El primer cazarrecompensas apareció al cuarto día. Alejandro lo sintió antes de verlo. Sus sentidos amplificados captaron el crujido de hojas a doscientos metros, el olor a cuero y acero, el ritmo cardíaco acelerado de alguien que cazaba. «Tenemos compañía,» susurró a June. Estaban descansando junto a un arroyo, a medio camino de Puerto Ceniza. Alejandro había recuperado suficiente fuerza para caminar, aunque cada paso todavía dolía. June se tensó. «¿Cuántos?» «Uno solo. Viene del norte.» «¿Cazarrecompensas?» «Probablemente.» Se escondieron entre los arbustos justo cuando la figura emergió del bosque. Hombre joven. Tal vez veinticinco años. Armadura ligera de cuero. Espada corta en la cadera. Ojos que escaneaban el terreno con la práctica de alguien acostumbrado a rastrear presas

