Capítulo 16

4344 Palabras
Lo que restó del miércoles hasta el viernes a mediodía lo utilicé para poner a prueba mi fuerza, mi resistencia, mi velocidad, mis conocimientos en técnicas de combate y el control de mi lobo. Quería por fin presentarme ante Amelia en mi forma animal. No es que mi lobo sea otra alma compartiendo el mismo cuerpo y espíritu, sino que es mi versión animal, y, como tal, es más sensible a todo lo que hay a su alrededor, por ello es que en esta forma los licántropos nos podemos comunicar telepáticamente. Al ser mi Luna una humana, temía que mi versión lobo sea demasiado emotiva y pudiera causarle daño al golpearla sin intención a la hora que se acerque para expresarle cariño. Lo que hice para prepararme fue pensar en Amelia estando en mi forma de lobo. Recordaba nuestros encuentros íntimos con la intención de analizar lo que ello producía a mi versión animal. Aunque había una desesperación por encontrarla al no olerla cerca, pude controlar la necesidad de buscarla al recordar por qué no estaba conmigo. En ese momento ya era capaz de poner en primer lugar los pensamientos conscientes que definían mi comportamiento y seguirlos sin alterarme, lo que significaba un logro no solo para mi vida con Amelia, sino para mi desempeño en batalla. (…) El día de tener conmigo a Amelia se acercaba. Mi abuelo Hugo me llamó para avisar que mi Luna viajaría con él, la abuela Stephanie y los bisabuelos. Me pidió que le mostrara la carretera a seguir, por lo que en la noche del jueves salí a recorrer el camino en mi forma de lobo. Mientras mostraba a mi abuelo las curvas y condición de los caminos que debía recorrer, le pregunté cómo estaba mi Luna. – Está tranquila. Amelia es consciente de que debe dejar listas todos los deberes del instituto antes de partir hacia la hacienda, por lo que no ha perdido el tiempo llorando o sintiéndose triste. Ahora está preparando su maleta y una sorpresa para ti. Al saber de la sorpresa, recordé lo que una vez me dijo Marianne sobre el anillo de compromiso que nos entregó el día de la cena, así que se me ocurrió hacer la pedida de matrimonio romántica en la hacienda. Llamé a Heidi para que me ayude con el anillo de compromiso, y me recomendó preparar una cena solo para los dos, a la luz de las velas, con música para bailar lento, muy pegados. Recordé que Amelia no llevaría consigo un vestido ni joyas para una cena como la que estaba planificando, así que le pedí que me ayude a conseguirle un vestido, zapatos y joyería que haga juego. Recomendó que incluyera entre mis cómplices a Kurt, así que lo llamó para que se sume a nuestra conversación y le explique lo que pensaba hacer. – Tengo un vestido que he estado preparando para un desfile, pero en una hora lo tengo listo para Amelia -ofreció el buen Kurt. Siempre lo atormentábamos con pedidos de última hora y nunca nos negó su ayuda. – ¿El rojo de terciopelo? -preguntó Heidi. – Sí, ese. Es perfecto para Amelia: sensual y a la vez muy inocente. Cuando la veas te vas a enamorar más, Stefan -dijo Kurt con picardía. – Entonces, tengo los zapatos y la joyería perfecta para él -confirmó Heidi, que se escuchaba feliz al participar de la sorpresa para mi Luna. – ¿Y cómo te haremos llegar todo lo que necesitas? -cuestionó Kurt. – Déjenme pensar y les aviso. ¿Cuándo tendrían todo listo? – Mañana a mediodía. Es que me tomará la mañana preparar el anillo de compromiso que tengo en mente –mencionó Heidi y a mí me entró la curiosidad. – ¿Me puedes comentar tu idea? – Sí. Pienso usar un zafiro con un engaste de platino en forma de rosa. – ¿Por qué un zafiro? – El zafiro es la piedra de la sensatez, por lo que se le relaciona al amor perfecto, el cual es el equilibrio entre intimidad, pasión y compromiso, algo que se logra cuando la relación ha madurado con los años. Para los seres sobrenaturales es fácil alcanzar ese amor perfecto, por eso te recomiendo entregarle un zafiro a Amelia. Y el engaste en forma de rosa es porque esas bellas flores significan amor. Durante la cena estuve distraído