Capítulo 9.

4839 Palabras
El sonido del motor de mi moto se extinguió en la calle silenciosa, dejando un vacío auditivo que fue rápidamente llenado por el eco distante de la ciudad nocturna y el latido expectante que golpeaba contra mis costillas. Subí las escaleras de su edificio antiguo, un bloque de apartamentos que olía a madera vieja y a vidas ajenas, sintiendo cómo cada paso me alejaba más de mi zona de confort estéril y me adentraba en el territorio inexplorado de Paula. Al llegar a su puerta, no tuve que llamar; la madera se abrió antes de que mis nudillos tocaran la superficie, revelando a una Paula descalza, vestida con una camiseta de algodón demasiado grande que caía sobre un hombro, dejando ver esa piel pálida que mi mente no había dejado de recrear durante el trayecto. Su apartamento era exactamente como imaginaba que sería la extensión física de su mente: un caos estéticamente agradable donde las pilas de libros de arte competían por el espacio con cámaras analógicas desmontadas y fotografías en blanco y n***o pegadas directamente sobre la pared de ladrillo visto. La iluminación era tenue, proporcionada por lámparas de pie estratégicamente colocadas que creaban islas de luz dorada en medio de la penumbra, una atmósfera que invitaba a bajar la guardia y a dejar que los instintos tomaran el control. Me adentré en su espacio con la cautela de un depredador que entra en la guarida de otro, mis botas resonando sobre el suelo de madera mientras mis ojos escaneaban los detalles, buscando entender mejor a la mujer que me había desafiado. Ella cerró la puerta a mis espaldas, sellando el mundo exterior con un clic metálico, y se giró hacia mí con una sonrisa que mezclaba la timidez doméstica con esa picardía que la caracterizaba, sus ojos azules brillando con un alivio evidente al verme allí, materializado en su salón. No hubo necesidad de palabras grandilocuentes ni de saludos formales; la tensión s****l que habíamos cultivado por teléfono seguía intacta, vibrando en el aire como una cuerda de violín a punto de romperse, pero decidimos, en un acuerdo tácito, postergar la explosión para saborear la compañía. — Llegas justo a tiempo para evitar que el silencio de este lugar me consuma, aunque sospecho que tu presencia es mucho más ruidosa para mis nervios que cualquier soledad —murmuró ella, acercándose para depositar un beso suave en mi mejilla, un roce que olía a vino y a vainilla, antes de tomar mi mano con una naturalidad que me desarmó y guiarme hacia el sofá de cuero desgastado que dominaba el centro de la sala. Nos dejamos caer en el sofá, mis músculos tensos relajándose gradualmente al contacto con el cuero blando, mientras ella se movía por la habitación para ajustar el proyector que apuntaba hacia una pared blanca y desnuda, transformando el salón en un cine improvisado y privado. La película que eligió no fue una comedia romántica insustancial ni un drama lacrimógeno, sino un clásico del cine n***o francés, una cinta cargada de sombras duras, humo de cigarrillo y miradas fatales que resonaban inquietantemente con nuestra propia dinámica. Me acomodé, estirando mis piernas largas y permitiendo que mi brazo descansara sobre el respaldo del sofá, creando un refugio implícito en el que ella no tardó en cobijarse. Paula se acurrucó contra mi costado, subiendo las piernas al sofá y apoyando la cabeza en mi pecho, justo donde el corazón bombeaba sangre con una fuerza rítmica y constante. Sentí su peso contra mí, una carga ligera y cálida que encajaba perfectamente en los huecos de mi estructura ósea, y pasé el brazo alrededor de sus hombros, mis dedos jugando distraídamente con los mechones de su cabello rubio mientras las imágenes en blanco y n***o parpadeaban frente a nosotros. No hablábamos, hipnotizados por la trama de detectives y femmes fatales, pero la verdadera conversación ocurría a través del contacto de nuestra piel, en la forma en que su respiración se sincronizaba con la mía y en cómo su mano descansaba posesivamente sobre mi muslo. El alcohol de la cena y el cansancio acumulado de un día frenético