El sonido del carburador le indicó que volvía a fallar. Llevaba toda la semana luchando con aquel inútil aparato y no lograba repararlo. No quería pedirle ayuda a su padre. No quería volver a oír su voz luego de la última discusión.
Rodrigo sabía exactamente lo que el viejo Tony iba a decirle. De seguro comenzaría con la frase que aducía que en su época los motores eran de verdad y continuaría con una interminable lista de anécdotas de sus años como mecánico en el turismo carretera, para finalmente reprocharle que no era capaz de finalizar nada de lo que comenzaba. No deseaba oirlo.
Había tenido una pésima semana, casi no le quedaba dinero en su cuenta y el maldito auto que tenía encima, de lograr repararlo, no colaboraría para aumentarla.
-¡Listo! ¡Apagalo!- le gritó a Max eliminando todo el aire de sus pulmones mientras intentaba limpiarse las manos completamente negras a causa de sus largas horas trabajando en aquel motor.
-Vas a tener que comprar uno nuevo.- le dijo Max con su voz áspera, mientras intentaba apelar a toda su energía para retirar su enorme cuerpo del auto. Se había subido para darle arranque y con solo oír el rugido había llegado al diagnóstico: irreparable.
-¿En serio?- le respondió Rodrigo con sarcasmo al tiempo que se acercaba a la única canilla de aquel polvoriento taller que había heredado de su padre. Mientras lavaba sus manos algunos recuerdos quisieron colarse. Su infancia entre autos y herramientas, su adolescencia surcada por experiencias precoces, su pasión…
Con un nuevo bufido de fastidio borró la nostalgia de un tirón. Él no vivía en el pasado. Era un joven que ya había pasado los treinta, con un trabajo fijo, que aunque tenía altibajos, le daba de comer y una vida social especialmente libre. Hacía lo que quería. Sin explicaciones, ni expectativas. Había aprendido el oficio de su padre y normalmente no se quejaba.
Sin embargo, aquella semana, su mal humor se había acumulado y este endemoniado carburador había rebalsado su vaso de paciencia.
-¿Tenes plata para prestarme, Max? Quiero terminar con este auto de una vez por todas, esas calcomanía son dañinas para mis ojos.- le dijo quitándose la remera para buscar entre sus cosas alguna presentable.
Su torso marcó los músculos con irremediable arrogancia mientras su gesto indiferente le otorgaba la dosis justa para volverlo irresistible. Sabía lo que las horas en el gimnasio significaban, pero en ese momento no tenía interés en presumirlo. Sólo quería sacarse aquel asunto de encima, no era bueno tolerando imprevistos y, definitivamente, no era dueño de la paciencia que requieren ciertos procesos. Él era un todo o nada. O salía a la primera o no valía la pena intentarlo.
-Lo siento, Rodri, si me das vuelta, aunque dudo que puedas hacerlo, no me sacas ni un peso.- le respondió Max abriendo la heladera de puerta transparente para tomar una cerveza.
Rodrigo golpeó su pierna con su propio puño. No quería hablar con su padre. No quería hacerlo.
-Hola, guapo.- La voz llegó desde la entrada del taller, una joven de piernas largas y pechos exuberantes, mascaba su chicle con alevosía mientras caminaba deleitando su vista con aquellos tatuajes que no había terminado de ver la noche anterior.
Rodrigo volvió a emitir un bufido mientras se colocaba una camiseta a desgano.
-Hola… eh..- quiso continuar pero su obstinada mente no colaboró con enviarle el nombre correcto.
-Lulú.. ¡Rodri! ¿Cómo no te acordás de mi nombre? A mi me pareció que anoche los dos la habíamos pasado muy bien.- dijo la joven con gestos de niña malcriada que atentaron con quebrar la poca paciencia que quedaba en su cuerpo.
-Lo siento, Lulú, no estoy de humor.- respondió dándole la espalda para buscar entre sus cosas una llave que no lograba encontrar.
-¡Pero que desagradecido resultaste! - le gritó la joven despertando una risa irónica en Max, quien se apresuró a beber otro trago para no interrumpir el entretenimiento.
No era la primera vez que ocurría, en los años que llevaba trabajando junto a Rodrigo había visto decenas de chicas desfilar con la misma decepción. Admiraba la frialdad del chico para deshacerse de sus conquistas, aunque en el fondo envidiaba su suerte. Él se había retirado hacía años, al igual que Rodrigo, cuando las cosas no venían fáciles, no le interesaban.
-Andá chiquita, no hagas papelones, te juro que no es personal.- le arrojó a la joven quien le echó una mirada de desagrado y se acercó a Rodrigo para acariciar su cuello con voracidad.
-En serio, Lulú, no te hagas esto, no estoy de humor y estoy apurado, si no salgo ahora la casa de repuestos que acepta tarjeta de crédito va a cerrar.- le respondió Rodrigo retirando sus manos con delicadeza, no le gustaba hacer sentir mal a nadie, pero tampoco le gustaba que insistieran cuando él era claro desde el inicio. No tenía nada más que minutos de placer para ofrecer.
Sin esperar respuesta, una vez que tuvo las llaves en su mano comenzó a caminar hacia la salida.
-¡Sos un cobarde hijo de la gran perra!- gritó la joven quitándose el chicle de la boca para pegarlo sobre el capot del auto que encontró a su paso.
-¡Con razón nunca subiste a ningún podio! ¡Fracasado!- agregó tocando una fibra irritable en el olvidado corazón del mecánico que sin querer sumergirse en ella se subió al auto descargando toda su furia en el acelerador.
El pasado era escurridizo, se agazapaba en cualquier rincón para regresar del modo más cruel. No quería pensar, no podía recordar, no se permitía caer en el único pozo del que le había costado salir… si es que realmente había salido.
Con su mente perdida, su teléfono comenzó a sonar, y en un intento por sacarlo de su bolsillo este se deslizó debajo del asiento trasero. Fue entonces cuando quitó la vista del camino y en menos de lo que imaginó la colisión lo volvió todo irremediable.