El pasillo hacia la sala de juntas me parece interminable, cada metro cargado de ecos invisibles de lo que acababa de ocurrir hace poco en el ascensor. Repito en mi cabeza mis propias palabras, las que le he dejado a Azrael como un recordatorio de que lo nuestro está roto, y que, por supuesto hay un divorcio pendiente, sé que él entendió mis palabras, pero ahora que la adrenalina se está disipado, debo admitir que la punzada cruel de la duda ha asomado su fea cara. Entro en la sala de juntas con la frente en alto. El murmullo de conversaciones cesa, apenas cruzó la puerta. Varios rostros que ya aguardan se vuelven hacia mí. Entre ellos Oliver, con esa expresión estudiada de hombre atento; pero que hoy descubrí que es un imbécil como todos. Hay dos posibles inversionistas para este proyect

