El mismo día Milán Giuseppe Muchas veces enfrenté el peligro con frialdad, como si fuera algo de rutina, pero por primera vez me paralicé, sentí el corazón acelerarse y los nervios invadirme. Quizás era el temor a ser descubiertos o el miedo a que lastimaran a Ludovica. Aun así, atrás quedó el Giuseppe enamorado, y en su lugar mi instinto de sicario tomó las riendas. No vacilé. Desenfundé mi arma y avancé hacia la habitación. Al llegar, revisé cada rincón, cada sombra, cada posible escondite. Cerré las ventanas y miré a Loredana: su pecho subía y bajaba con normalidad, sumida en un sueño profundo. No había intrusos. Más bien, había sido ella quien tiró el vaso sin darse cuenta. Y cuando pensé que al fin había derribado ese muro que Ludovica se empeñaba en levantar entre nosotros, me