pensando en cómo trasladaría lo que les pedí a Heidi y Kurt. Antes de ir a dormir, Sara se acercó para decirme que ella podía ir a recoger lo que necesito. – P-pero ¿cómo? -había olvidado sus habilidades. – Te vi distraído, y leí tu mente -alzó los hombros, ya que para ella era algo normal. – En verdad, ¿me puedes ayudar? – ¡Claro! Dime a qué hora y a dónde debo ir. Al día siguiente, Sara se teletransportó a la oficina de Heidi en Diamant. Después de quince minutos de espera, tuve en mis manos el vestido, los zapatos, el set de joyas y el anillo de compromiso para mi Luna. (…) Después de un ligero almuerzo, Amelia salió de Lima rumbo a la Hacienda Höller con mis abuelos y bisabuelos. Utilizaron una de las 4x4 de Höller Textilien que contaba con GPS, lo que me permitió chequear cómo avanzaban en el viaje, ya que quería sorprenderla dándole alcance antes de que ingrese a la propiedad. Faltando unos cuarenta minutos de viaje, salí en mi forma de lobo hacia el punto en donde se encontraban. Estaba tan entusiasmado que comencé a aullar para avisar a mis abuelos y bisabuelos que estaba dándoles el alcance. Visualicé el vehículo, y bajé la montaña para cruzar el pequeño valle que debían pasar para entrar a la hacienda. De un salto salí al camino, y mi abuelo frenó bruscamente, quizás iba algo distraído. Amelia bajó de la 4x4 y comenzó a correr hacia mí, pero antes de acercarse lo necesario para tocarme, paró y sentí su miedo. Me acerqué a ella con la cabeza agachada, señal de sumisión entre los lobos. Estiró su mano y acarició mi cabeza, detrás de mis orejas. Su tacto se sintió tan bien, me hizo estremecer. Levanté la cabeza para que me acariciara debajo del hocico, lo cual me encantó. Al encontrarme con sus ojos, supe que me reconoció, y de un salto se abrazó a mi cuello. Ella colgaba de mí, así que regresé a mi forma humana para abrazarla. Sentir su calor, su peso, la forma de su cuerpo. Me hizo tan feliz que no quería dejar el abrazo, pero mi bisabuelo nos recordó que aún faltaba para llegar a la hacienda. Subimos al vehículo y continuamos el viaje. Después de saludar a mis abuelos y bisabuelos, me dediqué solo a ella. En silencio, así como cuando nos despedimos, nos besamos y acariciamos. La senté sobre mis piernas y la protegía rodeándola con mis brazos, por si mi abuelo frenaba bruscamente otra vez. Quería absorber todo su olor, en verdad la había extrañado demasiado. Ella jugaba siguiendo la forma de mis labios y cejas con sus dedos, arreglaba mis cabellos que se soltaron de la coleta que llevaba, dejaba besos por todo mi rostro, y la deseé, pero no como otras veces porque no había desesperación. La miraba, y me sentía en una profunda calma porque ahí ya entendía que cada cosa tiene su espacio y tiempo, lo que hace que todo sea perfecto cuando respetamos esos dos conceptos de la realidad. Después del recibimiento que los guerreros e instructores le dieron a mi Luna, bajamos el equipaje y me encontré con mi sorpresa. La noche anterior Amelia había preparado los postres peruanos que eran mis favoritos. Mi Luna, además de ser hermosa, era muy detallista. Ese gestó causó que pudiera presumir de mi suerte ante mis hermanos, quienes se quejaron de no haber recibido una sorpresa igual de sus compañeras. (…) La llevé a nuestra habitación, y le encantó ese pequeño espacio en que pasaríamos juntos nuestro fin de semana. Admiraba el paisaje a través del ventanal que llevaba al balcón, y supe que recorrer la hacienda sería muy divertido para ella, así que acordamos que el sábado nos dedicaríamos a conocer todos sus rincones. Sentados en el sofá enfrente de la chimenea, le conté sobre el entrenamiento y los buenos resultados que obtuve. Percibí que se sentía muy orgullosa por mí, dejó un beso en mis labios y otro en mi frente. Sentir la ternura de sus besos cortos hizo que recordara cuando se alejó para ir a hablar con William. Ese corto beso me supo a obligación, a un mísero consuelo, cuando en realidad lo único que quiso fue dejarme su ternura mientras iba preocupada