Andrea.
Caterina es lo último que debería tener en mente ahora mismo mientras camino por el callejón que conduce a la cámara. Así es como lo llamamos.
Es el lugar donde interrogamos a las personas.
¿Interrogar? Esa es una forma suave de decirlo, ya que la mayoría de las personas a las que interrogamos no salen con vida. De hecho, no recuerdo cuándo sucedió por última vez.
Mis hermanos encontraron a un tipo que ha estado trabajando con Vlad.
Ahora tienen a este cabrón encadenado a una pared, esperando a que lo interrogue ya que ha decidido que no hablará. Estoy aquí para hacerle hablar o pagará con su vida. Veremos el desafío cuando llegue.
Va a ser una de esas noches difíciles, así que necesito poner mi mente en el marco correcto.
Continúo por el callejón, mi arma en el bolsillo lateral, lista en caso de que algún listillo piense que puede despacharme.
La mayoría no se mete conmigo cuando me ve, y la mayoría se mantiene alejado de esta área, gánsteres y mafiosos por igual. Saben que nos pertenece.
Llego a la puerta y endurezco mi columna cuando Dominic sale de las sombras. Fue él quien me llamó para que viniera aquí.
—Hola—digo.
—Andrea, este cabrón es un loco hijo de puta. Intentó arrancarme los malditos ojos con un cuchillo. —Él sonríe.
—Joder. ¿Estás bien? —Todavía pienso en él como mi hermano menor, pero puede más que cuidarse solo.
Él asiente.
—No te preocupes por mí, hermano. Hagámoslo.
Continuamos por el camino y bajamos al sótano. Arriba hay una oficina de apuestas que poseemos.
Está más concurrido durante el día. A esta hora de la noche, solo tenemos un guardia en el lugar junto a la entrada principal. Esta noche, tenemos tres, por si pasa algo.
Empujo la puerta de metal y Dominic y yo entramos en la habitación, donde nuestro invitado está encadenado a la pared. Ha sido golpeado brutalmente. Tristan está de pie frente a él, afilando mis cuchillos.
El cabrón de la pared es un gordo imbécil y calvo al que le faltan dos dientes. No sé si eso vino de su encuentro con mis hermanos, o si ya se veía así cuando llegó. No me importa. La falta de dientes será el último de sus problemas cuando termine con él.
—Los cuchillos están listos, jefe—dice Tristan con una sonrisa oscura.
Inclino mi cabeza.
—Maravilloso, ahora vamos a los negocios—le digo, mirando hacia atrás a mi invitado—. ¿Nombre?
—Yev Lobochev—responde Dominic—. Tiene treinta y siete años, aunque se ve como una mierda. Es de Rusia, de la Hermandad Pelov, o eso solía ser hasta que se unió al Círculo de las Sombras.
—¡Maldito hijo de puta!—le grita Yev a Dominic.
Le respondo con una patada en el estómago que le hace aullar de dolor.
—Habla cuando te hablen—le siseo y lo miro fijamente. Vuelvo a mirar a Tristan y le tiendo la mano. Me pasa dos cuchillos. Lanzar cuchillos. Tengo un juego de diez de ellos. Por lo general, con el
décimo la víctima muere, pero para entonces ya tengo la información que necesito.
Me concentro en Yev y la habitación se queda en silencio.
Carraspeo y avanzo unos pasos, manteniendo mi mirada fija en este cabrón todo el tiempo. Ni siquiera parpadeo.
—Dime, Yev, ¿dónde está Vlad—le exijo.
—Vete a la mierda—gruñe—. No te estoy diciendo una mierda.
Podéis iros a la mierda, todos vosotros.
Eso es todo. Se me acabó la paciencia. Le meto un cuchillo en el muslo. Grita, aullando como un animal salvaje atrapado en una trampa.
De un animal salvaje, tendría misericordia. Por él no tengo ninguna.
Mientras la sangre brota de su muslo, Yev me mira como si no pudiera creer lo que acabo de hacer.
Justo cuando está a punto de recuperar el aliento, le lanzo el segundo cuchillo en la otra pierna. El hijo de puta no solo grita más fuerte que antes, sino que se mea encima. La orina baja por su pierna y corre hacia el suelo, formando un charco alrededor de sus zapatos.
—Joder, hombre—dice Dominic con una sonrisa, mirando a Yev con disgusto.
—Si te cagas, estás muerto—le digo a Yev—. Pondré una bala en tu maldita cabeza si huelo algo más que el hedor de tu orina.
Mi tono y mis palabras son duras, y obtengo el efecto deseado cuando empieza a temblar. Sin embargo, por la mueca de desprecio en su rostro, sé que todavía no lo tengo donde lo necesito.
—Animal, no te diré nada.
Es lo que pensaba. Extiendo la mano y Tristan me pasa dos cuchillos más. Lanzo ambos al brazo izquierdo de Yev. Jadea como si fuera a vomitar después de los gritos y llantos de agonía.
—¿Listo para hablar?—digo con sorna—. Podemos hacer esto toda la noche. No me importa, ni tampoco a mis hermanos. Estaremos aquí hasta que exhales tu último miserable aliento si es necesario. ¿Saber por qué? Vlad es un enemigo para nosotros. Ha matado a nuestros seres queridos y estoy bastante seguro de que mató a mi mejor hombre, Pierbo.
Yev se retuerce y las cadenas tintinean. Se ve como una mierda y peor por estar cubierto de sangre.
—¿Listo para hablar, Yev?—le pregunto, preparándome para lanzar otro cuchillo. Apunto a su estómago. Él ve eso y comienza a farfullar.
