BLAKE El jueves llegó con esa luz sucia que filtra Manhattan cuando la tarde se empalma con la humedad. Me vestí como si fuera a juicio: traje oscuro, camisa impecable, corbata que no distrae. No es vanidad; es armadura. Pedí el auto con chofer y marqué la dirección del restaurante que elegí por tres razones: buena cocina, música baja, y un maître que sabe leer silencios. Quería un lugar donde pudiera fingir normalidad sin que nos acribillaran los flashes. También quería sentir que estaba tomando una decisión adulta, no un desvío desesperado. Maeve me esperaba en la esquina del bar, sentada con las piernas cruzadas. Pelirroja de catálogo, piel de porcelana, pecas apenas visibles en el puente de la nariz, una boca que parece hecha para decir pecados y una espalda que te obliga a imaginar

