capitulo 4

2016 Palabras
Pensó que no comprendía lo que acababa de ocurrir, pero sabía muy bien que eso no era cierto. Se sentía muy atraída por él, por un hombre que no era en absoluto diferente del resto, capaz de descartar a las mujeres sin remordimiento alguno. No importaba lo atraída que ella se sintiera por él. En los últimos cinco años, se había sentido atraída por otros hombres en la distancia. Simplemente, no había hecho nada al respecto. Ese hombre que la hacía sonrojar en las llamadas estaba allí en persona y era más sexy de lo que llego a maginar. Se recogió las rodillas contra el pecho. Efectivamente, aquella atracción era una complicación, pero nada de lo que no pudiera ocuparse. Era una mujer adulta, no una ingenua jovencita. Podía controlar perfectamente aquella situación o eso creía ella. En cualquier caso, no tenía razón alguna para creer que Ashton la considerara como algo más que una empleada muy eficiente. La invitación de Aquella noche estaba relacionada exclusivamente con el trabajo. Si él podía ceñirse al terreno profesional, ella también. Penélope se miró en el espejo. Se mostró satisfecha de cómo se había arreglado. Muy satisfecha. Su maquillaje resultaba muy natural y hacía que sus ojos azules tuvieran un aspecto brillante y exótico. Se había recogido el cabello en una coleta muy alta, que le caía en cascada sobre el hombro. –No necesito un estilista ni un maquillador–Resoplo al recordar lo que le sugerido su jefe Se volvió ligeramente y se miró la espalda desnuda, que quedaba al descubierto por el profundo escote en uve de su vestido n***o. Había visto aquel vestido en un escaparate durante su primer día en Milán y no había sido capaz de resistirse. Normalmente, no mostraba tanta piel porque, cuando iba a fiestas, casi siempre estaba trabajando. Jamás era una invitada. En realidad, no recordaba la última vez que se había vestido así. Le gustaba tener buen aspecto, pero siempre se arreglaba para trabajar, nunca para salir. Lo único que le faltaba a su atuendo eran las joyas que Ashton le había prometido, pero le daba la sensación de que no tardarían en llegar y que él mismo se las llevaría. Al pensar en Ashton Volkor, no pudo reprimir un ligero escalofrío. Sacudió la cabeza. No debería estar pensando en él como algo más que su jefe. Por supuesto, eso le había resultado mucho más fácil antes, cuando aún no lo había visto en carne y hueso. Cuando oyó que alguien llamaba a la puerta, supo inmediatamente de quién se trataba. Agarró su bolso de mano de color amarillo y se preparó. –Entre –dijo, esperando sonar como la mujer profesional y segura de sí misma que era. Al menos, lo había sido hasta hacía un par de horas. La puerta se abrió y ella se dio la vuelta. Sin que pudiera evitarlo, se le cortó la respiración y el rostro se le ruborizó. ¿Cómo podía él afectarla de aquella manera y que fuera tan evidente? Se arrepintió de no haber tenido citas o incluso alguna aventura después de lo ocurrido con su antiguo jefe. Había vivido como una monja y todo aquello estaba empezando a pasarle factura. –¿Le parece bien esto? – le preguntó. El modo en el que él la miró le hizo arder de la cabeza a los pies. –No está mal… Te he traído tus joyas –anunció mientras le ofrecía un elegante estuche de terciopelo. –Pensé que haría que me trajera las toyas alguno de sus empleados… –Envío a otro a ocuparse de hacer el trabajo sucio, no de los asuntos más agradables –replicó él con una sonrisa mientras se dirigía hacia el lugar donde Penelope lo esperaba. Abrió el estuche y sacó un par de pendientes de diamantes. Tenían un diamante amarillo en el centro, rodeado de pequeños diamantes blancos. La talla y la claridad de las gemas era impecable. El diseño limpio, pero muy elegante. –Son preciosos –dijo ella tocándolos