La nueva entrenadora

3639 Palabras
  Sammy se despertó, ya no con la alarma de su celular, como solía hacerlo hace poco más de un año, cuando tenía que entrenar o atender alguno de sus miles de compromisos como la futbolista mujer más famosa de todos los tiempos, sino con su reloj biológico, como venía haciendo desde después del accidente.  No. Más bien, como lo venía haciendo desde que pudo conciliar el sueño de nuevo, meses después del accidente.  Después de aquella fatídica noche en que su mundo se vino abajo, fueron dos meses en los que ni ella, ni sus padres, ni su novio podían dormir por sus gritos. Gritos que ella lanzaba porque cada puñetera noche su mente reproducía el momento del accidente.  Sammy recordaba poco, porque perdió el conocimiento apenas su cabeza chocó contra la ventanilla del auto, pero lo poco que recordaba estaba aún fresco en su memoria.  Chelsea, que era la que iba conduciendo, se estaba riendo como típica tonta borracha, burlándose de Chloe, que iba de copiloto, por no haber tenido el valor de prestarle atención a uno de los tipos que les estaban coqueteando en el club.  Sarah, que estaba en los asientos de atrás junto a Sammy, también se reía y veía cuántas personas habían visto sus historias de i********:, en donde por supuesto había publicado lo mucho que se habían divertido celebrándole el cumpleaños a Sammy.  Sammy, por su lado, estaba recostada contra la ventanilla, sintiéndose mareada por tanto beber alcohol. Ella no estaba acostumbrada a beber, porque se suponía que siendo una deportista de alto rendimiento no podía beber, mucho menos estando en plena temporada. Al día siguiente tenía que regresar muy temprano a Manchester porque tenía entrenamiento, en unos días sería la segunda fecha de Champions en donde se enfrentarían al Arsenal, y estaba pensando en cómo rayos haría para que la entrenadora no notara su resaca.  Sammy, a pesar de que estaba borracha, seguía un poco cuerda, y se dio cuenta cuando Chelsea se pasó al otro carril, yendo en contravía.  —Ch-chelsea —intentó advertirle Sammy, pero la borrachera hacía que no le salieran las palabras.  Algunos autos lograron esquivarlas, pero un camión que venía a toda velocidad porque en esa autopista no se podía andar a menos de 80 km/h, no pudo mandar en volantazo, porque eso significaría muy posiblemente causar un accidente aun mayor, y embistió el auto de las chicas.  Sammy recordaba aquel brillo cegador de las luces del camión, y recordaba el grito de Chloe, y después de eso, nada.  Solo recordaba, después de eso, despertarse en la habitación VIP de la clínica más exclusiva de Londres, rodeada de muchos ramos de flores y peluches, con sus ojerosos padres y novio al lado de la cama, y...que pegó un doloroso grito en el cielo cuando se dio cuenta de que le habían amputado media pierna izquierda.  Y cuando le revelaron unas horas después que dos de sus mejores amigas de infancia habían fallecido en el acto, solo la hizo empeorar.  Sammy sabía que había tenido suerte al sobrevivir a un accidente así, sin quedar con secuelas peores, como con las que quedó Sarah, que el fuerte choque, aparte de destrozarle ambas piernas —una de ellas quedó tirada en plena carretera—, la hizo quedar con una seria afectación neuronal que ya no le permitía ni siquiera hablar.  Fue un año de una dura recuperación física y psicológica para Sammy, pero ya podía caminar bien con su prótesis e incluso hacer ejercicio con ella.  Su prótesis no era como las comunes. Era una prótesis impresa en 3D, un exoesqueleto de titanio que replicaba la forma exacta de la parte de su pierna perdida. Su novio, médico especialista en medicina deportiva, fue el que tuvo la idea de ese tipo de prótesis, ya que consideraba que el estándar, esas que usaban la mayoría de personas amputadas, por su apariencia mecánica, robótica y grande solo incrementaba el sentimiento de perdida en el paciente, no ayudando en nada a su salud mental.  