Salía de mi departamento cerrando la puerta con un portazo cuando lo vi. Tayler estaba allí, esperándome como si no hubiese pasado nada. Llevaba un ramo de rosas rojas y su chaqueta militar perfectamente acomodada. Detestaba cómo podía lucir tan sereno cuando por dentro me hervía la sangre. —Abril… —dijo con voz grave—. Sé que fui un imbécil. Lo soy, siempre lo he sido, pero... no quiero perderte. Lo miré sin expresión. Mi mano aún sostenía las llaves y la mochila colgaba de mi hombro. No quería pelear, no quería llorar. Quería marcharme. —¿Y con flores piensas arreglarlo todo? —pregunté con sarcasmo. —No —respondió enseguida—. Solo quiero que me escuches. Por favor. —Te escuché anoche, Tayler —espeté, sin moverme—. Escuché cada palabra. Que soy inmadura, berrinchuda, que no soy una m

