Lo que callamos (3era. Parte)

1322 Palabras
Al día siguiente Toscana, Firenze Giuseppe Por primera vez no sabía en qué dirección estaba disparando o tal vez sí, yo mismo, con mi terquedad, estaba apuntándome, y aun así pensé que podía arrancarle una pizca de verdad a Ludovica sobre lo que sucedía entre nosotros. Pero ella, como todas las mujeres, era un maldito enigma confuso y adictivo del que no podía escapar, entonces hice lo único que podía: aceptar sus reglas. Sí, quizás fue estupidez esperar sinceridad de ella, o simplemente me negaba a ver la realidad, no había futuro para nosotros, pero maldita sea, estaba tan confundido, lleno de rabia, culpa, con ganas de huir y al mismo tiempo ella me retenía sin saberlo. Tampoco podía marcharme a esas alturas, Pietro no lo permitiría o no le convenía. En fin, sorteé la presencia inesperada de Rómulo en la bodega, aunque percibí su desconfianza en la manera de observarme, de mirar atento cualquier gesto de Ludovica, pero era normal, era el perro fiel de Pietro y vivía creyendo que había peligro hasta en su sombra. Al final, cuando regresé a la velada, por fin Pietro me presentó a Salvatore Martinelli, un hombre mayor de unos 65 años, con una presencia que imponía respeto. Cabello gris acero, ojos oscuros, penetrantes, de una mirada peligrosa capaz de engañar a cualquiera cuando se lo proponía, frío, letal y observador. Enfundado en un traje gris sobrio, no era otro mafioso corriente, era sinónimo de tradición y eso lo volvía más temible. Salvatore escuchaba, evaluaba, pero sobre todo decidía el futuro, mientras Pietro me vendía como si fuera una puta de élite o así me sentí por un instante. —Aquí donde lo ves, Salvatore… —dijo Pietro, colocando su mano sobre mi hombro— mi muchacho es el mejor en lo que hace… no hay nadie que pueda hacer un trabajo tan preciso y limpio. Sentí la presión de su mano aumentar apenas, como una advertencia silenciosa. —Exageras, Pietro… —respondí, esbozando una media sonrisa mientras negaba con la cabeza— cualquiera puede apretar un gatillo. Los ojos de Salvatore no se apartaron de mí. —Cierto… —murmuró Pietro— pero tú no dejas huellas… ningún cabo suelto… y eso te convierte en uno de los sicarios más solicitados del mercado n***o. Hubo algo en su tono que no me gustó, no era orgullo, era exhibición. —Joven… hábil con las armas… —replicó Salvatore con voz serena— y supongo que también tienes suerte con las mujeres… Hizo una pausa. —Pero hay que pensar en el futuro —añadió con voz gélida. Sostuve su mirada. —Prefiero vivir el presente… el hoy… —respondí con calma— especialmente en mi ocupación. Su mirada se endureció apenas. Casi imperceptible. —Siempre es bueno diversificarse… ampliar los horizontes… —continuó, deslizando una mano dentro del bolsillo de su pantalón— y aprovechar tener a alguien como Pietro respaldándote… Giró levemente el rostro hacia él. —Acaba de repetir que te considera su familia… Volvió a mirarme. —Su hijo. Sentí que me asfixiaba, que esa palabra era como un grillete imaginario en mi pierna. No era una afirmación, sino una oferta, una insinuación, una trampa envuelta en cortesía, donde ellos querían convertirme en su marioneta y eso me inquietaba. Asentí en silencio, sintiendo cómo la mandíbula se me tensaba mientras forzaba una sonrisa que no sentía. Sin embargo, Pietro, en su necesidad de conocer qué terreno pisaba conmigo, me apartó apenas pudo de los invitados. Y ahí estábamos en el jardín, él con un habano entre sus dedos mientras yo bebía mi trago de whisky. —Giuseppe… —soltó, expulsando el humo—. ¿Qué opinas de mis amistades… de Salvatore Martinelli? Lo miré sin apuro. —Ya eres un hombre grande, Pietro… —murmuré