Elena
La mañana llega sin suavizar el miedo que me sigue atrapando. A pesar de la luz que se cuela a través de las rendijas de la ventana, la oscuridad sigue colándose en mi mente. Nicolás no ha dicho nada más desde nuestra conversación anoche, y esa falta de respuestas me carcome.
Me siento atrapada en este lugar, como si no tuviera salida. Es como si estuviera caminando por un laberinto del que no puedo encontrar la salida, y cada vez que trato de entender algo, solo me encuentro con más preguntas. ¿Qué está pasando realmente? ¿Por qué me trae a un sitio como este y no me da respuestas? ¿Qué está ocultando?
Salgo de la habitación, sin saber exactamente qué busco. Cada paso que doy resuena en el pasillo vacío, y de alguna manera, el silencio parece más pesado que nunca. Me detengo al final del pasillo. La puerta del salón está abierta, y la figura de Nicolás está frente a una mesa, aparentemente revisando unos papeles.
No quiero acercarme, pero la curiosidad me obliga a dar un paso adelante. Algo en el aire me dice que hoy será diferente, que algo va a pasar, algo que me revelará todo lo que está ocurriendo.
Nicolás me nota antes de que pueda decir una palabra.
—¿Qué haces aquí? —su voz es firme, pero también tiene un tinte de preocupación, como si esperara que le dijera algo que no quiero contar.
Mi respiración se acelera, pero no me aparto. Estoy cansada de esconder mis preguntas. Cansada de vivir en la oscuridad.
—Voy a saber la verdad, Nicolás. —Las palabras salen sin pensarlo, y hay una resolución en mi voz que no había sentido antes. —No puedo seguir aquí sin entender qué está pasando.
Él se queda en silencio un momento, su mirada se suaviza, pero sus ojos siguen siendo oscuros, imposibles de leer. Por fin suspira, como si se diera por vencido, pero también como si estuviera decidido a decirme algo importante.
—Te lo he dicho antes —responde, girándose hacia mí lentamente. —Este es el único lugar en el que estás a salvo. Y eso es todo lo que necesitas saber por ahora.
—Eso no es suficiente —replico, sin poder controlar la frustración en mi voz. —No quiero más mentiras. No puedo confiar en algo que ni tú entiendes.
Nicolás me observa durante un largo rato, y por un momento, siento que la tensión se aligera, como si estuviera buscando el momento adecuado para compartir lo que sabe. Pero entonces, su rostro se endurece nuevamente, y yo siento que todo lo que construimos hasta ahora se derrumba.
—No sabes lo que dices —murmura con una voz que no es la suya. Es más baja, más grave, casi como si estuviera hablando con alguien más. —Elena, hay cosas que no puedes saber. Cosas que no te ayudarían, cosas que te harían... débil.
Mis ojos se abren de par en par. ¿Débil? ¿Qué quiere decir con eso? Algo en su tono hace que mi estómago se encoja. ¿Acaso él no confía en mí? ¿Qué clase de cosas hay en este lugar que no puedo saber? La idea de seguir viviendo en la ignorancia me consume. Necesito respuestas, y necesito que las diga ahora.
—Débil… ¿por qué? ¿Qué es lo que no quieres que sepa? —mi voz tiembla un poco, pero no me echo atrás.
Él da un paso hacia mí, acercándose con esa calma inquietante que me pone los nervios de punta.
—Lo mejor que puedes hacer es quedarte callada y seguir las reglas —responde, su tono tan serio que casi puedo sentir la amenaza flotando entre sus palabras. —Aquí, nadie puede saber lo que pasa fuera de estas paredes. Nadie puede saber lo que estamos enfrentando.
Un escalofrío recorre mi espalda. Todo parece tan... peligroso. Como si estuviera a punto de tropezar con algo que no puedo comprender.
—¿Qué estás enfrentando, Nicolás? —le pregunto, mi voz apenas un susurro.
Él no contesta, pero su rostro cambia. Es como si algo muy profundo en él se hubiera removido. Y entonces, por un breve instante, lo veo. Un atisbo de vulnerabilidad que, por un segundo, me hace dudar de todo. De repente, la frialdad de su actitud se deshace, y se deja ver un hombre que está tan atrapado como yo.
Pero la imagen desaparece tan rápido como vino. Nicolás da un paso atrás, volviendo a cerrarse en sí mismo.
—Esto es lo último que voy a decirte —comienza, su voz mucho más baja ahora, casi como un susurro. —Quédarte aquí no es solo por tu seguridad, Elena. Es porque no hay otra opción. No puedo protegerte fuera de estos muros.
La confusión se acumula en mi pecho. Siento que estoy atrapada en una tela de araña, que cada palabra de Nicolás solo me hunde más en el misterio. Pero hay algo en su voz que hace que no pueda darme por vencida. Algo que me empuja a seguir buscando la verdad, incluso cuando sé que la verdad podría ser más peligrosa de lo que imagino.
—¿De qué me estás protegiendo, Nicolás? —le pregunto finalmente, mis palabras llenas de desesperación. —¿Quién está detrás de todo esto?
Él me observa con intensidad, pero no responde. En lugar de eso, da un paso hacia la puerta y, antes de salir, dice algo que me hiela por completo.
—Te estás metiendo en algo que no puedes entender, Elena. Y cuando todo esto termine, te vas a desear nunca haberlo hecho.
La puerta se cierra con un estrépito detrás de él, y me quedo allí, paralizada. El sonido resuena en mi cabeza, como una advertencia. Siento cómo el aire se vuelve más denso, más pesado, como si el mundo entero me estuviera presionando. Estoy sola, con más preguntas que nunca, y un miedo creciente que me consume.
Pero no puedo darme por vencida. Algo dentro de mí sabe que la verdad está al alcance de mi mano, solo tengo que seguir buscando. Y aunque Nicolás no quiera que lo haga, no voy a dejar que los secretos me destruyan.
Tengo que saber lo que está pasando. Y esta vez, no voy a quedarme callada.