comenzaron a tejer una red de sopor alrededor de nosotros, suavizando los bordes afilados de mi alerta constante y sumergiéndome en una paz inusual que rara vez experimentaba. El tiempo se diluyó en la narrativa de la película, y poco a poco, noté cómo la tensión en el cuerpo de Paula se disipaba por completo, sus músculos volviéndose pesados y laxos contra mi torso. Su respiración se profundizó, tornándose lenta y rítmica, un suspiro constante que rozaba mi cuello y me indicaba que había cruzado el umbral hacia el sueño, confiando plenamente en mi presencia para bajar sus defensas. Bajé la mirada para observarla, el resplandor de la pantalla iluminando su rostro relajado, sus pestañas largas proyectando sombras sobre sus pómulos, y sentí una punzada de algo que no era deseo s****l, sino una especie de protección feroz y primitiva. Era extraño ver a la mujer que me había desafiado con tanta audacia, a la profesional que había llegado en moto a su oficina, reducida ahora a esta figura vulnerable y confiada que dormía sobre el pecho de un hombre que solía huir de la intimidad emocional. No quise despertarla; la idea de romper su descanso me pareció un sacrilegio innecesario, y además, una parte egoísta de mí disfrutaba de tenerla así, sometida por el sueño, anclada a mí sin exigencias ni juegos de poder. Esperé a que la película terminara, los créditos rodando en silencio sobre la pared, antes de tomar la decisión de movernos, consciente de que mi espalda empezaba a protestar por la postura y de que la noche exigía una comodidad horizontal. Me moví con una lentitud calculada, deslizando mi brazo con cuidado para no sobresaltarla, y me incliné hacia adelante, pasando mi otro brazo por debajo de sus rodillas con la precisión de quien está acostumbrado a manejar cargas pesadas, aunque ella pesaba menos que una de mis barras de calentamiento. Me levanté del sofá con un movimiento fluido, cargándola en brazos estilo nupcial, sintiendo cómo ella murmuraba algo ininteligible en su sueño y enterraba la cara en mi cuello, buscando instintivamente mi calor como una planta busca el sol. Caminé hacia el pasillo oscuro que conducía a su dormitorio, guiándome por la geografía que había intuido al entrar, mis pasos amortiguados por las alfombras persas que cubrían el suelo. Entré en su habitación, un santuario de sábanas blancas y olor a lavanda, donde la luz de la luna se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, bañando la cama deshecha en una claridad espectral. La deposité sobre el colchón con una delicadeza que contrastaba con mi fuerza bruta, acomodando su cuerpo entre las almohadas y cubriéndola con el edredón nórdico, resistiendo la tentación de simplemente quedarme observándola. Sin embargo, la idea de volver a mi apartamento frío y solitario me resultó insoportable en ese momento; mi lugar estaba allí, en esa trinchera de suavidad que habíamos cavado juntos. Me despojé de mis botas, de mis vaqueros y de mi camisa en silencio, dejando la ropa doblada metódicamente sobre una silla cercana —viejos hábitos de orden que morían difícilmente—, y me deslicé bajo las sábanas junto a ella, quedando solo en mi ropa interior, mi piel erizándose al contacto con las sábanas frescas. El sueño me alcanzó rápido, envuelto en el aroma de su perfume y en la sensación de su espalda cálida presionada contra mi pecho, una cucharita gigante que protegía su centro. Dormimos profundamente, un descanso sin sueños ni interrupciones, como si nuestros cuerpos necesitaran recargar las baterías que habíamos agotado con tanta intensidad en las últimas veinticuatro horas. Sin embargo, mi reloj biológico, entrenado para la alerta, o quizás mi instinto animal, me sacó del letargo horas después, cuando la oscuridad de la habitación era absoluta y el silencio de la madrugada reinaba sobre la ciudad. Abrí un ojo, desorientado por una fracción de segundo hasta que mi cerebro reconoció el entorno ajeno, y miré el reloj digital en la mesita de noche: la 1:00 a.m. parpadeaba en rojo neón. El espacio a mi lado estaba vacío, el calor residual de su