Había pasado una semana desde que Glen había dado alguna señal positiva. Desde aquel día, la familia se turnaban para cuidarlo esperando que él despertara de un momento a otro. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas mal cerradas. Los monitores emitían un leve pitido rítmico, un sonido que había sido constante en los días que siguieron al accidente. El aire estaba cargado de una mezcla de desinfectante y el aroma de las flores que, a pesar de su frescura, no lograban ocultar la atmósfera estéril del hospital. Glen estaba inmóvil en la cama, su rostro estaba sereno pero pálido, con el cabello desordenado sobre la almohada. Durante semanas, había permanecido en ese estado de inercia, atrapado en un sueño profundo del que pa