a resolver sus dudas. Al mencionarle que después del entrenamiento mental había comprendido el significado de sus besos, por lo que podía valorarlos mejor, y que todo lo vivido fue respuesta a la falta de fe, que solo necesitaba creer para aliviar todas mis dudas e inseguridades con respecto a la Profecía, mencionó que, si hubiera llegado antes a mi vida, yo no hubiera sufrido ni me hubiera equivocado al tomar decisiones. Ella se culpaba y entristecía por lo que viví, pero recordé lo que el padre de Matthias mencionó cuando nos probábamos los trajes para la Ceremonia de Entrega del Mando Alfa y de Séquito. – Amelia, si llegabas antes hubiera sufrido más. ¿Te imaginas lo que hubiera sido encontrarte cuando tenía dieciséis, diecisiete o dieciocho años? No hubiera podido marcarte porque es una aberración que tome a una niña de diez, once o doce años como mi compañera. Hubiera tenido que esperar años, y el celo me hubiera enloquecido -besé su frente, tan dulcemente como ella hacía conmigo y la acomodé sobre mi pecho, quería que sintiera mi ternura y cariño que ella despertaba al tenerla cerca-. Llegaste en el momento perfecto. La Madre Luna no se equivoca. – ¿Y cómo ahora valoras todos mis besos? -recordó lo que le dije un momento atrás. – Ahora soy capaz de notar la ternura de tus besos cortos; el cariño de los que dejas en mi mejilla, frente o pecho; la pasión cuando permites que mi lengua juegue con la tuya; el compromiso cuando aceptas mis besos ante la mirada de otros. Ahora quiero sentir tu pasión -nuestras miradas se fusionaron por el deseo que despertaba-. ¿Quieres recuperar las noches que hemos estado separados, amándonos? Con un simple movimiento de cabeza, me dio permiso para hacerla mía una noche más. Sin embargo, quería un momento especial para los dos, así que le pedí que me espere, que quería aprovechar la ocasión para tener una velada romántica. Encendí la chimenea, apagué las luces, abrí de par en par las cortinas para que la luminosidad de la noche nos acompañe durante las horas en que nos amaríamos. Pedí a Sara que disponga el servicio de la cena para nuestra habitación y extendí la sábana que estaba en nuestra cama sobre la alfombra cerca a la chimenea. Ella miraba atenta cada paso que daba. Cada vez que nuestras miradas se topaban, ella se mordía el labio inferior y se sonrojaba, le gustaba los detalles que preparaba para nuestra primera noche juntos en esa habitación. Le retiré el calzado y la hice sentar sobre la sábana. Llegó la cena, y dejé la bandeja sobre el sofá. Me senté detrás de ella, rodeando su cuerpo con mis piernas, y, como si fuera una niña pequeña, comencé a darle pequeños bocados para que coma. Al primero que le di, volteó para mirarme con una sonrisa tímida y mirada confusa. «Déjame engreírte. Estos días han sido una eternidad lejos de ti», le dije, y se dejó amar. Mientras comíamos, la contemplaba a la luz de la chimenea; se veía tan pura, etérea, aunque ya conocía de los placeres carnales por haber aceptado unirse a mí, pero igual tenía un aura inocente, virginal. Tras terminar de cenar, hice que giremos para estar enfrente del fuego, y al oído le dije -por enésima vez- lo mucho que la había extrañado. Aproveché para acariciar su lóbulo de la oreja con mis labios para luego morderlo suavemente, cosa que la hizo temblar. Me quité el polo, llevé mis manos por debajo de su ropa, rozando esa zona de su vientre con un reflejo muy fino, que la hacía reír y temblar. Sonreí al escuchar su risa y sentir su temblor mientras besaba su cuello. «Stefan, ya no puedo más», me dijo porque ya se había acostumbrado a comenzar nuestros encuentros íntimos con un beso intenso, demandante, y la destruición de sus ropas al no querer perder tiempo despojándolas de ella delicadamente. «Deja que me tome el tiempo necesario para desnudarte. Experimentemos otra manera de hacer el amor», propuse con una voz muy ronca porque al pedirme ir más rápido, mi amigo se puso más duro y ya quería entrar en ella. Quité la chompa y el polo que ella