Gotas de agua teñidas de rojo resbalaban de mis dedos flácidos, que colgaban del borde de la profunda bañera gris pizarra, manchando el suelo, antaño impecable. Trapos manchados de sangre estaban esparcidos por las ricas encimeras de madera de la pared opuesta. El fluido sanguíneo teñía el lavabo blanquecino, convirtiéndolo en una vibrante pieza de arte monocromática. El tacto frío del agua turbia del baño me hería los huesos mientras envolvía mi cuerpo en un placer ingrávido. Su calor desapareció hacía horas, llevándose consigo mis moretones y laceraciones. Mis párpados pesados estaban cerrados mientras mi cabeza descansaba sobre la lisa piedra gris, mis rizos lacios servían de cojín apagado. La luz tenue y parpadeante que antaño bañaba el baño con un destello seductor ahora solo mostraba