cuerpo desvaneciéndose rápidamente, y escuché el sonido inconfundible de la puerta del baño cerrándose suavemente, seguido por el haz de luz que se coló por debajo de la puerta, cortando la oscuridad como un láser. Me quedé inmóvil, boca arriba, con las manos detrás de la cabeza, disfrutando de la quietud y preguntándome si debería volver a dormir o esperar a que ella regresara. No escuché el sonido de la ducha ni del grifo, solo un silencio prolongado que despertó mi curiosidad, haciéndome agudizar el oído en busca de cualquier señal de su actividad. Pasaron unos minutos, o tal vez fueron segundos estirados por la expectativa, hasta que la luz del baño se apagó y la puerta se abrió de nuevo, revelando su silueta recortada contra la penumbra del pasillo. Cerré los ojos, fingiendo estar dormido, queriendo ver qué hacía, queriendo sentir su regreso a la cama sin la interferencia de mi consciencia activa, jugando a ser la presa por una vez. Escuché sus pasos descalzos acercarse a la cama, suaves como los de un gato, pero en lugar de sentir el colchón hundirse a mi lado, sentí su presencia detenerse a los pies de la cama. Mi respiración se mantuvo estable, controlada por años de disciplina, pero mi corazón comenzó a acelerarse, anticipando algo que mi mente racional aún no lograba descifrar. Sentí cómo las sábanas eran retiradas lentamente, deslizadas hacia abajo por mis piernas, dejando mi piel expuesta al aire fresco de la habitación, mis músculos tensándose involuntariamente ante la vulnerabilidad de la desnudez. No me moví, mantuve la farsa del sueño profundo, intrigado por el juego silencioso que ella había iniciado en la hora más oscura de la noche. Entonces, sentí el peso de su cuerpo subiendo a la cama, pero no para acostarse; gateó sobre el colchón, sus rodillas hundiéndose a ambos lados de mis pantorrillas, avanzando hacia mí con una lentitud tortuosa y deliberada. Abrí los ojos lo justo para ver entre mis pestañas, vislumbrando su figura en la oscuridad: estaba completamente desnuda, su piel brillando pálida y lunar, su cabello suelto cayendo como una cortina salvaje alrededor de su rostro. No dijo nada, no me llamó, simplemente siguió avanzando hasta quedar a la altura de mis caderas, donde se detuvo, observándome con una intensidad que podía sentir incluso en la oscuridad. Su mano, fría y suave, se posó sobre mi abdomen, trazando el camino de mis abdominales tensos, bajando lentamente, provocando una estela de fuego eléctrico que recorrió mi sistema nervioso y me despertó por completo en cuestión de segundos. Sabía que yo estaba despierto, o al menos intuía que mi quietud era demasiado tensa para ser sueño real, pero continuó con su plan sin vacilar. Sus dedos se engancharon en el elástico de mi bóxer, y con un movimiento suave pero decidido, tiró de la tela hacia abajo, liberándome por completo, exponiendo mi erección que ya reaccionaba violentamente ante su cercanía y su audacia nocturna. — Creí que estabas dormida —grazné, mi voz saliendo ronca y profunda, rompiendo mi voto de silencio porque la anticipación me estaba estrangulando. — Lo estaba —susurró ella, su voz vibrando en la oscuridad, cargada de una intención pecaminosa—, pero me desperté con hambre. Y no es de comida. Antes de que pudiera procesar sus palabras o prepararme para el impacto, Paula bajó la cabeza. La sensación de su cabello rozando mis muslos fue el único preaviso que tuve antes de que su boca caliente y húmeda me envolviera por completo, un contraste térmico brutal con el aire frío de la madrugada que me hizo arquear la espalda contra el colchón y soltar un gemido ahogado que murió en mi garganta. No hubo vacilación en sus movimientos, ni timidez; me atacó con una voracidad experta, su lengua trazando círculos, sus labios succionando con un ritmo que parecía sincronizado con los latidos desbocados de mi corazón. Mis manos volaron instintivamente a su cabeza, mis dedos enredándose en su cabello rubio, no para detenerla, sino para anclarme a la realidad, para tener un punto de apoyo mientras ella me arrastraba a un abismo de placer