ligeramente–. Es usted un verdadero artista. –Se venden muy bien –respondió él. Tenía una expresión dura en el rostro y los ojos completamente inexpresivos. –Pero, seguro que hay mucho más que eso… –No. Se trata de un negocio. No hay nada más. Penélope no sabía por qué, pero aquella afirmación fría y casi cruel resultaba muy triste, en especial cuando se había hecho sobre algo tan hermoso. A ella le encantaban las joyas de Ashton. Había en ellas mucho más que la simple estética. O tal vez no. Observó el rostro inescrutable de Ashton y se lo preguntó. Él mismo era duro y cruel. Tal vez era cierto que solo le importaba el dinero. No debería preocuparle. No debería sentir nada por su jefe. Lo único que debería importarle era que él fuera capaz de ganar dinero. Extendió la mano y tomó el estuche. Entonces, lo colocó encima de la cómoda y se inclinó para ponerse el primer pendiente. Levantó los ojos y estos se fundieron con los de él a través del reflejo del espejo. Penélope volvió a ver la pasión reflejada en sus ojos y la sintió en el vientre. Era una sensación imposible de ignorar. Volvió a centrar su atención en el estuche y se tomó más tiempo del absolutamente necesario en ponerse el segundo pendiente. –Muy hermosa–dijo él mientras se acercaba a ella. Ashton estaba a sus espaldas, tan cerca que Penélope podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Su masculino aroma, el que llevaba todo el día atormentando la, la envolvió. Él levantó la mano y le tocó uno de los pendientes. –Esto es lo que más me gusta de trabajar con joyas –comentó–. Por sí misma, una piedra preciosa resulta hermosa. Con el engarce adecuado y tallada a la perfección, lo es aún más. Sin embargo, cuando esa joya se la pone una mujer hermosa, es cuando realmente brilla. Penélope comenzó a experimentar una sensación demasiado familiar, un ansia, una necesidad que empezó a crecerle en el vientre. Hermosa. Había dicho que ella era hermosa. Penélope deseaba oír aún más. Quería gozar con sus atenciones, con sus hermosas palabras. Sentirse importante y especial. No. Se había dejado llevar por aquella necesidad antes. Habían hecho falta años de soledad para hacerla de nuevo vulnerable a un hombre que sabía pronunciar hermosas palabras y que le ofrecía lo que más ansiaba en la vida. Al menos, eso era lo que Musil había fingido ofrecerle. Se dio la vuelta y se dio cuenta de su error, pero ya era demasiado tarde. Sus senos rozaban su torso. Tuvo que agarrarse a la cómoda para no perder el equilibrio. Forzó una sonrisa. –Qué bonito… Otra frase digna de campaña publicitaria… –dijo. Rodeó a Ashton y se apartó un poco de él para poder volver a respirar–. Deberíamos… Yo debería… Usted puede hacer lo que quiera, por supuesto, pero yo debería bajar. Tengo que comprobar algunos detalles de última hora. Ashton asintió. Sonreía ligeramente pues el fue el causante de dichos cambios de ultima hora –Por supuesto. Vamos a ver si esta fiesta es tan perfecta como me has prometido que sería. Las fiestas extravagantes y los lujosos decorados eran, casi literalmente, un acontecimiento diario para Penelope. Sin embargo, ella nunca trabajaba de cara al público. Su trabajo era coordinar, planear y dirigir. En los eventos que organizaba, era invisible. Aquella noche, por el contrario, se sentía completamente visible. Todos los invitados la observaban, aunque Penelope sabía que no se estaban fijando en ella, sino en las joyas que llevaba puestas. Y en Ashton, que caminaba junto a ella. Él exudaba una misteriosa sensualidad. Peligro y atractivo al máximo en un esmoquin hecho a medida. Las mujeres se morían por poder verlo más de cerca. O a las joyas. Lo dudaba, pero podía ser. El rostro de Ashton permanecía impasible mientras recorrían el salón, rodeado por un halo