Capítulo 4

1957 Palabras
Sam entró en el garaje individual de su casa. Era una sencilla casa prefabricada rectangular de los años 80 con revestimiento de vinilo color hueso. Pagaba un servicio para evitar que su modesto césped creciera sin control. Su vecino más cercano estaba a trescientos metros en ambas direcciones, con árboles cubriendo la distancia. Estaba a una hora de la ciudad con buen tráfico, algo que su horario laboral siempre le permitía, y su sedán híbrido le evitaba tener que repostar con demasiada frecuencia. Su próximo coche probablemente sería un eléctrico, pero el actual aún funcionaba, así que no había razón para cambiarlo. Había visto el Lexus sedán aparcado a un lado de la carretera frente a su casa, pero lo ignoró y entró. La alarma no había sonado, y ella era la única que tenía el código. Se quitó el abrigo y lo colgó, se preparó un té y esperó. Normalmente se estaría quitando la ropa de trabajo para ponerse ropa deportiva, pero tenía que pensar en el coche que estaba afuera. Había tomado tres sorbos de café cuando sonó el timbre electrónico. Levantó la cámara y frunció el ceño. —Señor Chambers—, dijo, enunciando cuidadosa y lentamente cada sílaba como si fuera una acusación. —Eh...— —Elocuente como siempre. ¿Vas a decirme por qué estás aquí o debería decirte que te vayas ya?—, preguntó Sam. Vio que el rostro de Eli se ensombrecía. Él no quería estar allí más de lo que ella lo quería, lo cual la irritaba. Cualquier cosa que hiciera o dijera en el futuro cercano sería inconveniente. —Necesito un favor—, dijo Eli. —¿Y cómo estás en posición de pedirme un favor?—, preguntó Sam. —Melinda—, dijo. Sam sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Tuvo que parpadear varias veces para limpiarse las lágrimas. Con un sonido casi gruñido, abrió la puerta a distancia. Eli Chambers parecía un poco perdido al entrar en su casa. Giró la cabeza de golpe, como si temiera que alguien saltara de detrás de una esquina y lo robara. Finalmente llegó a la mesa del comedor, de pie como ella. Vestía un "casual de negocios hollywoodense": pantalones sin cinturón, mocasines y un jersey de cuello alto de manga larga debajo de una chaqueta. Ella sospechaba que el jersey de cuello alto se debía solo al clima; hacía 15 grados Celsius y bajaba con el sol. Probablemente seguiría teniendo frío hasta que volviera a su hotel o motel o (con suerte) tomara un avión de regreso a California. —Espartano—, comentó Eli mientras continuaba mirando alrededor de su casa. —¿Qué quieres, Eli?—, dijo Sam. —Un cliente quiere que lo capacites—, dijo Eli. Sam lo observó mientras él miraba cerca de ella. No a ella. Ciertamente nunca intentó mirarla a los ojos. Ella guardó silencio un rato, solo porque lo hacía retorcerse. —¿Por qué uno de tus actores necesitaría ser supervisor de un proyecto?—, preguntó. Eli frunció el ceño. —Vamos, Sam...— —No tengo ninguna otra habilidad—, dijo Sam. —Por supuesto que sí, simplemente no los usas— —¡Si fuera bueno en algo, no habría una chica en un centro de rehabilitación babeando sobre sus hojuelas de maíz e incapaz de reconocer a su propia madre!—, gritó Sam de repente. Tuvo que apoyarse en la mesa al sentirse repentinamente mareada. Se secó las lágrimas con tanta fuerza que sintió como si se rascara la mejilla. Ahora que ya no lo miraba fijamente, Eli logró mirarla. —No fue tu culpa, Sam. Sabes que no. Y Melinda sí reconoce a su madre. Cenan juntas todos los días.— —¿La reconoce?—, preguntó Sam, —¿O finge porque no quiere molestar a la mujer que la visita?— Eli suspiró. —Sabes que Melinda era un caso especial, Sam...— —Robert. Clive. April. Vanessa. Jamala. Les destruí la vida a todos, Eli. Es lo que hago.— —No los destruiste—, insistió Eli. —Los cambiaste. Claro, los cambios fueron drásticos. Pero no le ordenaste a Vanessa que se divorciara de su esposo. No obligaste a Clive a renunciar. ¡Diablos! April gana ocho veces más que antes como contadora.— —Porque cada vez que siento nostalgia por cómo se ve desnuda, puedo buscarlo en Internet—, dijo con sarcasmo. —Ambos sabemos que se necesita más que un buen cuerpo y la voluntad de mostrarlo frente a la cámara para tener éxito en esa industria—, dijo Eli. —April tiene esa confianza gracias a ti.— —Ahórrame—, espetó Sam—. He tenido gente mejor que tú que me ha dicho la misma mierda. Por eso tengo a todos bloqueados. Creo que hemos terminado aquí.— —Me debes una, Sam—, dijo Eli. —Encontré ese lugar para ti y la invité a entrar.— —Habría encontrado uno—, insistió Sam. —Eras un desastre—, dijo Eli, —Y ambos sabemos que era una moneda al aire si lograbas ponerte las pilas antes de que Melinda resultara herida.— —Bueno, digamos, por si acaso, que te debo un favor. ¿De verdad quieres gastarlo en enseñarle a un surfista de fraternidad a fingir ser un dominante efectivo?—, preguntó Sam. —No. Tengo una dulce niñita que quiere aprender a ser la mejor sumisa del mundo—, dijo Eli. Sam arqueó una ceja. Eli hablaba en serio, pero su tono era más amargo que su té sin azúcar. —¿Y quieres dármela?— —Ella preguntó por ti. De alguna manera, este director francés, Regis Pascal, sabe de ti—, dijo Eli. Sam se devanó los sesos, pero el nombre no le sonaba. —Pasé un tiempo en Francia, en aquel entonces. ¿Es parte de la vida?