Era entonces una prótesis estética, bonita y liviana, con la misma forma de su pierna funcional, creando así una conexión más humana con el paciente, e incluso se le podía colocar una funda de silicona para asemejar la piel y que nadie se diera cuenta de que llevaba puesta una prótesis.  Sammy se sentó en la cama, despeinada y con cara de no querer hacer nada en todo el día y seguir durmiendo, pero sabía que, si no quería engordar como una vaca —como lo había alcanzado a hacer los primeros meses después del accidente—, tenía que hacer ejercicio.  —Hola, amiguita —le dijo Sammy a su prótesis deportiva, que descansaba a un lado de su cama —. Hoy te haré sufrir.  Sammy tenía dos prótesis. Una para hacer ejercicio, y otra solamente para dar un paseo por la casa o cuando tenía que salir a sus terapias.  Ella solo salía de casa para sus terapias, nada más. No había vuelto a hacer vida social, porque le aterraba que la vieran así, con su prótesis, por más que se la tapara usando pantalones de chándal gruesos.  Recordaba su primera salida de casa tras el accidente. Fue traumático escuchar cómo los paparazzi le preguntaban qué iba a ser ahora de su vida.  Sammy, aun un año después de esos hechos, no sabía qué iba a hacer con su vida. Algunos de sus amigos deportistas le habían recomendado continuar como futbolista, pero jugando en los equipos de amputados, porque incluso existían torneos como el Mundial de Fútbol de amputados, y ya había recibido alguna que otra propuesta de clubes de fútbol para personas con esa condición física, pero ella ya le había dado la orden a su manager, Vicky, de que diera un rotundo no a cualquier propuesta deportiva.  Tampoco había continuado con sus campañas publicitarias para las famosas marcas de las que era musa, a pesar de que le habían propuesto continuar, pero modelando su pierna con prótesis, ya que el tema de la inclusión estaba de moda.  Sammy se había encerrado tanto en su burbuja de depresión, que ya no sabía cómo salir, y no ayudaba el hecho de que su rutina era la misma todos los días; se levantaba a eso de las 10 a.m., desayunaba, hacía dos horas de ejercicio, se duchaba, iba a sus terapias —y a veces faltaba, a menos que su madre la obligara a ir llevándola ella misma—, almorzaba y se quedaba el resto de la tarde y parte de la noche leyendo libros de fantasía romántica.  Prácticamente, fueron los libros los que salvaron a Sammy de caer en una profunda depresión y suicidarse, porque claro que por su mente pasó quitarse la vida al considerar que sin el fútbol ya no tenía una razón para vivir.  Todo empezó en el segundo mes de su recuperación tras el accidente, cuando después de la terapia física llegaba a casa y no tenía nada más qué hacer. Estaba mirando imágenes en Pinterest solo para matar un poco el aburrimiento, y vio una llamativa imagen en donde vio a un atractivo hombre con orejas puntiagudas y alas de murciélago, y al leer el pie de la foto, supo que era el fanart de un hada, protagonista de una saga de libros de fantasía que era el Best Seller del momento.  Fue así que el algoritmo de t****k dio por hecho que a Sammy le gustaba mucho la saga de Una Corte de Rosas y Espinas de Sarah J. Maas y le empezó a mostrar los vídeos que los famosos BookTokers hacían sobre esos libros, y Sammy quiso comprobar qué tan buenos eran y compró toda la saga, y se la terminó de leer en dos semanas, a pesar de que cada libro parecía una biblia, con más de 500 páginas cada uno.  “No me puedo suicidar sin antes saber qué pasa en este libro”, se decía Sammy cada vez que veía la publicidad de otro libro en t****k e i********:, y fue así como se volvió una compradora compulsiva de libros, y ya sus padres sabían que cada vez que llegaba a casa un paquete de sss, era para ella.  Fueron los libros los que salvaron a Sammy, y su padre se había emocionado tanto, que le acomodó una de las habitaciones libres de la mansión como biblioteca, con muchas estanterías y un cómodo sofá para leer.  Así que ahora Sammy se la pasaba encerrada o en su cuarto o en su biblioteca leyendo, y ya no quería saber nada del mundo del fútbol, y no era porque no le importara, sino porque no quería salir de esa burbujita de confort que había encontrado en el mundo de la lectura.  