Todo el mundo había comentado siempre cuánto se parecían él y su hijo.
Ray Junior también había tenido la cara deformada como un boxeador profesional, con nariz grande, ojos pequeños y cejas pobladas. Pero su hijo no había vivido el tiempo suficiente para sacar panza a la altura de la cintura y no había ni un pelo gris en su cabeza cuando lo enterraron.
La vida de Ray Sr. había estado llena de desilusiones. Pensó en cuando había querido ser policía, pero cuando lo había intentado, parecía que no querían tener negros. Había querido casarse con una mujer bella, pero había acabado con Ellen. Al principio incluso Ray Junior había sido una desilusión.
Pero su viejo lo había endurecido y el último año de la escuela secundaria, Ray se había sentido como un rey cuando se sentaba en las grada y observaba a su niño jugar a la pelota.
Ahora era un don nadie otra vez.
Comenzó a toser y le llevó casi un minuto controlar los espasmos. Los doctores le habían dicho hacía un año que debía dejar de fumar porque tenía mal el corazón y problemas en los pulmones. No le habían dicho directamente que se estaba muriendo, pero él lo sabía de todas maneras y ni siquiera se cuidaba. Todo lo que le preocupaba era ajustar cuentas con Dan Calebow.
Ray Senior disfrutaba de cada partido que los Stars perdían porque probaba que el equipo no valía una mierda sin su niño. Había grabado en su mente que iba a vivir hasta el día en que todo el mundo supiera el error que aquel bastardo había cometido al despedir a Ray Junior. Iba a vivir hasta el día que Calebow se tuviera que comer toda la mierda por lo que había hecho.
***** El olor a whisky y puros caros envolvió a Phoebe cuando entró en el palco del dueño el domingo siguiente. Estaba haciendo lo que había jurado que nunca haría, asistía a un partido de fútbol ya que Ron la había convencido de que la dueña de los Stars no podía perderse el primer partido de la temporada.
El Midwest Sports Domo que tenía forma hexagonal en realidad se había construido en una presa abandonada rellenada de grava que se asentaba en el centro de cientos de acres del territorio al norte de Tollway. Cuando los Stars no jugaban, la cubierta del domo de vidrio y acero se alquilaba para distintas celebraciones religiosas donde se trasladaba arrastrada por tractores. Tenía instalaciones para banquetes, un elegante restaurante y asientos para ochenta y cinto mil personas. —Esto es un despilfarro. —Le murmuró Phoebe a Ron cuando entró en el palco de vidrio del dueño, con sus dos televisores y su pared de ventanas sobresaliendo en voladizo encima del campo. Se acababa de enterar de que los palcos del Midwest Sports Dome se alquilaban por ochenta mil dólares al año.
—Los palcos son de las pocas cosas que nos proporcionan ganancias de este miserable estadio que contrató Bert —dijo Ron mientras cerraba la puerta detrás de ellos—. De hecho este son dos en uno.
Ella miró a través del humo de los cigarros la lujosa decoración dorada y azul: gruesa alfombra, confortable salón con una barra de caoba bien surtida.
Había nueve o diez hombres presentes, no sabía si eran colegas de su padre o los dueños del quince por ciento de los Stars que Bert había tenido que vender hacía varios años, cuando necesitó dinero en efectivo. —Ron, ¿no ves nada raro?
—¿Cómo qué?
—A mí. Soy la única mujer. ¿No tiene esposa algunos de estos hombres?
—Bert no dejaba que las mujeres entraran en el palco del dueño durante los partidos. —Sus ojos brillaron con picardía—. Demasiada charla.
—Estás bromeando.
—Las esposas tienen asientos en el palco de fuera. No es algo raro en la NFL.
—Un club de chicos.
—Exactamente.
Un hombre demasiado gordo que vagamente recordaba haberse encontrado en el entierro de su padre fue hacia ella, con los ojos saliéndose de las órbitas cuando se fijaron en su ropa. Llevaba puesto un vestido que Simone llamaba “fregona” porque la parte de la falda estaba cortada en anchos listones desde un poco por encima de la rodilla hasta la bastilla. Con cada paso que daba sus piernas se entreveían entre los listones rosados. El corpiño “palabra de honor” se pegaba a sus pechos. El hombre sujetaba una copa de cristal tallado totalmente llena de licor y su saludo efusivo le hizo sospechar que no era la primera.
