̶ ¿Listo? pregunté. ¿Verlo? ¿En realidad no? Le di un empujoncito con la cabeza y acerqué mi boca a la suya. No fue con educación, ni con un toque de extravagancia, como si estuviera dejando huella. Fue un beso como si nos hubiéramos besado antes, como si conociera la forma de su boca, la forma en que su cuerpo se inclinaba naturalmente hacia el mío, porque así era. Recordé su sabor del vuelo y lo busqué. Me aferré a la tranquilidad que habíamos tenido cuando estaba conmigo en ese colchón y me dejé llevar. Porque besarla era fácil. Demasiado fácil. Mis dedos se cerraron sobre su cuello, con mi bebida aún aferrada en mi mano libre, y uno de los suyos, vacilante, yacía plano contra mi pecho, deslizando sus dedos bajo la solapa de mi chaqueta como por instinto. Como si no se hubiera dado

