—Emir—, extendió su mano, la miré por un instante y no pude toparla, solo de imaginar que con esas manos tocó a mi madre me revolvió el estómago. La mano de Fausto cayó nuevamente a la cama, de sus ojos brotaron lágrimas —Eres idéntico a tu padre, el mismo color de ojos, cabello, porte, incluso sus mismas fracciones. Ahora mismo me estás mirando como él lo hacía cuando se enojaba. —¿Qué quieres Fausto?, ¿para que me mandaste a llamar? —, no me senté, no quería pasar mucho tiempo frente al hombre que lastimó a mi madre. —Hijo, he estado esperando este momento por quince años, pensé que cumplido los dieciocho vendrías a visitarme. No entendía por qué no habías venido a visitar, pero cuando mi abogado me dijo que te habías salido del país entendí porque no lo habías hecho. Hace poco me ente