Se puso su prótesis, y mientras lo hacía, miró a la ventana. Era un día lluvioso, como cualquier día en Inglaterra, así que no podría salir a correr y tendría que conformarse con ejercitarse en el gym de la casa.  Recogió su enmarañada melena rubia en una coleta, fue al baño a hacer sus necesidades y lavarse la cara, y apenas se miró en el espejo, notó de nuevo que sus profundos ojos celestes ya no tenían el brillo de antes.  Sí, ella estaba mejorando, ya no tenía ganas de morirse, ya no lloraba todas las noches, ya no tenía tantas pesadillas, pero todavía estaba en la fase de aceptación de su situación, y eso podía tomar años.  Miró el frasco de antidepresivos que reposaba sobre la repisa cercana al lujoso lavabo de mármol. Ella no quería seguir tomándolos, no cuando eso era lo que la ponía a dormir hasta tarde, pero cuando los intentaba dejar, las pesadillas y la depresión regresaban multiplicados por mil, y ella no quería que sus padres sufrieran más por culpa suya, así que se tomó su dosis diaria.  Bueno, al menos los antidepresivos no tenían los mismos efectos matadores de los anticonceptivos, porque ella sí que se había sometido a esas altas dosis hormonales durante sus cinco años de noviazgo con Walter, contenta porque algunos de esos métodos cortaban su periodo menstrual por varios meses, pero detestando las náuseas que a veces la causaban y la insoportable migraña.  Ahora que su relación con Walter estaba en pausa y que por ende no tenía una vida s****l activa desde el accidente, no tenía la necesidad de someterse a esa carga hormonal para evitar tener bebés, y ya no le daban migrañas.  Walter...  Sammy se sentía culpable al ser tan cortante y distante con él, hasta el punto de no responderle los mensajes por un mes entero y no salir de su habitación cuando venía de visita, pero es que ella en serio quería evitar cosas y personas que le recordaran sus años dorados en el fútbol, y Walter era una de esas personas que le recordaban eso, porque después de todo, ella lo había conocido en las instalaciones de la ciudad deportiva del Real Manchester, cuando su padre hizo de casamentero y los presentó.  Ella en ese entonces tenía 20 años, y a pesar de su belleza y sensualidad, no había tenido novio e incluso era todavía virgen, porque ella había tenido claro desde pequeña que quería un amor como el de sus padres, que ambos habían sido el primer y hasta el momento único amor del otro.  Walter entonces fue la primera vez de Sammy en muchas cosas, y ella en serio había querido casarse con él, pero primero fue su apretada agenda lo que había complicado las cosas, y después fue el accidente.  Y si ahora Sammy no sabía qué haría con su vida, mucho menos sabía qué sería de su relación con Walter. Ya se había hecho a la idea de que ese “break” que se estaban tomando, en realidad era una separación definitiva.  La rubia bajó a la cocina con su ropa deportiva, en donde ya la señora del servicio le tenía listo su desayuno. Una tostada con aguacate y huevo escalfado, y un gran vaso de jugo de naranja.  Aunque Sammy ya no estuviera jugando, seguía llevando una estricta dieta de deportista, porque quería conservar su figura.  —Hasta que al fin te levantas, su majestad —la saludó Maribel en español, entrando en la cocina, también con su ropa deportiva, recién salida del gimnasio de la casa —. ¿Cómo amanece mi bebé?  Maribel le dio un sonoro beso a su hija en la mejilla, y la chica gruñó y siguió comiendo.  —Amaneciste gruñona, por lo que veo —continuó la ex modelo, sirviéndose un vaso de agua.  Maribel, a sus 45 años, seguía siendo esa misma mujer despampanante que enamoró a Roger en una fiesta de Vogue cuando apenas tenían 19 años. Lo había deslumbrado tanto, que un año después ya estaban viviendo juntos, y con Sammy en camino.  Sí, tuvieron a Sammy a los 20 años, pero era algo apenas normal en los futbolistas eso de tener hijos a temprana edad. Era algo así como una tradición en ese mundillo del fútbol que Maribel todavía no terminaba de entender.  