—Espera, por favor... no más—se lamenta. Más lágrimas brotan de sus ojos—. Por favor. Me contrataron para configurar algunas computadoras para un trabajo. Vigilancia. Eso es lo que hago.
—¿Qué clase de trabajo?—le exijo, sosteniendo el cuchillo para cortarlo.
—Vlad está trabajando con Riccardo Palmieri—espeta. Mis ojos casi se salen de mis órbitas.
—¿Qué?
—Riccardo Palmieri ha estado trabajando con él. Quieren acabar con el sindicato.
Miro a Tristan porque es el más cercano a mí, luego a Dominic.
Ambos se ven sorprendidos.
—¿Estás seguro de esto?—le exijo.
—Sí.
¿Riccardo quiere acabar con el sindicato? Santo cielo. ¿Pero qué mierda?
Recuerdo lo que dijo Jacob. Mencionó un plan. Vlad vendría por mí cuando el plan estuviera terminado. Maldito Riccardo. Han estado trabajando juntos en este plan. Un plan para acabar con el sindicato. No conozco a nadie que se haya enfrentado con éxito al Sindicato y haya logrado eliminar a alguno de los miembros. Son
prácticamente invencibles. Por otra parte, también lo es el Círculo de Sombras. Nadie los había reclutado antes para acabar con el Sindicato.
¿Cómo diablos se las arregló Riccardo para hacerlo? No trabajan con italianos. Son Bratva.
Dejo atrás la conmoción en mi mente y trato de concentrarme.
Necesito sacar todo lo que pueda de este cabrón.
—¿Qué está planeando?—le pregunto.
—Están esperando que se lleve a cabo alguna transacción importante, después darán rienda suelta al plan.
—¿Qué transacción? —Eso podría ser cualquier cosa. Tienen transacciones que se realizan a diario. Todo, desde acuerdos de millones de dólares hasta miles de millones de dólares en drogas o diamantes, o alguna otra mierda.
—No sé qué es—dice Yev con voz ronca.
Maldito Riccardo. Maldito sea. Esto se remonta a todo el dinero que debía. Debería haber adivinado que estaría hasta el cuello de mierda.
¿Qué carajo está tramando?
Yev comienza a reír.
—Mírate, atrapado en una red. Espero que Vlad te despache. Tal vez tome a esa linda esposa que tienes y la folle mientras tú miras. Quizás también le cortará la cabeza, como a la última chica. Una chica bonita. Ella suplicó por su vida antes de que él la matara.
¿Cómo se llamaba? ¿Alyssa?
Saco mi arma y disparo una bala, llegando a él antes de que Tristan pueda hacerlo. La bala se aloja justo entre sus ojos y la sangre me salpica.
Cuatro balas más resuenan a mi lado, saliendo del arma de mi hermano. Tristan dispara, una bala tras otra hasta que la vida abandona el cuerpo de Yev y todo lo que queda es una masa sangrienta de sangre derramada.
Joder, él era uno de los tipos que se llevó a Alyssa, y estaba hablando de mi esposa. Ahora más que nunca entiendo el dolor de Tristan. Su pérdida. Cómo debe culparse porque ni él, ni yo pudimos evitar que se llevaran a Alyssa.
La mataron porque se casó con él.
No me doy cuenta de que estoy temblando, hirviendo de rabia con el arma en mi mano, hasta que Dominic apoya su mano en mi hombro.
Lo miro y aprieto los dientes.
—Concéntrate—me dice, pero puedo ver la tormenta que se avecina en sus ojos—. Tenemos que concentrarnos.
Mierda. ¿Cómo puedo concentrarme después de escuchar eso? Lo intento porque tengo que hacerlo.
Me vuelvo hacia Tristan, que baja el arma.
—Necesito enfriarme—dice él y se marcha. Lo dejo ir. Necesita salir de su angustia. Lo observamos irse.
—Tengo que contactar al sindicato—digo. Llamaré a mi padre primero—. Necesito averiguar qué transacción está esperando Vlad.
—Puedo investigar eso y ver qué puedo averiguar—dice Dominic.
—Gracias, hermano.
—No te preocupes. Intenta no preocuparte por Caterina—me dice.
Si alguien puede ver a través de mí, es él. Tiene una forma de ver más allá de mi duro exterior. Por eso necesitaba que fuese mi Consigliere. Incluso si es solo para calmarme.
No permitiré que le pase nada a Caterina. Una vez más, su querido papá golpea.
Pa ha estado repasando el credo del sindicato de protocolos y políticas. Pienso en ellos y sé de inmediato lo que está tramando ese cabrón.
Te quedas con lo que matas. El Sindicato tiene un protocolo llamado Código Diez. Es una forma de preservar la riqueza acumulada y mantenerla dentro del grupo.
Establece que cuando un m*****o muere, los miembros restantes reciben sus acciones y riqueza. El diez por ciento de las ganancias anuales se destinan a los fondos del sindicato que actualmente ascienden a quinientos mil millones. Eso es solo el lado del dinero. También está el valor de los servicios y las especialidades comerciales que el grupo posee. Si Riccardo aniquilaba al Sindicato y era el último hombre en pie, el cabrón se quedaría con todo.
Nosotros lo jodimos, pero poco sabíamos de que él debía haber estado planeando esta mierda por un tiempo. Cuando su acuerdo con el Cártel fracasó y cagamos sus planes, eso debe haberlo enojado mucho.
Ahora sé lo que está pasando.
Quiere matarnos a todos. A mí incluido. Y llevárselo todo. Así es como recuperará a su hija.