Las noticias llegaron tres días después, rompiendo la calma relativa que se había instalado mientras organizaban a los recién llegados. Alejandro estaba en la herrería con Wei, aprendiendo los fundamentos básicos de la forja mientras esperaban informes de los espías de Mei-Lin. El trabajo con el metal era sorprendentemente meditativo, y el espíritu del dragón había sugerido que actividades manuales ayudaban a integrar el poder de la armadura con más suavidad. El calor del horno era reconfortante, el ritmo del martillo casi hipnótico. Entonces un mensajero irrumpió por la puerta, destruyendo la paz del momento. Era uno de los supervivientes del Fénix Carmesí que había llegado con Mei-Lin, un hombre joven llamado Tao que había sido asignado a vigilar los caminos del norte debido a su velo