—Espero que nos traiga buena suerte, señorita. —Miró fijamente sus pechos—. Tuvimos una mala temporada el año pasado y algunos de nosotros no estábamos seguros de que Calebow fuera el hombre adecuado para el equipo. Fue un quarterback genial, pero eso no significaba que supiera entrenar. ¿Por qué no utiliza esa cara bonita para convencerle de darle un nuevo rumbo a la ofensiva? Con un receptor como Bobby Tom, se necesitan lanzadores poderosos. Tiene que poner a Bryzski en lugar de Reynolds. Le dice todo eso, ¿entiende?
El hombre era insufrible y dijo quedamente con voz ronca: —Se lo murmuraré en la almohada esta misma noche.
Ronald rápidamente la alejó del alarmado hombre antes de que pudiera hacer más daño y se la presentó a los demás. La mayor parte de ellos le sugirieron diversos ajustes, querían que Dan hiciera su alineación como ellos decían y que planteara las jugadas a su manera. Se preguntó si todos los hombres aspirarían en secreto a ser entrenadores de fútbol.
Coqueteó con ellos hasta que se cansó y luego se dirigió a las ventanas y miró al campo. Faltaban menos de diez minutos para que comenzara el partido y había demasiados asientos vacíos, a pesar de que los Stars jugaban su primer partido contra los populares Denver Broncos. No era extraño que el equipo tuviera tantos problemas financieros. Si algo no cambiaba pronto, esos despidos que Dan había mencionado iban a hacerse realidad.
Un hombre del palco observaba sus piernas mientras ella miraba como un comentarista de la televisión explicaba que los Broncos iban darle una paliza a los Stars. Ron apareció a su lado. Cambiaba su peso con nerviosismo de un pie a otro y se dio cuenta de que parecía algo nervioso desde que la había recogido. —¿Pasa algo?
—¿Te importaría mucho venir conmigo?
—Por supuesto que no. —Ella recogió su pequeño bolso y le siguió hasta fuera del palco, al vestíbulo—. ¿Ha pasado algo que debería saber?
—No exactamente. Es solo… —La guió hacia uno de los ascensores privados y presionó el botón—. Phoebe, es algo realmente gracioso —las puertas se abrieron y entraron— probablemente has oído que los deportistas son muy supersticiosos. Algunos insisten en llevar puestos los mismos calcetines toda la temporada o ponerse el uniforme exactamente en el mismo orden. Muchos han desarrollado elaborados rituales previos al juego durante años, como que puertas usan para entrar en el estadio. Se meten amuletos en los bolsillos del uniforme. Son cosas tontas, la verdad, pero les da confianza y no hacen ningún daño. Ella le miró suspicazmente cuando el ascensor comenzó a descender. —¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—No contigo exactamente. En realidad con Bert y ciertos miembros del equipo. —Miró con nerviosismo su reloj—. Implica también a los Bears. Y a Mike McCaskey.
McCaskey era el nieto de George Halas, el legendario fundador de los Chicago Bears. Que era también el controvertido presidente de los Bears y del CEO. Pero, a diferencia de sí misma, McCaskey sabía algo sobre fútbol, así que Phoebe no veía la conexión.
Las puertas se abrieron. Cuando Ron y ella salieron, vio la luz del sol, a pesar de que sabía que estaban bajo el estadio. Se percató que estaban en un vestíbulo al final del gran túnel que conducía al campo. Ron la guió hacia allí.
—Ron, estás empezando a ponerme muy nerviosa.
Se sacó un pañuelo blanco del bolsillo del pecho y se lo presionó en la frente. —Mike McCaskey al principio de cada tiempo del partido pisa el campo de los Bears. No interfiere en el juego, pero siempre lo hace y eso es un ritual. — Volvió a meter el pañuelo en el bolsillo—. A Bert no le gustaba el hecho que McCaskey pisara el campo mientras él permanecía en el palco de los Stars, así que unos cuantos años después comenzó a hacer lo mismo, es una especie de rutina. Los jugadores se han vuelto supersticiosos con eso.
