hasta ahora, alzó la vista con gravedad, sus ojos reflejaban el peso de la corona y las decisiones imposibles que recaían sobre él. —He pasado noches en vela buscando una alternativa. Pero no podemos ganar una guerra en las puertas de nuestra fortaleza. No contra un ejército como el de Valdronia. - El joven caballero miró a su Rey con incredulidad. —Entonces… ¿vamos a rendirnos? - El monarca negó con un suspiro. —No se trata de rendirse. Se trata de elegir cómo luchamos. – Las puertas del salón se abrieron de golpe. Un heraldo, ataviado con los colores reales, se inclinó profundamente antes de anunciar: -Majestad, mi señor... su hermano, el Rey Barham de Empirian, solicita audiencia urgente. - Theodric asintió sin palabras, Barham entró a pasos rápidos, su capa ondeando tras de sí, sus ojos, imponentes características de los Raventhorn , brillaban con una mezcla de preocupación y decisión. —Hermano —dijo, sin perder tiempo en protocolos — Traigo noticias y una propuesta que puede cambiar nuestro destino. - El caballero real alzó una ceja, alerta, mientras el joven guerrero apretaba los puños, conteniendo la impaciencia. —Habla —ordenó el Rey, su voz grave resonando en el silencio. -Propongo unir nuestros ejércitos entre nuestros reinos, con hombres frescos y estrategas de ambos lados, no sólo evitaremos que Adelaide sea entregada como moneda de cambio, sino que también pondremos fin a la tiranía de Larkin de una vez por todas y con esta batalla alcanzaremos reforzar la protección de nuestro común secreto y finalizamos con ese deseo de venganza nuestra hermana Valkiria y sus hijos hacia el Duque.- El caballero Ezra tomó la palabra, señalando con firmeza un punto en el mapa. —Si permitimos que el duque traiga la guerra a nuestras murallas, estaremos perdidos, nuestra fortaleza no resistirá un asedio prolongado, pero si lo obligamos a pelear lejos de aquí… si lo debilitamos antes de que llegue, entonces podremos inclinar la balanza- El Rey Theodric entrecerró los ojos, sopesando la magnitud de lo que implicaba El Rey Barham avanzó un paso más, su voz endurecida por la urgencia solo exclamo: - Así es!! ¡¡Detrimento!!- El caballero real intercambió una mirada significativa con su hijo, una oportunidad, una esperanza, una batalla que, vencida, lo cambiaría todo. El Rey Theodric golpeó el mapa con el puño cerrado, dejando escapar un suspiro pesado. —¿Quieres decir sabotaje? - —Sabotaje, desgaste, tácticas de guerrilla —afirmó su hermano—. -Ataques a sus caravanas de suministros, emboscadas en caminos clave, no podemos igualar su fuerza en campo abierto, pero podemos quebrarlo antes de que siquiera toque nuestras tierras. - El soberano de Empirian sonrió apenas, una chispa de viejos lazos encendiéndose en su mirada. —Por mi sobrina, por tu honor... y por la libertad de todos los reinos, esta vez el sabotaje es Sí. - Un pesado silencio cayó sobre el salón; finalmente, el Rey alzó la vista, sus ojos bañados de renovada determinación; apoyó ambas manos sobre la mesa y miró al joven caballero con una determinación inquebrantable. —No lucharemos en nuestra fortaleza, atacaremos desde las sombras, desgastaremos su ejército, lo obligaremos a luchar en su peor escenario. - -Entonces preparemos nuestras fuerzas, esta vez...- susurró, como una promesa que atravesaba los siglos - lucharemos para vencer, o moriremos intentándolo. - El caballero real asintió solemnemente, su hijo desenvainó su espada y la levantó al cielo como juramento. La guerra secreta había comenzado, el destino del Reino estaba decidido, no se enfrentarían al Duque en su fortaleza… lo harían en una emboscada de su propia guerra, una que él no esperaba; la ayuda del Rey Barham hermano mayor y magno soberano de Empirian. La tensión en el Reino era palpable, porque mientras organizaban la emboscada el tiempo ya había llegado a su fin.
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