Ese viernes por la tarde tuve que luchar como nunca por tener autocontrol, aunque no lo logré. Roman se había puesto un traje clásico (la toga se la pondría después) y se veía tan bien que yo… moría por desvestirlo. Lo observé atónita cuando entró a mi habitación a preguntarme si estaba lista y ni siquiera pude responder, creo que nunca le di una mirada más banal a alguien y lo peor de todo es que él lo notó porque se agachó a mi altura, puso sus manos en mis piernas y me miró con una leve sonrisa. -¿Por qué me miras así pervertida? -Te miro igual que siempre. -Mentí, al tenerlo tan cerca y sentir el olor de su perfume el cual me encantaba… y tener sus manos sobre mí. Dios, debo controlar estos locos deseos o lo retrasaré en su gran día. Estaba nerviosa. -Sabes que no puedes mentirme.