vestía. Acariciaba suavemente el borde de sus senos mientras con la otra mano comenzaba a desabotonar sus jeans. Al quitarle el pantalón, ella se volteó y comenzó a besar mi boca a la par que sus manos jugaban con mi pecho. La rodeé con mis brazos y la eché sobre la sábana, admiré su cuerpo, que aún era cubierto por la ropa interior, la cual separé de su piel usando mi boca. Mis dientes llevaban las tiras de su sostén hacia sus brazos mientras mis manos deshacían el cierre en su espalda. Tomé una de las copas y jalé hasta que se soltó por completo. Adueñarme de sus senos fue tan excitante que jaló mis cabellos para intentar no arquear su espalda por el placer que mi lengua le daba al jugar con sus pezones. Bajé por su abdomen, llegué a su vientre, y fui bajando poco a poco sus bragas. Al darme cuenta que era más fácil jalar desde la parte de atrás, la volteé y besé ese punto que conecta su espalda con sus caderas, por lo que gimió y golpeó con su puño la sábana y la alfombra, ya que, a cada caricia que le daba, ella se mojaba más y se le hacía más difícil contener el deseo. Mientras retiraba sus bragas, besé sus glúteos, lo que hizo que ella me dijera: «Por favor, en verdad ya no puedo aguantar más. Te quiero dentro de mí». Con las bragas en sus rodillas, la giré para que nuevamente esté su espalda sobre la sábana, y me deshice de ellas. Estaba arrodillado, podía ver todo su cuerpo; su intimidad dispuesta por completo para mí al tener las piernas abiertas. Respiraba agitada, estaba muy deseosa, y sus manos las tenía en mis antebrazos, apretándolos y jalando para que me pose sobre ella. «Por favor, Stefan, nunca más voy a reclamarte por romper mi ropa», me dijo y reí a carcajadas. Estaba su cara muy roja por toda la pasión que sentía y aún no lograba desatar porque yo no me introducía en ella. Retiré mis jeans y bóxer. Ella llevó su mirada a mi m*****o, se mordió los labios, lo deseaba. Apoyado en mis antebrazos a cada lado de ella, me posé sobre su cuerpo evitando aplastarla. Jugaba al soltar mi aliento sobre su boca, mientras que ella llevaba sus manos acariciando mis costados, movía una pierna para subirla sobre mi espalda, ya sabía cómo acomodarse para que gocemos más de nuestra unión. Cuando sentí su talón golpeando mis glúteos, en señal de que quería que comience, entré en su intimidad. Gemí al sentir su tibia humedad y cómo su interior apretaba mi m*****o. Su pierna en mi espalda hacía presión, me quería más adentro, y le di lo que pedía. Cuando estuve por completo en ella, gimió y arqueó la espalda, sus senos terminaron confundiéndose con mi pecho. Esa noche, le hice el amor prestando más atención a esos detalles que saltaba al pensar que lo más importante y placentero estaba en la penetración, pero todo el éxtasis que desperté en ella al dedicarme a desnudarla, hizo que el placer fuera más profundo, intenso y duradero. Después de llegar juntos al clímax, me dejé caer a su lado; estaba extenuado porque controlarme para seducirla despacio implicó un gran esfuerzo de mi parte. Amelia se pegó a mí, enterró su cara en mi pecho y comenzó a dejar muchos besos. Sonreía al gozar del contraste que había en mi predestinada: por un lado, una mujer que desesperaba por ser penetrada y desfogar toda su pasión, y por el otro, una muy tierna, cariñosa, sensible, inocente, cuya muestra de amor eran los cortos besos que dejaba en mi pecho. Tras quedarse dormida, admiré su belleza desnuda a la luz del fuego de la chimenea. Me vino la idea de estar a su lado en mi forma de lobo. La única manera que tenía para saber si podía mantenerme en calma cerca de ella en mi versión animal era poniéndome a prueba. Alejé el sofá lo suficiente para que mi lobo quepa al costado de Amelia y solté el fulgor que daba paso a mi transformación. Verla desnuda con mis ojos de animal hizo que el deseo apareciera de golpe. Me obligué a echarme sobre mis patas para calmarme. Si Amelia hubiera sido licántropa, hubiéramos podido unirnos en nuestra versión de lobo, pero al ser humana, definitivamente