divertido—, no necesitas de mi opinión para saber con quién mezclarte… Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. —Siempre es bueno tener otra perspectiva… —continuó con suavidad—. Y yo confió en ti… en tu criterio… Di un sorbo al whisky. El ardor bajó lento por mi garganta. —Pietro… —lo enfrenté entonces, sosteniéndole la mirada—, ¿qué quieres realmente preguntarme? Sonrió. Pero no era una sonrisa cualquiera. Era cálculo. —Te vi charlando muy entretenido con Loredana… —comentó con aparente ligereza—, y… no sé… —hizo una pausa breve—, pensé que podrían tener una relación más profunda… más formal… No pronunció la palabra matrimonio, no hacía falta, ambos sabíamos de que hablaba, y ambos fingimos que no. Trague saliva antes de responder. —Es una mujer hermosa…inteligente —admití—, pero cruzar un par de palabras no es suficiente para hablar de una relación… —lo miré otra vez—, menos de un paso tan importante como un vínculo profundo… Pietro entrecerró sus ojos entrecerrados. —Giuseppe… —espetó con su tono práctico—, el matrimonio debes verlo como un pacto de convivencia… nada más… Mi mandíbula se tensó. —Más allá de lo que piense del matrimonio… —reviré con firmeza —, hace falta conocerse… pasar tiempo juntos… Hice una pausa. —Ella vive en Sicilia… —añadí dejando escapar una risa seca—, y yo… me pasó recorriendo el mundo… No respondió, el silencio se instaló entre nosotros. La velada no tuvo nada de divertida, fue tensa, estresante y por momentos sentía que caminaba por las puertas del infierno, pero resulté ileso, sin un rasguño y eso es una gran ventaja. Lo cierto es que me desperté, me di una ducha y el plan para hoy es dar una vuelta por el pueblo. Ahora estoy en el garaje, pasando los dedos por el perchero repleto de llaves, haciéndolas tintinear una contra otra mientras intento adivinar cuál pertenece a la motocicleta. —Una de estas debe ser… —murmuro para mí mismo, frunciendo el ceño— porque ni muerto me voy en bicicleta… Sigo probando. Hasta que al fin la encuentro. La reconozco por el llavero desgastado. Tiro de la lona y la motocicleta aparece debajo, negra, intacta, perfecta. Tomo el casco, lo giro entre mis manos, y es entonces cuando el azote seco de la puerta irrumpe en el silencio. Levanto la vista. Y ahí está Ludovica, fulminándome con la mirada. Una sonrisa lenta se dibuja en mi boca. —Hola, frialdad… buenos días… —la saludo con ligereza, inclinando apenas la cabeza—. ¿Te animas a venir conmigo al pueblo? Sus ojos destellan. —Eres un imbécil… —escupe, avanzando un paso, la respiración agitada— creer que caeré en tu jueguito… Su voz vibra de furia. —Ni lo pienses. Parpadeo, sin entender nada. —No sé de qué estás hablando… —respondo, frunciendo el ceño, desconcertado—. ¿Por qué tanta agresividad? Da otro paso hacia mí. —No te hagas el tonto… —gruñe entre dientes—. Fue tu idea el viaje a Milán. El nombre cae sin sentido. —¿Qué viaje? —pregunto, negando apenas con la cabeza. Su risa es seca y cruel. —Ah… —exhala, mirándome con desprecio—. Eres detestable… Hace una pausa mientras sus ojos se clavan en los míos. —Bien que sabes… —continúa— le sugeriste a Pietro que hagamos un viaje a Milán… en compañía de la bruja de Loredana… El nombre me golpea. —¿Loredana…? —logro repetir. Me tenso, sé a dónde va esto, pero ella no se detiene. —Ahora mismo vas a inventar cualquier pretexto… —susurra con voz peligrosa, señalándome con el dedo— y le dirás que no puedes viajar con nosotras… Su pecho sube y baja, sus ojos arden. Y por primera vez, no sé si aún puedo… o si quiero… escapar de esta jaula. —O le contaré lo que sucedió entre nosotros en Londres.
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