Secuestrada entre tus brazos

1539 Palabras
No sé en qué momento llegué a este punto, pero lo que sí sabía era que me tenían harta. Maxwell, con su actitud de "yo controlo todo", ya me estaba sacando de quicio. Me soltó la muñeca de golpe y se plantó a mi lado. Sacó un cigarro del bolsillo, lo encendió como si estuviera en un maldito comercial, y lo llevó a los labios. Ese humo me llegó de golpe, y, aunque no suelo fumar tanto, me molestó. —¿No fumas? —me soltó. Lo miré sorprendida, más por el descaro que por la pregunta. Él no me veía a mí. Miraba fijo hacia algún punto perdido, como si yo no existiera. Eso me ardió. —¿Y tú cómo sabes que fumo? —solté, medio irritada. Pero, como de costumbre, no me contestó. Ese silencio suyo ya me tenía los nervios de punta, así que me callé también. La verdad, no soy una adicta al cigarro. A veces lo hago cuando estoy con amigos, por puro aburrimiento o para hacer tiempo. —No bebas. No hace más que daño —dijo de la nada. —Perfecto. Entonces no bebas tú tampoco —solté rápido. Él abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero se quedó callado cuando nuestras miradas se cruzaron. Qué raro, pensé. Se llevó el cigarro a los labios otra vez. ¿Qué carajos iba a pasar ahora? ¿Me iba a tener encerrada todo el día en esta casa otra vez? No podía más con este misterio. Así que, sin darle chance de huir, le solté: —Dijiste que hoy sabría tu decisión. ¿Cuál es tu decisión? Maxwell me miró. Y entonces dijo: —El día aún no ha terminado. Y, como si nada, tiró el cigarro al suelo, me agarró del brazo sin previo aviso y me arrastró hacia dentro de la casa. —Hace frío. Vamos adentro. —Está bien, pero suéltame el brazo —respondí, tratando de sonar tranquila, aunque por dentro quería gritarle. Obvio no me soltó. Maxwell siempre hacía lo que le daba la gana, y yo solo podía tragarme mi orgullo por ahora. Cerró la puerta de hierro detrás de nosotros y guardó la llave en su bolsillo. Eso me puso nerviosa. Algo no iba bien. Subimos por unas escaleras y luego empezamos a bajar por otras, como si esta casa fuera un maldito laberinto. —Entra en la habitación —ordenó, señalando una puerta. Fruncí el ceño, porque ya sabía a dónde iba esto. —¿Qué habitación? ¿Quieres decir que voy a pasar ahí todo el día otra vez? —No. Te he dicho que entres. Estaré allí. Suspiré con frustración, pero entré. ¿Qué más podía hacer? Cerré la puerta detrás de mí y me apoyé en ella. Tenía que pensar. Tenía que hacer un plan. Esto no podía seguir así. No podía quedarme atrapada en este juego. Pero antes de que pudiera ordenar mis ideas, la puerta se abrió de golpe. Clark, uno de los hombres de Maxwell, entró como si fuera el dueño del lugar. —Maxwell te espera abajo —dijo, cortante. No tenía ni tiempo ni ganas de discutir, así que asentí. Clark, como siempre, se quedó ahí parado, mirándome como si esperara que saliera corriendo o algo. Pasé junto a él y bajé las escaleras. No pude evitar notar que venía siguiéndome, como una sombra. Cuando llegué a la sala, ahí estaba Maxwell, sentado en el sofá, revisando su teléfono. Me planté frente a él, con los brazos cruzados. —Te estoy escuchando —dije, tratando de mantener la calma. Él levantó la vista, pero su mirada... era rara. Como si estuviera viendo algo más allá de mí. Algo que no entendía. Me señaló el asiento frente a él, indicándome que me sentara. Me senté, cruzando las piernas con impaciencia, y lo miré fijamente, esperando a que hablara. Pero antes de decir algo, gritó: —¡Clark! El grito me sobresaltó, aunque intenté no mostrarlo. Clark apareció en un parpadeo. —¿Señor? —preguntó, firme. Maxwell desvió la mirada hacia él. —¿Está listo el coche? Clark asintió. Mi corazón empezó a latir más rápido. ¿Coche? ¿Nos íbamos? ¿Qué estaba pasando? —Bien. Da instrucciones a los hombres. No debería haber ningún error. Tú vas tras ellos. Yo voy arriba. Y si te da problemas... átala. No me lo pensé. Me levanté de golpe. —¡Oye! ¿Qué está pasando aquí? —grité, pero Maxwell ya se estaba yendo, subiendo las escaleras sin siquiera mirarme. Corrí tras él, gritando: —¡¿Así