Solo una copa

970 Palabras
No iba a dejarme seducir por un misterioso hombre cualquiera de cabello plateado, voz de seda y manos que probablemente me harían olvidar cómo decir mi nombre. Sobre todo por alguien que parecía estar convencido de que podía. Excepto que ya lo había pensado. Dos veces. j***r, tres veces ya. Aquí tiene, señorita Milton . 1A. Disfrute del vuelo. Tuve que comprobar con la azafata que estaba en el sitio correcto antes de tener la mínima certeza de que esta... suite, si es que podía llamarla así, me pertenecía. Las paredes que las bloqueaban eran lo suficientemente altas como para llegarme a los ojos, creando un espacio privado con un sillón que parecía mucho más un sillón reclinable que un asiento de avión y una cama ya hecha a un lado. Ridículo. Fantástico. Dejé mi maleta dentro justo a tiempo para ver la cabeza de Charles aparecer por la esquina de la cabina, sonriendo mientras rechazaba la ayuda de uno de los cuidadores. Dudé en la entrada de la mía. Pasó el primer conjunto de suites. Lo miré fijamente. Revisó su billete y soltó una carcajada. -Qué práctico, dijo, deteniéndose junto a la puerta de la suite que estaba un poco más abajo de la mía. 2A. -Tienes que estar bromeando -gemí-. Está demasiado cerca. Qué raro. Un empleado le pasó una maleta pequeña sin decir palabra, como si fuera algo normal, y la metió rodando justo dentro antes de dedicarme una sonrisa. -¿Qué probabilidades hay? -Hiciste algo -acusé, entrecerrando los ojos. -No lo hice , rió entre dientes, levantando las manos en señal de rendición mientras se apoyaba contra la pared exterior de su suite. -Reservé tarde. Era la única habitación disponible. Le dirigí una mirada larga y agotada. Su sonrisa no se desvaneció en lo más mínimo. CHARLES Me quedé mirando la división entre nuestros asientos como si tuviera una venganza contra ella. Habíamos despegado hacía treinta minutos y ahora estábamos volando a 35.000 pies de altura, con la luz del cinturón de seguridad apagada y la tentación erizándome el cuello. Era astuta, Selena . No solo por su aspecto -aunque ese vestido amarillo de verano ya estaba grabado en mi maldita mente como una marca-, sino por cómo se mantenía firme. Como si la hubieran golpeado demasiado y hubiera decidido que no podía quedarse quieta. Me gustó eso. Se suponía que no me iba a gustar nada de este vuelo. Había reservado a última hora el A380 internacional de StrathOne que aún tuviera un asiento en suite esta mañana, para poder ver de primera mano cómo se sentía nuestra nueva implementación de primera clase para los pasajeros habituales. Debería haber sido aburrido. Tranquilo. Solo Trabajo. En cambio, me encontraba sentada a tres metros de la parte más inesperada de mi año hasta el momento, con un trozo de plástico bloqueando mi visión de un cabello castaño atado en el que quería hundir mis dedos, una piel ligeramente bronceada que parecía lo suficientemente suave como para sentirse como un pecado contra la mía, y un rostro que fácilmente podría hacer caer de rodillas a hombres adultos. Y su cuerpo. Dios, su cuerpo. Debía de tener casi la mitad de mi edad. No debía de tener más de veinticinco años. Pero eso no me impedía pensar. Me mordí el nudillo al sacar mi tableta y hojear un puñado de informes de operaciones de vuelo para intentar distraerme del botón que me observaba desde el otro lado de la suite, bajo la mampara, pero apenas lo entendí. Sabía para qué servía ese botón. Sabía cómo usarlo. Los pasajeros no deberían hacerlo, pero yo no era un pasajero cualquiera. Me esforcé por servir la cena, hasta que las luces de la cabina se apagaron y pude oír el crujido de la gente preparándose para dormir. Me desabroché el cinturón y me dirigí a los pies de la cama, mirando fijamente ese botón como si me debiera algo. Quizás sí. O bien me odiaría por ello, o bien conseguiríamos lo que ambos queríamos. Vale la pena. Lo presioné, lo justo para que la partición bajara unos centímetros, lo justo para que mi cabeza entera fuera visible sobre ella. Selena saltó como un conejo asustado. -j***r -maldijo, con sus ojos marrones abiertos de par en par mientras me miraba desde su asiento, con el teléfono en la mano y las piernas cruzadas. ¡Dios mío, esas piernas! -Podría haber estado desnuda aquí. ¿Qué te pasa? La miré enarcando una ceja. -¿Piensas desnudarte en tu suite?, pregunté, bajando un poco más la mampara. -No, pero... -Se interrumpió, negando con la cabeza-. No me des miedo, por favor. -¿Dos veces es costumbre? Creía que tres, reflexioné, apoyando los antebrazos en el biombo. -¿Estás libre? Me miró parpadeando. -A menos que haya eventos programados en este vuelo, ¿sí? Incliné la cabeza hacia el bar del salón, al otro lado de las paredes de privacidad de su suite. -Vamos a tomar algo. -¿Así que puedes volver a coquetear conmigo? Me reí entre dientes. -No he ligado con nadie. -Entonces, ¿mentir también es un hábito tuyo? Puse los ojos en blanco. -Bien. Me pillaste, dije, levantando las manos con las palmas hacia afuera. -Déjame que te hable un poco más y podrás seguir derribándome con estilo. Hizo una mueca. -Son las tres de la mañana, hora italiana, dijo. -¿No deberías estar intentando dormir? Repartieron esas antifaces y todo eso. -No duermo mucho. -Chocante. La comisura de mis labios se curvó. Enérgica. -Solo una copa, Selena . Dudó, apretando los labios pensativa, y no la presioné. No hacía falta. Conocía el poder del silencio, de ofrecer espacio y esperar a que alguien lo llenara. Y, efectivamente, por fin volvió a abrir esa bonita boca.
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