esa era una impensable opción. Me calmé por completo al recordar su imagen bañada por la luz del fuego mientras cenábamos; esa que se me antojó tan pura, rozando lo celestial. Posé mi cabeza sobre mis patas delanteras y me sumergí en la contemplación de su rostro. «¿Cómo puede ser tan bella?», me preguntaba una y otra vez. Cerca de las 5 am comenzó a moverse. Me puse en mediana alerta, levantando mi cabeza y orejas. Estaba expectante, quería que me vea en mi lobo. Muy despacio abrió los ojos. Creo que pensó que estaba soñando porque los frotó dos veces al verme. Inconscientemente la felicidad hizo que moviera mi cola, y ella sonrió por ese gesto que tuve. Extendió su brazo, yo acerqué mi cabeza. Comenzó a rascar y acariciar detrás de mi oreja, lo que me fascinó. Como tenía cerca de mi hocico su rostro, aproveché y lamí su mejilla un par de veces. Ella reía, me amaba hasta siendo un lobo. Comenzó a temblar cuando el fuego de la chimenea se extinguía, y regresé a mi forma humana para abrazarme a ella y prodigarle mi calor. En silencio nos mirábamos fijamente, percibía el dulce sentimiento del amor y olía su aroma que se tornaba suavemente empalagoso. El silencio desapareció cuando me preguntó por qué me había transformado si antes ni siquiera lo había intentado. Le dije que después del entrenamiento mental me sentía en control, por lo que me puse a prueba tanto al darle alcance en el camino como en ese momento, en nuestra intimidad. «Ahora sé que puedo estar contigo en cualquiera de mis formas sin correr riesgo alguno. Mañana te llevaré a recorrer la hacienda montada en mi lomo», prometí y seguimos durmiendo. (…) Estaba terminando de vestirme cuando Sara llegó con el desayuno. Nuestra intención era salir al comedor y desayunar con todos los hospedados en La Casona, pero a Sara se le ocurrió que tomemos estos días como si fuera nuestra luna de miel, por eso el servicio de desayuno a la habitación. Amelia le ayudó a acomodar la mesa que había en el balcón y dispuso las poltronas para sentarnos. Al preguntarle Sara por nuestros planes, mi Luna le comentó que iríamos a recorrer la hacienda. Sara ofreció prepararnos el almuerzo, para que hiciéramos un picnic y no cortar nuestro paseo al tener que regresar para tomar los alimentos pasado el mediodía. Al escuchar que Amelia prefiere las frutas y verduras que las carnes, Sara comentó que podría ser confundida como una bruja, lo que dio lugar a que le explique el porqué de la alimentación libre de cárnicos entre los hijos de esta especie. Asimismo, le confesó que ella era una híbrida, hija de bruja y licántropo, y le comentó sobre su particular poder. Al llegar donde estaban conversando, le pregunté a Sara si podía entrar a la mente de Amelia, a lo que aseguró haberlo intentado desde que mi amada llegó a la hacienda, pero que no pudo concretar la conexión. Mencionó que durante la noche estuvo revisando algunos libros que los brujos consultan para sus hechizos, conjuros y estudio de las especies que pueblan La Tierra, y llegó a la conclusión de que Amelia tiene una especie de escudo energético que impide que interfieran o controlen su mente, alma, espíritu, energía o cuerpo, haciendo de la violencia física la única forma de dañarla. Eso me dio algo de tranquilidad porque sabía que un brujo o hada, y hasta un elfo, no la podrían atacar, así que, si Laura pensaba usar alguna piedra hechizada en contra de mi Luna, perdería su tiempo. (…) Con las cestas llenas de deliciosas viandas, estábamos listos para recorrer la hacienda y disfrutar de una tarde de picnic. Cuando ya fue momento de partir, Amelia se subió a mi lomo, y la llevé a la montaña donde podíamos ver toda la hacienda. Le expliqué el recorrido que haríamos, iniciando nuestro paseo por los establos y corrales. Fue ahí en que aprendí que los conejillos de indias eran llamados cuyes en Perú y que eran un ancestral alimento. La verdad es que no me imaginaba almorzando a uno de esos animalitos que me parecieron tan tiernos y graciosos, tanto que hasta bromeé con Amelia