Un desasosiego distinto la atravesó. —Ron…
—Tienes que estar el campo con el equipo durante el primer cuarto —le dijo a la carrera. —¡No puedo hacer eso! ¡Ni siquiera quiero estar en el palco para encima ponerme a pisar el campo! —Tienes que hacerlo. Los hombres lo esperan. Jim Biederot es el quarterback y es uno de los deportistas más supersticiosos que me he encontrado. Los quarterback son como los tenores; se molestan con facilidad. Y Bobby Tom también quiere las cosas bien hechas antes del partido. No quiere tener el karma trastocado.
—¡Me da igual su karma!
—¿También los ocho millones de dólares?
—No pienso salir ahí.
—Si no lo haces, estás eludiendo tus responsabilidades y no eres la persona que creía que eras. Esto último lo dijo deprisa y luego se calló. Pero la idea de salir al campo le daba un miedo al que no quería enfrentarse. Buscó una excusa plausible aparte del pánico.
—Mi ropa no es adecuada.
Sus ojos brillaron con admiración mientras la estudiaba. —Estás preciosa. Le mostró las rodillas y una buena porción de muslo a través de los listones rosas cuando levantó un pie para mostrarle a Ron una sandalia de tiras con unos tacones de diez centímetros. —¡Mike McCaskey no saldría al campo vestido así! Además, se me hundirán los tacones.
—Es astroturf 11 ; Phoebe, estás buscando excusas. Francamente, esperaba algo mejor de ti.
—En realidad disfrutas haciendo esto, ¿verdad?
—Debo admitir que cuando te vi el vestido, se me ocurrió que tu apariencia podría hacer subir la venta de entradas. Quizá podrías saludar a la gente con la mano.
Phoebe dijo una palabra que casi nunca usaba.
Él le dirigió una mirada de tierna reprimenda. —Déjame recordarte el principio fundamental de nuestro trato. Yo te suministro el conocimiento y tú suministras las agallas. Ahora mismo, no estás cumpliendo el trato.
—¡No quiero salir al campo! —exclamó ella desesperadamente.
—Lo entiendo. Desafortunadamente, tienes que hacerlo. —Con amabilidad cogió su brazo por el codo, conduciéndola por la leve pendiente que llevaba al final del túnel.
Ella trató de disimular su pánico detrás de un comentario sarcástico. —Hace dos semanas eras una “persona estupenda” sin cualidades de liderazgo.
—Todavía soy una “persona estupenda”. —La guió hacia la salida del túnel bajo la luz resplandeciente del sol—. Y tú me ayudas a desarrollar mis cualidades de liderazgo.
La escoltó hasta el camino de hormigón, justo al lado de la valla y algo por debajo del nivel del campo, guiándola por detrás de los jugadores apiñados hasta una zona justo al final del banquillo. Sabía que estaba sudando y una oleada de cólera hacia su padre la atravesó. Este equipo era su juguete, no el de ella. Mientras observaba a los jugadores, con sus cuerpos acolchados de tamaño sobrehumano, estaba tan asustada que casi se volvió loca.
Los rayos de sol penetraban a través del hexágono de cristal del techo del domo iluminando su vestido rosa y parte del público la llamó por su nombre. La asombró que supieran quien era hasta que recordó que el contenido del testamento de Bert se había hecho público. Ya había rechazado docenas de peticiones de entrevistas a todos los medios de comunicación locales. Se obligó a sí misma a imprimir una radiante sonrisa en su cara, esperando que nadie se diera cuenta de lo insegura que estaba.
Se percató de que Ron se preparaba para dejarla sola y lo agarró del brazo.
—¡No te vayas!
—Tengo que hacerlo. Los jugadores creen que doy mala suerte. —Le metió algo en la mano—. Te estaré esperando en el palco. Estarás bien. Y, esto… Bert siempre le daba una palmadita en el trasero a Bobby Tom.
Antes de que ella pudiera absorber esa inoportuna información, él se apresuró fuera del campo, dejándola sola con docenas de hombres gruñones, sudorosos y endurecidos en mil batallas, un infierno cercano al caos total. Ella abrió el puño y miró fijamente su mano con desconcierto. ¿Por qué le había dado Ron un paquete chicles de menta verde de Wrigley?
Dan apareció a su lado y tuvo que reprimir el alocado deseo de meterse en sus brazos y pedirle que la ocultara. El deseo se desvaneció cuando la miró con ojos poco amistosos.
—No te puedes mover de este lugar hasta el final del primer cuarto. ¿Lo sabes?
Ella sólo pudo inclinar la cabeza.