sensorial. La miré desde mi posición, mi visión acostumbrándose a la oscuridad, viendo cómo su cabeza subía y bajaba, cómo sus mejillas se hundían, dedicada por completo a mi placer con una devoción que me resultaba increíblemente erótica. No era sumisión; era poder. Ella tenía el control absoluto de mi cuerpo en ese momento, dictando mi ritmo respiratorio, tensando cada fibra de mi musculatura con solo un movimiento de su lengua. La sorpresa del acto, la hora intempestiva, la vulnerabilidad de ser despertado de esa manera… todo se combinaba para crear un cóctel explosivo que borraba cualquier rastro de sueño o cansancio. Me sentía más vivo que nunca, atrapado en la paradoja de estar totalmente expuesto y, al mismo tiempo, ser adorado físicamente por una mujer que entendía mis demonios. — Joder, Paula… —gruñí, levantando las caderas instintivamente para encontrarme con su boca, buscando más profundidad, más fricción, perdiendo la batalla por mantener la compostura fría que solía ser mi escudo. Ella no se detuvo, ni siquiera ralentizó el ritmo; al contrario, pareció tomar mis gemidos como un incentivo, intensificando la succión, usando su mano para acariciar la base, llevándome al límite con una técnica que denotaba experiencia y un deseo genuino de complacerme. Mientras me acercaba al borde, con la mente nublada por la lujuria y el cuerpo vibrando como un cable de alta tensión, la pregunta volvió a surgir en mi mente, clara y nítida entre la bruma del placer: ¿Por qué esto se siente tan diferente? ¿Por qué esta mujer, en medio de la noche, logra desarmarme de una manera que nadie más ha conseguido? La respuesta llegó con el orgasmo, una explosión blanca y cegadora que me sacudió entero: porque ella no pedía permiso, no esperaba instrucciones. Ella tomaba lo que quería, cuando quería, y esa iniciativa, esa mezcla de sorpresa y posesión, era la llave maestra que abría todas mis cerraduras. Me dejé ir, entregándome a sus manos y a su boca, sabiendo con certeza aterradora que, a partir de esta noche, ninguna otra madrugada volvería a ser suficiente si no despertaba con ella. [...] El obturador de la cámara chasqueaba con una cadencia rítmica y casi militar en la vastedad del estudio industrial, un sonido seco y mecánico que reverberaba contra las paredes de ladrillo desnudo y las vigas de acero oxidadas del techo, marcando el compás de la sesión como un metrónomo implacable. Me encontraba recostado en la penumbra de la zona de carga, oculto tras una pila de cajas de equipo y la estructura metálica de un foco apagado, observando la escena con la paciencia depredadora de quien supervisa su territorio sin necesidad de intervenir directamente en la acción. Paula se movía alrededor de la modelo con esa fluidez felina que tanto me obsesionaba, vestida completamente de n***o para fundirse con las sombras que ella misma manipulaba, sosteniendo su cámara como si fuera una extensión biológica de sus brazos y dando instrucciones con una voz firme pero baja que exigía atención absoluta. En el centro del escenario improvisado, bañada por una luz dura y lateral que resaltaba cada ángulo de su anatomía, estaba Jennifer, la hermana menor de Joseph, una criatura que compartía la genética robusta y atractiva de mi amigo pero refinada por una delicadeza femenina que la hacía perfecta para la estética cruda que buscábamos. Llevaban horas trabajando, sumergidas en una burbuja de creatividad y esfuerzo físico donde el sudor real comenzaba a brillar sobre la piel de Jennifer, cumpliendo a la perfección con la visión de "violencia contenida" que yo había vendido a Joseph días atrás. Jennifer era callada, una mujer de silencios prolongados y miradas intensas que contrastaba con la personalidad expansiva de su hermano, y esa introversión natural la convertía en un lienzo en blanco ideal para que Paula proyectara su arte oscuro. La veía obedecer cada comando de Paula sin rechistar, contorsionando su cuerpo en posturas que sugerían fuerza y agotamiento, luciendo la ropa técnica de la nueva marca con una autenticidad que ninguna modelo de agencia