Con esa sensación de inquietud recorriéndola, encaminando sus pasos a donde, por su propio bien, no debería entrar, María decidió alejarse de eso que había llegado hasta ella, y tomó su mochila con la laptop, su celular y sus llaves, entonces cerró el gas, la toma de agua y las puertas del balcón, el patio y de la entrada para terminar subiendo a su coche y conducir por tres horas para llegar hasta la casa de su mamá. —¿Qué haces aquí? —le preguntó su madre al verla entrar a su habitación luego de escuchar a alguien entrar a su casa—. Es raro que vengas sin avisar. —Yo —titubeó María—..., estoy huyendo de una parte de mi pasado en Monterrey que me alcanzó hasta acá. —Ay, María —musitó la madre de la joven, sonriendo con benevolencia—, mi asustadiza y cobarde niña. María se abrazó a