—No vayas arriba. Lo digo en serio, Phoebe. Tienes responsabilidades y es mejor que te hagas cargo de ellas. Tú y yo podríamos pensar que las supersticiones de los jugadores son ridículas, pero ellos no lo hacen. —Sin ninguna explicación más, se marchó.
El encuentro sólo había durado unos segundos, pero sintió como si hubiera sido aplastada por un bulldozer. Antes de poder recuperarse, uno de los hombres fue hacia ella con la careta de su casco protector levantada. Aunque se había mantenido a distancia de los jugadores, reconoció a Bobby Tom Denton por su foto: El cabello rubio, los pómulos marcados, la boca ancha. Él parecía tenso y con los nervios de punta.
—Señorita Somerville, no nos conocemos, pero necesito que me golpee el trasero.
—Tú… tú eres Bobby Tom. —Un Bobby Tom muy rico.
—Sí, señora.
Ella no podía hacer eso. Tal vez algunas mujeres, nacieran para golpear traseros, pero no era una de ellas. Rápidamente levantó la mano, se besó las puntas de los dedos y las presionó contra sus labios. —¿Qué te parece una tradición nueva, Bobby Tom?
Ella esperó con aprensión si había hecho algo irreversible para su karma y, de paso, arruinado ocho millones de dólares. Él empezó a fruncir el ceño y lo siguiente que supo fue que los listones rosas batieron contra sus piernas cuando él la agarró por los brazos y elevándola rápidamente le plantó un beso que retumbó en sus labios.
Él sonrió ampliamente y la bajó. —Esta tradición es mucho mejor.
Centenares de personas del público habían percibido el intercambio y cuando él se fue, ella oyó risas. Dan también había observado el beso, pero él definitivamente no se reía.
Otro monstruo fue hacia ella. Mientras se acercaba se giró para hablar con alguien detrás de él y ella vio el nombre "Biederot" en la espalda de su camiseta azul. Éste debía ser su temperamental quarterback.
Cuando él finalmente se paró al lado de ella, se fijó en su pelo n***o azulado, su nariz de alcayata y su pequeña boca casi femenina. —Señorita Somerville, su padre… —él miró un punto justo encima de su oreja izquierda y bajó la voz—. Antes de cada juego, él siempre decía:
comemierda, imbécil.
Su corazón se hundió. —¿No sería mejor que te golpeara el trasero en vez de decir eso? Él negó con la cabeza, con expresión feroz.
Ella se apuró y dijo las palabras tan rápido como pudo.
El quarterback hizo un audible signo de alivio. —Gracias, Señorita Somerville. —Y se fue corriendo.
Los Stars ganaron el lanzamiento de moneda y ambos equipos se colocaron para comenzar. Para su súbita desilusión, Dan empezó a correr hacia ella de lado dejando los ojos firmemente fijos en el campo. Estaba limitado por el largo cable del auricular de su casco, pero no parecía impedir sus movimientos. Se paró al lado de ella, con los ojos todavía fijos en el campo.
—¿Tienes el chicle?
—¿El chicle? —¡El chicle!
Ella repentinamente recordó los Wrigley que Ron había metido en su mano y aflojó los dedos, que estaban rígidamente cerrados a su alrededor. —Aquí mismo.
—Me lo das cuando el kicker 12 golpee el balón. Usa tu mano derecha. Y desde la espalda. ¿Entiendes? Pero no lo hagas ahora. Mano derecha. Espalda.
Cuando el kicker golpee el balón.
Ella clavó los ojos en él. —¿Quien es el kicker?
Él pareció volverse ligeramente loco. —¡El tío pequeño de la mitad del campo! ¿No sabes nada? Lo vas a fastidiar todo, ¿no es cierto?
—¡No voy a fastidiar nada! —Sus ojos volaron por el campo tratando frenéticamente de identificar al kicker. Escogió el más pequeño de los jugadores y esperó haber acertado. Cuando se inclinó para situar la pelota, puso su mano derecha detrás de la espalda y pasó el chicle con la palma abierta a la mano de Dan. Él gruñó, se la metió en el bolsillo y se fue corriendo sin siquiera dar las gracias. Se recordó a sí misma que sólo unos minutos antes, él había dicho que las supersticiones de los jugadores eran ridículas.
