No dormí casi nada. La noche fue un bucle interminable de pensamientos, imágenes y emociones que me empujaban de un lado a otro como una marea caprichosa. Cerraba los ojos, solo veía. Azrael, ahí, frente a mí, con esa mirada imposible de sostener por mucho tiempo, con el peso de todo lo no dicho colgando entre los dos. Y después su voz… esa maldita voz baja y ronca que aún resonaba en mi cabeza, repitiendo sus palabras como un eco que no podía acallar. Perdí la cuenta de las veces que di vueltas en la cama, con las sábanas enredadas en mis piernas y el corazón latiendo más rápido de lo que debería a esa hora. Decir que estaba confundida era poco. Había pasado tiempo convenciéndome de que había logrado tomar distancia, de que podía ver a Azrael sin que el mundo se tambaleara bajo mis pie