comercial habría podido fingir. Desde mi posición privilegiada en la oscuridad, analizaba no solo el resultado visual, que prometía ser espectacular, sino la dinámica de poder entre las dos mujeres, fascinado por la forma en que Paula dominaba el espacio y extraía la esencia de Jennifer con la precisión de un cirujano. El silencio volvió a caer sobre el estudio cuando Paula bajó la cámara finalmente, exhalando un suspiro de satisfacción que agitó los mechones rubios que escapaban de su coleta desordenada, y señaló el final de la sesión con un gesto relajado de su mano. La tensión eléctrica que había cargado el aire durante las últimas tres horas se disipó lentamente, reemplazada por una atmósfera más íntima y cansada, el tipo de camaradería que surge después de compartir un esfuerzo conjunto y agotador. No salí de mi escondite de inmediato; algo en la forma en que ambas se relajaron, dejando caer sus hombros y buscando las botellas de agua con avidez, me indicó que el espectáculo público había terminado y que la interacción real estaba a punto de comenzar. Me quedé allí, inmóvil en la sombra, cruzado de brazos, justificando mi voyerismo con la excusa de la supervisión empresarial, aunque en el fondo sabía que era mi insaciable necesidad de control y mi curiosidad por Paula lo que me mantenía anclado al suelo de cemento. Se sentaron en el borde de la tarima, con las piernas colgando y los pies rozando el suelo polvoriento, mientras Jennifer se pasaba una toalla por el cuello, limpiando el rastro de brillo artificial y real que cubría su piel morena. La acústica del almacén vacío jugaba a mi favor, transportando sus voces hacia mi posición con una claridad cristalina, permitiéndome ser el tercer participante invisible de una conversación que no estaba destinada a mis oídos. Vi a Paula revisar las imágenes en la pantalla pequeña de su cámara, sonriendo ante algún resultado particularmente bueno, antes de girarse hacia Jennifer con una expresión más personal, rompiendo la barrera profesional que había mantenido erguida hasta ese momento. —Tienes un talento natural para esto, Jennifer, una capacidad para sostener la mirada ante la lente que muy poca gente posee sin años de entrenamiento —comentó Paula, su voz resonando con una sinceridad profesional que no buscaba halagar por halagar, sino reconocer el mérito objetivo—. Joseph tenía razón al insistir en que fueras tú la imagen; hay una dureza en tus ojos que encaja perfectamente con lo que Tomás quiere proyectar para la marca. Al escuchar mi nombre, vi cómo la postura de Jennifer se tensaba imperceptiblemente, una reacción micro-muscular que no habría detectado si no hubiera pasado años estudiando el lenguaje corporal humano bajo cargas extremas. Ella dejó la botella de agua a un lado y miró hacia la oscuridad del estudio, casi como si intuyera mi presencia fantasmal, antes de volver a centrar su atención en Paula con una media sonrisa cargada de una nostalgia irónica que me heló la sangre por un segundo. —Tomás siempre sabe lo que quiere proyectar, el problema suele ser lo que guarda detrás de esa proyección —respondió Jennifer, su tono adquiriendo un matiz de familiaridad que hizo que Paula levantara la vista de la cámara de inmediato, sus ojos azules entrecerrándose con esa curiosidad periodística que la definía—. Conozco esa mirada suya, esa exigencia de perfección y oscuridad. No me sorprende que te haya reclutado para esto; eres exactamente el tipo de desafío visual que él buscaría. Paula dejó la cámara sobre la tarima con cuidado, girando todo su cuerpo hacia Jennifer, oliendo la historia oculta como un sabueso huele el rastro de una presa herida. El aire entre ellas cambió, volviéndose denso y confidencial, excluyendo al resto del mundo mientras las piezas de un rompecabezas que yo creía enterrado comenzaban a salir a la luz. Yo permanecí estático, mi respiración volviéndose superficial para no delatar mi posición, sintiendo una mezcla de irritación y fascinación al ver cómo mi pasado decidía colisionar con mi presente sin previo aviso. —Hablas como si lo conocieras