Segundos más tarde, la pelota surcó el aire y el pandemónium se manifestó ante ella. Nada la podía haber preparado para los horripilantes sonidos de veintidós cuerpos masculinos luchando unos contra otros y tratando de matarse los unos a los otros. Los cascos crujían, los hombros almohadillados se golpeaban y el aire se llenó de maldiciones, gruñidos y gemidos.
Ella presionó las orejas con las manos y gritó cuando un pelotón de hombres uniformados se abalanzó hacia ella. Se quedó paralizada mientras el jugador de los Stars que llevaba la pelota se dirigía hacia ella. Ella abrió la boca para gritar, pero no salió ningún sonido. La multitud vitoreó como loca mientras él corría perseguido por un jugador blanco y naranja que parecía un monstruo del infierno. Le pareció que no iba a poder pararse, que iba a arrollarla directamente pero que no podría salvarse porque sus rodillas no respondían. En el último momento hizo un quiebro y arremetió contra sus compañeros de equipo.
Tenía el corazón en la garganta y creyó que se desmayaría. Tocando nerviosamente el cierre de su diminuto bolso de bandolera, buscó dentro sus gafas de sol de diamantes falsos, estando a punto de dejarlas caer mientras se las ponía rápidamente para protegerse. El primer cuarto pasó con una lentitud martirizante. Podía oler el sudor de los jugadores, veía sus expresiones algunas veces aturdidas, algunas veces rotas, oía las obscenidades que gritaban, una profanación tras otra hasta que la repetición las despojó de cualquier significado. En algún momento, se percató que estaba allí de pie no ya porque hubiera recibido instrucciones, sino como prueba de su fuerza, su propia prueba de coraje. Puede que si manejaba este desafío, pudiera comenzar a manejar el resto de su vida.
Nunca los segundos le habían parecido tan largos como minutos, los minutos como horas. A través del rabillo del ojo, observó a las animadoras de los Star con sus uniformes dorados de mala calidad con lentejuelas azules animando a todos a aplaudir. Ella obedientemente aplaudió cuando Bobby Tom atrapó un pase después de otro contra lo que oiría más tarde que era la defensa de los Broncos. Y con más frecuencia de la que le gustaría, encontró que sus ojos se desviaban hacia Dan Calebow.
Él se paseaba de arriba abajo por los laterales, su pelo trigueño brillaba bajo la brillante luz del sol que fluía por el centro del domo. Sus bíceps estiraban las mangas cortas de su camisa de punto y las venas latían en su cuello musculoso mientras gritaba las instrucciones. Nunca estaba quieto.
Paseaba, se enfurecía, hablaba a voz en grito, perforaba el aire con su puño.
Cuando una jugada al final del cuarto le enojó, se sacó bruscamente el auricular del casco y lo tiró contra el campo. Tres de sus jugadores brincaron en el banquillo y medio se escondieron, su respuesta era tan adecuadamente orquestada que tuvo el presentimiento de que lo habían hecho antes. Si bien este equipo era legalmente de ella durante los meses siguientes, supo que le pertenecía a él. La aterrorizaba y fascinaba. Habría dado cualquier cosa por ser tan valiente.
El silbido finalmente sonó, señalando el final del primer cuarto. Para sorpresa de todo el mundo, los Chicago Stars estaban empatados a los Broncos, 7-7.
Bobby Tom se acercó a ella, con una expresión tan jubilosa que ella no pudo más que sonreírle. —Espero que esté cerca cuando juguemos contra los Chargers la semana próxima, Señorita Somerville. Es mi amuleto de la suerte.
—Creo que es tu talento el que te da suerte.
La voz de Dan rugió furiosa. —¡Denton, ven acá! Tenemos tres cuartos más, ¿o te has olvidado de eso?
Bobby Tom parpadeó y corrió afuera.
Phoebe permaneció en las sombras, fuera de la iluminación de los focos que se habían colocados alrededor de la piscina de la Mansión Somerville y observó como cinco mujeres, que reían tontamente, rodeaban a Bobby Tom Denton. Ninguna de las gestiones de los Stars, ni el consejo administrativo que gestionaba el patrimonio tras la muerte de Bert, ni el hecho de que Phoebe pronto se mudaría de la casa habían servido como excusa para cancelar la fiesta que se celebraba allí cada año para celebrar el comienzo de temporada.