al decirle que tendría como mascota a un cuy hembra de pelaje n***o que comía unas hojas de lechuga, ya que compartía muchas similitudes con ella. Almorzamos bajo un árbol cerca al río, luego seguimos su recorrido para llegar a la zona de los frutales. Pensábamos seguir hasta llegar a la laguna, pero una fuerte lluvia nos sorprendió y debimos regresar a La Casona antes de lo previsto. Al recordar que le había encargado a Sara que prepare el comedor, donde cenaría esa noche a solas con Amelia para pedirle matrimonio, comencé a aullar para que se comunique conmigo. – Sara, ya estamos regresando, la lluvia está fuerte y no quiero que Amelia se enferme. – Ya hemos preparado la mesa con dos sillas, puesto las velas que iluminarán el comedor, las flores que pediste y se ha aromatizado el ambiente. La cena está en proceso. – Perfecto. Dile a mi abuela y bisabuela que cuando lleguemos entretengan a Amelia. Deben darme el suficiente tiempo para ir a nuestra habitación para dejar el vestido, zapatos y joyas sobre la cama con una nota. Por favor, habilita el baño de otra habitación para ahí asearme y vestirme para la cena. Al llegar a La Casona, Amelia entró corriendo para ir a nuestra habitación, ya que quería tomar un baño, pero mi abuela y bisabuela la llevaron a la cocina para que primero tome una infusión caliente. Aproveché la distracción y fui corriendo a poner todo en su lugar sobre nuestra cama y llevarme lo que necesitaba para estar listo para la cena. «Dame diez minutos, y le avisas a mi abuela y bisabuela que la dejen ir», le indiqué a Sara antes de entrar a la ducha. Ya listo, fui al comedor y vi que todo estaba perfectamente decorado como lo había pedido. Dejé listo mi celular con la lista de canciones baladas que después de la cena bailaría con Amelia, y me aseguré de llevar en el bolsillo del blazer la cajita de joyería con el anillo de zafiro y platino. Las puertas del comedor se abrieron y dejaron pasar a una hermosa Amelia. Ese vestido rojo la hacía lucir tan sensual sin mostrar mucha piel. La tiara de oro y rubíes hacía que resalte su belleza, parecía una hermosa reina, mi reina. Preguntó por el motivo de la celebración, y le dije que era por los quince días de habernos encontrado, las dos semanas de haberla marcado y por terminar a mi lado mi entrenamiento mental. Lo de la pedida de mano lo iba a soltar hasta el final. La cena estuvo deliciosa, y la acompañamos con un poco de vino, ya que a Amelia no le daba muy bien eso de tomar bebidas espirituosas. Le pedí bailar parada sobre mis pies, como hicimos la primera vez que nos tocó abordar la pista de baile durante la cena donde nos conocimos, y dejé que el celular lanzara la lista de canciones seleccionada. Mientras bailábamos, pensaba en cómo iba a introducir la pedida de mano. Al concluir que debía ir al grano, estaba más confiado, en calma, y detuve la música. – Hay algo que te quiero pedir -la bajé de mis pies y me hinqué enfrente de ella. Ella sonreía, y cuando saqué la cajita de joyería se dio cuenta de lo que le pediría-. Sé que nuestra unión está sellada para los pueblos sobrenaturales y que muy pronto será nuestra boda humana. Sé que se te entregó un anillo de compromiso cuando nos conocimos y que te di una alianza la noche en que te hice mía, cuando te marqué. Sin embargo, ahora que me siento completo, quiero entregarte este anillo que simboliza la sensatez con la que te pido que tengamos un amor perfecto, uno en donde siempre estemos dispuestos a intimar, no falte la pasión y nuestro compromiso sea eterno -abrí la caja y le mostré el anillo de zafiro y platino-. Amelia, ¿quieres ser mi esposa? -se sentó en mi pierna y me besó con pasión. – ¡Sí, y mil veces sí! -dijo emocionada, con lágrimas de felicidad en los ojos-. Pero no solo quiero ser tu esposa, quiero ser tu amiga, tu compañera, tu amante. Coloqué el anillo en su dedo anular derecho y la llevé en mis brazos para pasar nuestra segunda noche a la luz del fuego de la chimenea.
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