—¡Anthony! —proclamo en voz baja, deleitándome en pronunciar su nombre como una vía de escape para el agonizante placer que experimenta mi cuerpo. —Shhhhh —murmura roncamente, aclarando su garganta para después ordenar—: Silencio. Como si fuera así de sencillo. Sus manos recorren mi cuerpo sin afán, sus dedos rosando mi piel con una paciencia descomunal, y yo estoy que muero. Su cuerpo se inclina sobre el mío, su boca regando besos en mi cuello, bajando por mi clavícula; sus dientes cepillando la zona de mis pechos... ay, Jesús. Estoy que le empiezo a rezar a cuanto santo pueda imaginar. Recostada sobre el suave sofá mi espalda se arquea, inevitablemente. Mis pechos subiendo a proclamar sus caricias, a pedir por más atención. Una de sus manos se posa sobre el derecho, haciéndome g