Mientras Phoebe había acudido al partido, su secretaria había supervisado el catering de todo el acontecimiento. Phoebe había reemplazado el vestido “fregona” por otro ligeramente menos provocativo, color melocotón, con la parte superior de encaje.
La pérdida del partido ante los Broncos había empañado la reunión al principio, pero como el alcohol había comenzado a fluir libremente, el humor había mejorado. Era casi medianoche y las bandejas de carne, jamón y colas de langosta se habían agotado. Phoebe había sido presentada a todos los jugadores, sus esposas y sus novias según fueron llegando. Los jugadores fueron escrupulosamente educados con su nueva dueña, pero tener alrededor a tantos deportistas le había traído malos recuerdos, así que se había alejado a un banco de madera oculto por unos arbustos de rosales japoneses adecuadamente alejados de la piscina.
Oyó una voz familiar y sintió un extraño estremecimiento cuando miró hacia el patio y vio a Dan. Ron le había contado que la noche de los domingos era una de las más ocupadas para los entrenadores, ya que calificaban a los jugadores según su trayectoria durante el partido y preparaban el plan de juego para la semana entrante. Pero aun así, se había encontrado buscándole toda la tarde.
Ella observó desde las sombras como él se movía de un grupo a otro.
Gradualmente, se dio cuenta de que estaba cada vez más cerca. Vio que él llevaba puestas un par de gafas de montura metálica y el contraste entre esas gafas de estudioso y su ruda y buena presencia hicieron cosas extrañas en sus entrañas. Ella cruzó las piernas cuando se acercó a ella. —Nunca te había visto con gafas.
—Las lentillas me molestan después de catorce horas. —Bebió un sorbo de la lata de cerveza que llevaba en la mano y puso el pie en el banco al lado de ella.
Este hombre era realmente como un involuntario orgasmo nocturno a lo Tennessee Williams, pensó ella, mientras lentamente imaginaba la película en su cabeza. Lo podía ver en la envejecida biblioteca de una decadente casa de plantación, con la camisa blanca humedecida por el sudor provocado por un lujurioso encuentro con una joven Elizabeth en una cama de latón. Sujetaba un puro entre sus dientes al tiempo que examinaba impaciente y rápidamente un viejo diario para intentar descubrir dónde había enterrado su bisabuela la plata de la familia.
Sentía su cuerpo caliente y lánguido y tuvo que reprimir el deseo de rozarse contra él como un gato.
Una carcajada procedente de la piscina la trajo de regreso a la realidad.
Miró hacia allí a tiempo de ver como una de las cinco mujeres que rodeaban a Bobby Tom lo empujaba al agua completamente vestido. Cuando él no subió inmediatamente para tomar aire, ella rechinó los dientes. —Estoy esforzándome para no tirarme y rescatarle. Dan se rió entre dientes y bajó su pie del banco. —Relájate. Tienes aún más dinero invertido en Jim Biederot que en Bobby Tom y Jim acaba de echar un cabo a una de las chimeneas de la casa para ponerse a escalarla.
—Definitivamente no valgo para este trabajo.
Bobby Tom salió de la piscina, resopló y empujó a dos de las mujeres que estaban con él. Se alegró de que el dormitorio de Molly diera al otro lado de la casa.
—Tully me dijo que Jim escala la casa cada año —dijo Dan—.
Aparentemente, la fiesta no sería lo mismo sino lo hiciera.
—¿Y no se puede poner un gorrito de fiesta en la cabeza como todos los demás?
—Está orgulloso de su originalidad.
Un corpulento guardalínea defensivo se dejó caer en el cemento al lado de la piscina y agarró a una joven que se puso a chillar. Dan apuntó su lata de cerveza hacia ellos.
—Ahora es cuando empiezan realmente los problemas.
Ella se levantó para echar una mirada y luego deseó no haberlo hecho. —Espero que no la lastime.
—Eso no tendría importancia sino fuera porque no es su esposa.
En ese momento una especie de diminuta bola de fuego con una melena brillante a lo Diana Ross surgió de la parte posterior del patio hacia Webster Greer, el guardalínea defensivo de ciento cuarenta kilos.
Dan se rió entre dientes. —Observa y aprende, Phoebe.
“Bola de fuego” se detuvo sobre un par de tacones de aguja. —¡Webster Greer, deja a esa chica en este momento o te patearé el culo!
—Ay, cariño —dijo, dejando a la pelirroja encima de una tumbona.