de algo más que de ser el mejor amigo de tu hermano —lanzó Paula, directa y sin rodeos, su intuición disparando al centro de la diana sin vacilar—. Joseph me dijo que se conocían de toda la vida, pero tu tono sugiere que hay capítulos en esa historia que no aparecen en el resumen oficial. Jennifer soltó una risa corta y seca, echando la cabeza hacia atrás para mirar las vigas del techo, como si buscara allí la paciencia necesaria para explicar la complejidad de nuestra historia compartida. —Lo conozco mejor que nadie, o al menos eso creía hace unos años —confesó Jennifer, bajando la mirada para encontrarse con la de Paula—. Tomás y yo estuvimos... juntos. No fue una relación oficial, porque él odia las etiquetas casi tanto como odia la debilidad, pero estuvimos dos años orbitando el uno alrededor del otro. Dos años de cenas, de noches en su apartamento, de actuar como una pareja en todo menos en el nombre. Escuché las palabras de Jennifer y sentí una punzada de molestia en la mandíbula al apretar los dientes. Oír mi propia historia narrada por una tercera persona, reducida a un resumen de "miedo a las etiquetas", me resultaba insultante, una simplificación burda de lo que había sido una dinámica compleja de libertad y conveniencia mutua. Sin embargo, no podía negar la veracidad de los hechos, solo la interpretación emocional de los mismos. Jennifer continuó, su voz bajando un poco más, cargada de una advertencia implícita entre mujeres. —Terminamos, o dejamos de vernos, porque yo me cansé de esperar a que él madurara en ese aspecto. Tomás es un hombre increíble, intenso, leal a su manera... pero emocionalmente es una fortaleza inexpugnable. No le gusta definir las cosas porque definirlo implica perder el control, implica admitir que necesita a alguien más que a sí mismo. Paula escuchaba en silencio, procesando la información con una calma que me inquietaba. No parecía celosa, ni sorprendida, sino analítica, como si estuviera archivando estos datos para usarlos en su propia estrategia. Observé cómo sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre su rodilla, un gesto que yo ya empezaba a reconocer como una señal de que su mente estaba maquinando a toda velocidad. —Dos años es mucho tiempo para vivir en la ambigüedad —dijo finalmente Paula, su voz suave pero cortante como un bisturí—. Yo no tengo esa paciencia, Jennifer. Mi vida se mueve demasiado rápido para esperar a que alguien decida si quiere subir al tren o quedarse en el andén mirando cómo pasa. Jennifer asintió, reconociendo en Paula una determinación que quizás a ella le había faltado en su momento, o tal vez simplemente aceptando que los tiempos habían cambiado. — Entonces ten cuidado —advirtió Jennifer, con una suavidad genuina—. Porque Tomás no cambia fácilmente. Él te arrastra a su ritmo, a su mundo, y si no plantas los pies en la tierra, terminas siendo solo un satélite más en su órbita. Fue entonces cuando Paula se enderezó, estirando la espalda con una elegancia orgullosa, y miró directamente hacia el vacío del estudio, casi como si supiera que yo estaba allí, escuchando cada palabra, desafiándome a través de la distancia y la oscuridad. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios, esa misma sonrisa que me había regalado antes de robarme el aliento en el motel, y supe, con una certeza absoluta, que la jugada que estaba a punto de anunciar cambiaría las reglas de nuestro juego. — No te preocupes por mí —aseguró Paula, con una confianza que rozaba la arrogancia—. Nosotros tampoco hemos oficializado nada todavía, estamos en esa zona gris de la que hablas, ese "casi algo" que a él tanto le gusta porque le hace sentir seguro. Pero te aseguro una cosa: no voy a esperar dos años. Ni dos meses. Hizo una pausa dramática, girándose para mirar a Jennifer a los ojos, sellando su declaración con la fuerza de una promesa inquebrantable. — Hoy en la noche vamos a salir. Lo llevaré a ese parque que está en la colina, el que tiene vista al mar y a toda la ciudad iluminada. Es un lugar neutral, abierto, donde no puede esconderse detrás de las