BLAKE ASHFORD El chofer abrió la puerta y el aire frío de la noche rozó mi cuello como una bienvenida íntima. Nueva York brillaba con ese tono dorado que solo se ve cuando el pecado es el invitado principal. El edificio del club resplandecía sin ostentación—solo discreción y poder. Eso es lo que compramos aquí: anonimato, lujo, libertad. Entré. El pasillo estaba vestido para devorar almas: terciopelo n***o, luces bajas, fragancias caras colándose como dedos invisibles entre la piel. No había música normal. Era un pulso grave, profundo, como un corazón enorme latiendo bajo los cimientos. Y yo, parte de ese latido. Crucé el arco principal y sentí el golpe: cuerpos semidesnudos, respiraciones calientes, jadeos reprimidos, champagne derramándose por pechos brillantes. El aniversario