— —No tengo ni idea, pero obviamente conoce a alguien que sí lo es. Probablemente tenga curiosidad, porque es el tema de su próxima película, la que esta estúpida zorra quiere protagonizar—, espetó Eli. Sam entrecerró los ojos. —No voy a someter a una chica solo para que puedas vivir una fantasía de venganza, Eli—, dijo. El tono de Sam hizo que Eli se estremeciera. —No—, dijo, —yo... no es eso. Me chantajeó. Ya no quiero saber nada de ella. Bueno, quiero terminar con ella, pero no puedo a menos que haga esto.— —¿Me pagan?—, preguntó Sam. Eli levantó las manos. —Lo único que me encargo de esto es la introducción. No sé de números, no sé de plazos, y no creo que quiera saberlos. No quiero saber nada de esto, pero como dije, estoy atascado.— —No me estás convenciendo exactamente de ayudarla—, dijo Sam. —No lo intento. Es una mala idea para ella y su carrera, pero tiene diecinueve años y acaba de superar un intento de tutela de su madre. Tienes razón; destrozas a la gente. Tendrá una carrera mejor si nunca te conoce. Podría tener una vida mejor si lo hace, pero no está lista para eso. Y a pesar de lo que estoy haciendo aquí, no quiero arrastrarte de nuevo a ese estilo de vida; no me corresponde.— Sam se quedó mirando a Eli durante dos minutos sin decir nada. Al final, estaba inquieto como si tuviera una picazón insoportable. —Organiza una reunión en la ciudad. Alquile una sala de conferencias privada en el Champlain.— —¿Vas a reunirte con ella?— preguntó Eli incrédulo. —Como dijiste, estás en apuros y te debo una. Además, he tenido una mala racha, ¿y cuántas veces aparece una estrella de Hollywood suplicándote que la pongas roja de dolor?— No estaba segura de haber convencido a ninguno de los dos. Dakota Dakota no esquiaba ni tenía una obsesión con el jarabe de arce, así que nunca había estado en Vermont. Aterrizaron en Burlington y pudo ver algunos colores de las hojas desde el aire. Ya había pasado la temporada alta de follaje en el noreste, pero aún había suficiente variedad para fotografiarlo, y su i********: ahora mostraba varias selfis de ella sonriendo con hojas multicolores de fondo y un texto que decía "escondida en un bosque encantado". Todavía centraba la mayoría de sus r************* en clichés de fantasía. Por mucho que a veces le molestaran sus fans, en realidad no odiaba a la mayoría de ellos. Eli le había dejado claro su punto: si hacía la película de Pascal, su apoyo incondicional se acabaría. Su madre no había sido una agente terrible, y la serie que había impulsado a Dakota a participar formaba parte de su plan para que pasara tres o cuatro años más explotando papeles en películas para adolescentes y jóvenes adultos. Según ella, el siguiente paso habría sido o bien una transición a la acción fantástica (una vía que comenzarían antes si Disney llamaba, claro) o bien dedicarse a los dramas de época serios. Su madre no estaba tan entusiasmada con esa opción porque muchos dramas de época modernos tenían escenas de sexo intenso. Ese pensamiento hizo sonreír a Dakota. Su posición como estrella de un programa para adolescentes significaba que la desnudez estaba descartada en todo lo que hacía. Tenía una cláusula de "no desnudez" grabada en sus contratos, y su madre la llevó aún más lejos, hasta el punto de formar parte del elenco de una comedia romántica adolescente sobre surf, siendo la única en traje de baño de una pieza. La única vez que se incorporó demasiado accidentalmente mientras tomaba el sol y un paparazzi le sacó una foto con teleobjetivo de un pezón, fue noticia en internet durante dos semanas. Quizás su interés en la progresión medular fuera simple rebeldía adolescente, pero estaba comprometida, al menos mentalmente. Aún necesitaba la ayuda de Sam y aprender de ella. De eso se trataba la reunión. Había intentado obtener la opinión de Eli sobre la reunión, pero él prácticamente la ignoraba, actuando como un acompañante a sueldo o un guardaespaldas con instrucciones estrictas de no interactuar con su cliente. Sintió una punzada de culpa al recibir un paquete dos días antes: una notificación oficial de despido, informándole de que «Chambers Agency ya no representaba sus intereses». Esperaba que su amenaza fuera una rabieta que se le pasara, pero pronto se dio cuenta de que Eli no actuaba así. Ese era el primer indicio de que podría haber cometido un error. No quería perder a Eli. Pero él era la mejor manera de conseguir lo que quería. Claro, de alguna manera su madre se había enterado de que había dejado a Eli y estaba intentando desesperadamente contactarla, diciéndole que podrían trabajar juntas sin que se mezclaran los asuntos familiares. Dakota la había ignorado, pero no se atrevía a bloquearla. Era manipuladora y controladora, pero seguía siendo la madre de Dakota. Consiguieron un coche para ir al Hotel Champlain, y el hecho de reunirse allí la animó. Había oído que muchos dominadores serios eran adinerados; era inevitable si mantenían a otras personas en su casa. Como mínimo, tenían que vivir en una casa con espacio suficiente para esas cosas. Claro, quizá esa también fuera la razón por la que estaban en Vermont, ya que la vivienda era ridículamente barata en comparación con California. Eli la condujo a una de las salas de conferencias disponibles en el segundo piso del hotel. Entró y se quedó paralizada.
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