Pero Roger y Maribel no habían cumplido con una de esas tradiciones en el mundo del fútbol, y esa era la de tener hijos por montones. Se habían decidido a quedarse solo con Sammy, ya que Maribel la había pasado muy mal en el embarazo, y no quisieron optar por el vientre de alquiler al considerarlo algo un poco inhumano y desalmado.  Tener padres jóvenes tenía sus ventajas, pero si Sammy se había ido de casa apenas cumplió los 18 fue precisamente porque sus padres aun parecían unos pubertos que cogían como conejitos, y Maribel no era precisamente muy silenciosa a la hora de intimar con su esposo.  —No hubiera amanecido gruñona, si papá y tu no hubieran follado como conejos hasta pasada la medianoche —se quejó Sammy, y su madre la fulminó con la mirada.  —¡Samantha! —la reprendió de inmediato.  —¿Qué? ¡Es la verdad!  —¿Y tienes que decirlo empleando ese vocabulario?   —¿De qué otra forma quieres que lo diga?  Maribel estuvo a punto de voltearle el rostro a Sammy con una bofetada por responderle de esa manera tan altanera, pero...no fue capaz. Había tenido que ser muy paciente con su hija durante todo ese año de recuperación, pero no sabía hasta cuándo podría soportarse esa actitud insolente.  Algo de esperanza le daba saber que ahora Sammy volvería a las canchas, pero ahora como entrenadora.  Si es que Sammy aceptaba hacerlo, porque ni siquiera lo sabía. Roger se lo diría esa noche durante la cena.  —Lo siento, cariño, intentaremos ser más...discretos —dijo Maribel, y Sammy rodó los ojos y terminó su desayuno —. ¿Vas a terapia hoy?  —Ya no necesito esas terapias, ni las físicas ni las psiquiátricas —se encogió de hombros y miró hacia ningún lugar en específico —. Estoy perfectamente bien.  Maribel solo suspiró. Si bien Sammy había tenido un gran avance con respecto a cómo estaba hace medio año, todavía le faltaba sanar, y, sobre todo, volver a abrirse al mundo, porque pasó de querer comérselo, a querer vomitarlo.  —Tu padre te tiene una excelente noticia —dijo Maribel, mirándose las uñas acrílicas perfectamente arregladas —, te lo dirá en la cena, así que más te vale no encerrarte en tu habitación y bajar a cenar a las 19 horas.  “Espero que esa noticia sea que al fin me dejarán regresar a mi casa, sola con mi soledad” pensó Sammy, regresando a su habitación para quedarse allí encerrada el resto del día leyendo.    ****    La junta directiva del club Lions miró con incredulidad a Roger, y eran dos las razones: 1) que él hubiera propuesto que su hija fuera la nueva directora técnica del equipo, y 2) que el fichaje estrella del que tanto había hablado desde hace unas semanas, fuera el colombiano Maximiliano Bonilla, el ex 10 de la Selección Colombia y del Madrid F.C., ganador de dos balones de oro y muchos premios más, pero cuya carrera empezó a decaer cuando la fama se le subió a la cabeza, bajando a un nivel lamentable su rendimiento deportivo, hasta el punto en que ya ningún club lo quería y que su selección lo dejó de convocar desde hace ya un tiempo.  Y puede que Roger fuera el socio fundador del club y el presidente del mismo, pero considerando que el Lions se estaba manteniendo a flote por el dinero de los demás socios, él no podía tomar decisiones así como así sin consultarlo con la junta directiva.  Y ninguno estaba de acuerdo con que Roger pretendiera llevar al equipo a la primera división con una ex jugadora que no estaba al 100% en sus facultades mentales y que no tenía ninguna experiencia previa como entrenadora, y con un jugador que había durado seis meses ausente del fútbol de alta competición por ser una diva al que ya ningún equipo quería tener en sus filas.  —No dudamos en que tu hija es una mujer muy talentosa, Roger —dijo Connor, tratando de sonar lo más cordial posible para que Roger no se ofendiera —, le dio muchas alegrías a este país mientras pudo, y logró lo que ninguna mujer había logrado antes en el fútbol, pero para lograr subir a primera división necesitamos a un entrenador con experiencia, y Samantha solo tiene experiencia como jugadora.  —Fue capitana desde los 13 años —les recordó Roger, soltándose un poco el nudo de su corbata al sentirse asfixiado por la tensionante situación —, por supuesto que tiene experiencia comandado gente.  —No es lo mismo, Williams —intervino Theodore, el socio que más dinero tenía entre todos y por el que prácticamente el club todavía seguía a flote —, y no es por ser machista, pero por el momento no hay ningún antecedente de un equipo que haya logrado ascender a primera división bajo el comando de una mujer.  —Entonces seamos los primeros —insistió Roger, mirando a Laura, la única socia mujer, viuda de un magnate a la que convenció de invertir en el club al conocerla hace dos años en una gala que organizó la realeza británica —. Por favor, confíen en mí, así como lo hicieron cuando fundamos el club.  Los directivos se miraron entre ellos, dubitativos. Por supuesto que recordaban aquellos días en que, llevados por el gran poder de convencimiento de Roger, decidieron invertir en un club del que no tenían muchas esperanzas, no en una ciudad que ya tenía dos legendarios equipos que habían marcado la historia del fútbol inglés; pero Roger no les falló, y con el esfuerzo del equipo técnico y de los jugadores, lograron ascender rápidamente a segunda división.  —Yo estoy de acuerdo con que Samantha sea la nueva entrenadora —dijo Laura, y los demás socios no le refutaron nada, no cuando ella era la que tenía más dinero que todos ahí, superada solo por Theodore —, la noticia de que por primera vez una mujer será la entrenadora de un club masculino del fútbol inglés hará que el Lions reciba la atención necesaria, siendo más efectivo que una campaña publicitaria de Chevrolet.  Los socios se miraron entre sí, ya estando un poco más convencidos. Pero con lo que definitivamente no estaban de acuerdo, era con el fichaje de Bonilla.  —¿Cuánto nos costará el salario de Bonilla? —preguntó Theodore.  —Todavía estoy en conversaciones con su manager sobre eso, pero...—Roger respiró hondo y juntó sus manos sobre la mesa, sabiendo que esa cifra no le gustaría a la junta —por el momento, está pidiendo 800.000 libras mensuales.  Bufidos y demás exclamaciones de burla se escucharon en la sala de juntas, y Roger solo miró hacia ningún punto en específico en la mesa, sabiendo que tenía que ser paciente, como lo había sido desde los inicios del club, cuando nadie creía en que podía llegar tan lejos, como ya lo estaba haciendo.  —Como les dije, estoy todavía en negociaciones con su manager, por supuesto que le haré énfasis en que este es un equipo de segunda división, y que tal vez podremos llegar a pagarle eso si la próxima temporada ascendemos a primera —continuó Roger, cuando los socios lograron calmarse un poco.  Laura, en un intento por apoyar al hombre que secretamente le gustaba pero que no intentaba nada con él por estar casado, lo apoyó y volvió a intervenir:  —Vean el lado bueno de tener a Bonilla en la plantilla, tal vez venda muchas camisetas —le guiñó un ojo a Roger —, los colombianos siempre se han caracterizado por ser unos fanáticos de primera.  Los directivos lo hablaron por un buen rato. Estuvieron de acuerdo en que, si bien Bonilla ya no estaba al mismo nivel que antes, y que Samantha no tenía experiencia como entrenadora, tal vez los dos le darían ese empuje publicitario que tanto necesitaba el club, y que tal vez así conseguirían más patrocinadores, que, como todo en este mundo de negocios, darían el impulso económico que se requería para pasar a primera división, porque ni con todos los goles del mundo bastaría, no si no tenían manera de engordar las arcas de la Asociación de Fútbol de Inglaterra.  —Tu hija tendrá un arduo trabajo, Williams —le dijo Theodore a Roger, cuando la junta votó positivo las dos nuevas incorporaciones —. Reformar a un jugador que ya parece tener todo perdido no es fácil.  —Es una Williams, por supuesto que lo logrará —dijo Roger, estando seguro de que su hija lograría eso y mucho más. 
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