Me senté encaramado en una rama baja de un nogal n***o, aplastando una nuez en la palma de mi mano. El árbol estaba cerca del límite de la manada, a varios kilómetros de la libertad. Podía oír débilmente la marcha ensayada de las patrullas distantes, ignorantes de los peligros que acechaban cerca. A mi izquierda, el jadeo apenas disimulado de un hombre salvaje bailaba en mi oído. Las pisadas desiguales, el latido errático del corazón y los breves gruñidos irregulares lo identificaron antes de que el olor a locura pudiera siquiera llegar a mi nariz. El hombre tropezó en mi vista cuando lo miré de reojo. Parecía tal vez un par de años mayor que yo, sus ojos color cadmio lo delataban. Estaba desaliñado, con el cabello castaño despeinado y enmarañado. Vestía pantalones rotos y ensangrentados,

