El olor a asepsia industrial, esa mezcla punzante de alcohol isopropílico y desinfectante barato que impregna los pasillos de urgencias, se sentía infinitamente más agresivo y repugnante que el hedor a sudor rancio y hierro oxidado de mi gimnasio. Llevaba tres horas caminando de un lado a otro sobre el linóleo desgastado de la sala de espera, mis botas pesadas marcando un ritmo de marcha fúnebre que hacía que las enfermeras me miraran con una mezcla de miedo y molestia, pero me importaba una mierda su comodidad laboral cuando mi mundo entero pendía de un hilo invisible tras esas puertas batientes. El accidente había sido una estupidez, una broma macabra del destino que se burlaba de mi obsesión por el control y la seguridad física: un resbalón absurdo sobre una placa de hielo n***o al sali

