El suspiro que escapa de mi cuerpo una vez entro al auto es un alivio incomprensible y difícil de explicar. Me tomó tres Cosmopolitan en total —los suficientes para mantener mis nervios bajo control, pero no tantos como para perder el control— permanecer con una sonrisa tranquila en mi rostro toda la hora y media de más que nos quedamos en la gala, simulando que no pasaba nada, y que el hombre que tiene su mira en Anthony no estaba por ahí sonriendo como si nada. Anthony no volvió a las mesas de Póquer, negándose rotundamente a dejarme sola, a pesar de que, de acuerdo a lo que me contó, iba en racha, duplicando los quinientos mil de entrada. Y sí, el hombre sentado a mi lado, en menos de dos horas, redondeó su cifra a un millón. De solo pensar que esa cantidad la lleva encima, sin t