paredes de su gimnasio o de su apartamento. Y allí, bajo las estrellas y con el frío del mar de testigo, vamos a tener esa conversación. Voy a definir la relación hoy mismo. O estamos dentro con todas las consecuencias, o yo estoy fuera. No voy a actuar como su novia, dormir en su cama y escuchar sus problemas si solo soy un pasatiempo glorificado. Desde mi escondite, sentí cómo la sangre me hervía, una mezcla de adrenalina y excitación que recorrió mi columna vertebral. Lejos de sentirme amenazado por su ultimátum, sentí una admiración profunda por su audacia. Paula no estaba pidiendo permiso; estaba trazando una línea en la arena y retándome a cruzarla. Esa era la diferencia fundamental entre ella y Jennifer, entre ella y todas las demás. Paula no esperaba a que yo madurara; ella me exigía que estuviera a su altura. La perspectiva de la noche, de esa confrontación bajo las estrellas frente al mar, dejó de ser una cita más para convertirse en un duelo que estaba deseando pelear. Sabía lo que venía, conocía sus cartas porque las acababa de poner sobre la mesa sin saber que yo estaba mirando, y eso me daba una ventaja táctica, pero también la responsabilidad de decidir, antes de que cayera el sol, si estaba dispuesto a dejar caer mis defensas. La tensión del momento se rompió cuando el teléfono de Jennifer emitió un ping sonoro, notificando la llegada de un mensaje que iluminó su rostro con una luz azulada. Ella miró la pantalla y una sonrisa diferente, más ligera y coqueta, borró la sombra de la nostalgia de sus facciones. Paula, siempre observadora, captó el cambio de inmediato y se inclinó hacia ella, abandonando el tema de mi inmadurez emocional para sumergirse en la complicidad femenina. — Esa sonrisa no es por un correo de trabajo —apuntó Paula, arqueando una ceja—. ¿Quién es? Jennifer rio, una risa más libre, y giró el teléfono para mostrarle la pantalla a Paula. — Es un chico que conocí la semana pasada en la inauguración de una galería. Se llama Marcos. Es... insistente, pero de una manera encantadora. Y muy guapo, si te soy sincera. Me acaba de mandar una foto preguntando si debería usar camisa azul o negra para nuestra cita de mañana. Paula tomó el teléfono, examinando la foto con ojo crítico, evaluando al tal Marcos con la misma rapidez con la que evaluaba la composición de una fotografía. Yo observaba la escena, sintiéndome extrañamente ajeno y al mismo tiempo posesivo, viendo cómo las dos mujeres que habían marcado diferentes etapas de mi vida compartían un momento banal sobre un desconocido. — Tiene buena estructura ósea —concedió Paula, devolviéndole el teléfono—. Pero dile que la negra. La azul le hace parecer que va a una entrevista de trabajo en un banco. La negra es más... nocturna. Más interesante. — Negra será entonces —decidió Jennifer, tecleando la respuesta rápidamente—. A ver si este tiene menos miedo a las etiquetas que cierto personaje que conocemos. Ambas rieron, y yo aproveché ese momento de distracción sonora para deslizarme hacia atrás, retrocediendo hacia la salida de servicio con el silencio de un espectro. Salí al aire frío de la tarde, mi mente ya trabajando a mil revoluciones por minuto, no en el chico de la camisa negra, que me resultaba irrelevante, sino en la noche que se avecinaba. Paula quería definir las cosas. Quería un título, quería un compromiso, quería saber si era algo más que un "casi algo". Caminé hacia mi moto, el casco en la mano, y miré hacia el cielo que empezaba a oscurecerse, sabiendo que en unas horas estaría en ese parque con vista al mar. Sonreí para mis adentros, una sonrisa lobuna y decidida. Si ella quería una definición, se la daría, pero lo haría a mi manera, bajo mis términos, demostrándole que si bien podía haber tardado dos años con Jennifer, con ella no necesitaba ni dos semanas para saber que el caos que traía a mi vida era el único orden que estaba dispuesto a aceptar. Arranqué la moto, el rugido del motor ahogando cualquier duda residual, listo para enfrentar el ultimátum más dulce de mi vida.
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