que este es tu plan?! ¿A dónde rayos vas sin decirme nada? Pero no respondió. No lo hacía nunca. Solo desapareció al final de las escaleras. Y entonces Clark volvió a mi lado, como siempre. —¡Espera! Al menos dime a dónde vamos —le dije, intentando mantener la calma. —No puedo decir lo que Maxwell no ha dicho. Pero, si haces las cosas difíciles, todo será peor —respondió, agarrándome del brazo. No me dejó opción. Me arrastraron fuera de la casa y me metieron en un minibús n***o. Maxwell no estaba. Solo yo y un par de tipos con trajes que ni conocía. Intenté respirar hondo. Tenía que mantener la calma. Si perdía la cabeza, sabía que todo terminaría peor para mí. El coche se detuvo. La puerta se abrió, y cuando salí, mis ojos no podían creer lo que veía. ¿El aeropuerto? ¿Qué estábamos haciendo en el aeropuerto? * Todo comenzó cuando sentí su mirada clavada en mi espalda. Al darme la vuelta, ahí estaba Clark. —¿Adónde vamos? —le solté, aunque la respuesta ya me la imaginaba. —Ya lo verás —respondió, sin más, mientras tiraba de mi brazo con esa manera de controlar que tanto me sacaba de quicio. Lo peor no era que me llevara como si fuera su mascota; lo peor era el vacío a nuestro alrededor. Ni un alma. Sólo nosotros. Bueno, nosotros y un par de matones trajeados. Finalmente, subimos al avión. Clark se dejó caer en el asiento a mi lado y, como si fuera mi niñera, me ordenó: —Ponte el cinturón. Subiremos pronto. Con un bufido, obedecí. Sabía que no tenía chance de escaparme ahí arriba. Me pesaba la idea de que, en cuanto intentara algo, esos gorilas con trajes me atraparían antes de bajar siquiera del avión. Y lo que más me carcomía era esa incógnita que me estaba matando por dentro: ¿adónde rayos íbamos? Bueno, más bien, ¿qué estaba tramando Maxwell? Ese hombre era un acertijo. Decía una cosa y hacía otra. Y ahí estaba yo, Georgina, pensando en cómo me iba a escurrir entre sus dedos. Porque si algo tenía claro, es que no pensaba quedarme de brazos cruzados. —¿Qué planes estás haciendo ahora? —preguntó Clark, interrumpiendo mis pensamientos con su tono de falsa calma. No sé qué me pasó, pero solté lo primero que me vino a la mente: —Eres un tipo raro, ¿sabes? En todos los libros de mafias, la mano derecha del jefe siempre ayuda a la chica secuestrada. ¿Por qué tú no haces lo mismo? Ni siquiera sabía de dónde había sacado el valor para soltarle eso, pero ahí estaba. Y para colmo, añadí con descaro: —Bueno, no te estoy pidiendo lástima, pero tampoco me vendría mal un poco de ayuda. Clark me miró como si estuviera loca y luego dejó escapar una risita. —Lo que lees no está tan lejos de la realidad. Deberías estar agradecida. ¿Agradecida? ¿En serio? Me hervía la sangre. —¡Es que leerlo está bien! ¡Vivirlo es una pesadilla! —le espeté. Él se rió de nuevo, pero su risa se cortó cuando sonó su teléfono. Me di cuenta de que no era una llamada cualquiera porque, al ver el nombre en la pantalla, se puso serio. Maxwell. Con un movimiento rápido, respondió la llamada y se llevó el aparato a la oreja. —¿Señor? Intenté escuchar lo que Maxwell decía, pero sólo captaba el tono de Clark respondiendo: —Sí… Ahora estamos a bordo… Vamos a despegar pronto… Deberíamos estar allí en cuatro o cinco horas… No, no es necesario el tranquilizante. Se está portando muy bien. ¿El tranquilizante? ¿En serio? Se estaban refiriendo a mí como si fuera un maldito perro. No pude más. —¿Qué soy, un perro? Ya verán qué tan bien me porto cuando les dé la sorpresa —solté, alzando la voz. Maxwell debió escucharme, porque Clark esbozó una sonrisa de medio lado mientras lo decía al teléfono. Pero esa sonrisa no duró mucho. Algo le dijo Maxwell que lo hizo recuperar la seriedad. Enseguida colgó y se guardó el teléfono en el bolsillo. —Maxwell quería que te diera un mensaje —me dijo con un tono tan frío que casi me congeló en el asiento. —¿Y qué mensaje es ese? —pregunté, cruzándome de brazos. Clark se inclinó un poco hacia mí, casi como si quisiera que escuchara sólo yo. —El juego… acaba de empezar.
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