de poder y carisma. Ciertamente, no se estaba esforzando en lo más mínimo por saludar a los presentes. –Podría sonreír un poco–le susurró ella. –¿Porqué? – replicó él. –Bueno, es lo que se suele hacer. Hay que ser agradable. –No sabía que había que ser amable… –Pero usted es un hombre de negocios –le recordó ella–. Para vender su producto se tiene que vender usted. Ashton giro la cabeza para mirarla y levantó las cejas. –Pero supongo que eso ya lo sabe. A Penelope no le gustaba el hecho de que pareciera que no podía dejar de decir tonterías cuando estaba con él. Por teléfono, podía relacionarse con él a la perfección. Sin embargo, en persona, resultaba imposible ignorarle. –Tanto si yo sonrío como si no, las joyas se van a vender de todos modos –dijo él. –Sí, bueno, estoy segura, pero… –Y, de todos modos, si les das a las personas todo lo que quieren, pierden interés. Es mejor dejarles con un poco de misterio. Aunque era un poco arrogante tenía razón así funciona el mundo de los negocios y efectivamente, así llevaba su vida. No se conocía mucho de su vida privada. No había escándalos ni información alguna sobre las mujeres con las que salía. Nada, lo que parecía casi imposible teniendo en cuenta la voracidad de la prensa por los problemas de los demás. –Si la prensa le permite un poco de misterio, supongo que es una elección muy acertada –dijo ella apartando la mirada. Miró a su alrededor. De repente, sintió claustrofobia. Estaba acostumbrada a aquellos eventos, pero siempre vistos desde fuera. Ser una empleada significaba que ella podía mantenerse al margen. Ser invitada, además de acompañante de Ashton, suponía recibir una atención que ella prefería no tener. Penélope nunca había sabido qué hacer con la atención, dado que nunca había recibido mucha. Esa situación había empeorado después de la etapa que pasó, muy a su pesar, en el candelero. De algún modo, se había sentido mejor dado que Ashton parecía pensar lo mismo. Sentía que él se tensaba a su lado. Tenía la mano rígida contra la espalda de ella. Cuando ella lo miró, notó una cierta tensión en su rostro. Él parecía centrado en la mesa a la que se dirigían y que ya estaba medio ocupada por los invitados que tenían adjudicado en ella su asiento. Ashton no quería sentarse a la mesa. Fue entonces cuando ella se percató de algo referente a su jefe. Ashton se sentía tan incómodo como ella. Lo ocultaba muy bien, pero ella notaba perfectamente su incomodidad. Al llegar a la mesa, sonrió a las personas que ya estaban sentadas antes de retirar la silla de Penélope para que ella pudiera sentarse. Parecía controlar la situación perfectamente. No se le notaba su incomodidad, pero ella sí que podía sentirla. Su cuerpo estaba rígido y la mandíbula apretada a pesar de que no dejaba de sonreír. Cuando se sentó por fin junto a ella y colocó la mano sobre el blanco mantel de lino, Penélope se dejó llevar por el instinto y colocó su mano delicadamente sobre la de él. Con aquel gesto, pretendía ofrecerle consuelo. Un vínculo. Terminó siendo mucho más que eso. Una fuerte sensación le subió por la palma de la mano y se extendió por todo el brazo para llegarle al pecho y sobresaltarle el corazón. Entonces, apartó la mano lentamente y, esperaba, de un modo casual. Miró el plato vacío que tenía delante y esperó que nadie pudiera escuchar lo fuertemente que le latía el corazón. No sabía por qué había hecho aquel gesto. Ella no era una persona demasiado táctil. La mayor parte de su vida, había carecido de contacto físico y, como resultado, jamás había sido demasiado afectuosa. En realidad, jamás se le había dado la oportunidad de serlo. Por eso, no tenía ni idea de por qué, de repente, tocarle le parecía lo más natural del mundo.
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