Un final y un comienzo

3477 Palabras
El 11 de abril de 1998, llegaron al mundo dos chicas, hermanas gemelas, separadas inmediatamente después de su nacimiento.  Isabella, su madre. Era una mujer hermosa, de largo cabello rubio y ojos de un tono azul, muy intenso, que había estado enamorada de Edward Smith desde que tuvo uso de razón. El joven, de ojos también azules, y cabello castaño claro, era el más atractivo y popular del instituto, por lo que, Isabella sintió que vivía dentro de una burbuja, cuando el chico le confesó que ella también le gustaba. Su relación comenzó de forma idílica. Isabella era tan natural, y dulce, que en apenas unas semanas Edward se había enamorado completamente de ella, por lo que aprovechaba cada segundo a su lado, y pasaban la mayoría del tiempo juntos. Cada tarde, después de clases, antes de volver a casa, hacían una pequeña parada en la heladería de Mick&Susy, donde Isabella pedía lo mismo de siempre, una crema batida de avellanas con chispas de chocolate.  Edward solía animarla a probar algo nuevo, pero Isabella siempre respondía que le gustaba su vida tal y como estaba, y no quería cambiar absolutamente nada de ella. A pesar de la idea de la chica, de mantener todo tal y como estaba, los cambios son inevitables, y, después de tres meses de noviazgo, los chicos, de apenas 16 años, llevaron su relación al siguiente nivel. –“¡Me he acostado con Edward Smith!” – repetía Isabella dentro de su cabeza una y otra vez, aun desnuda sobre la cama del chico. Mientras tanto, Edward no paraba de mirarla. El joven provenía de un hogar roto, y sentía que había encontrado en Isabella, no solo una novia, sino, la familia que siempre había anhelado. Después de esa noche, se escapaban cada vez que tenían una oportunidad para repetirlo, y gozaban de sus cuerpos y de su juventud, como si cada vez fuese la última.  En solo cuestión de meses, algo en Isabella comenzó a cambiar. Sentía nauseas la mayor parte del día, se fatigaba constantemente, y su periodo desapareció. Asustada, pero imaginando el motivo de sus síntomas, le pidió a Edward que la acompañara al hospital.  Finalmente, y después de varias horas de incertidumbre, las pruebas revelaron lo que la chica ya se temía. Un embarazo de apenas un par de meses, que, amenazaba con cambiar su vida para siempre. –¡No puedo hacerlo! – exclamó ella entre lágrimas al salir del hospital. –Interrumpir el embarazo sería muy riesgoso. – le dijo Edward. – Por no decir, que ilegal. –Lo sé. – respondió Isabella llorando. – Pero no sé qué hacer. ¡Solo tengo 16 años Edward! Ni siquiera trabajamos, ¡qué demonios!, ni siquiera hemos terminado la secundaria. No puedo ser madre, tu y yo, no podemos ser padres. –Lo siento tanto. – respondió el chico, mientras se sentaba a su lado en la acera. – Haremos lo que quieras.  –No sé qué es lo que quiero. – respondió ella, y luego se puso de pie para caminar rumbo a su casa.  Edward la siguió en silencio para asegurarse de que llegara bien a su destino, y, sin despedirse, regresó a su casa para analizar todo lo que había ocurrido ese día. Isabella quiso contarle a su madre lo que estaba pasando. Pero al llegar, la encontró discutiendo con su padre, y terminó encerrada en su habitación escuchando gritos y golpes.  “No puedo traer a un pequeño inocente a este mundo bajo estas condiciones” – pensaba la chica. – “No sería justo” Eventualmente, después de varias horas, los gritos y los golpes cesaron. El silencio la ayudó a encontrar la paz que necesitaba para dormir, y, despertó con una idea clara y concisa de lo que quería hacer: –¡Tengo que acabar con esto! – exclamó mientras saltaba de la cama para ir en busca de Edward. Ni siquiera se peinó. Estaba tan desesperada por encontrarse con él, que tampoco se despidió de su madre al salir de allí. Aunque, analizándolo bien, nunca se despedía de su madre, así que muy raro no había sido que saliera de su casa sin avisar. Lanzó rocas a la ventana de Edward hasta despertarlo. Al verla, bajó corriendo las escaleras, y, sin dejarla decir una palabra, le dijo: –Lo estuve pensando, y creo que podemos hacerlo. Ambos venimos de familias destrozadas, y creo que ese será nuestro mayor impulso para ser los mejores padres del mundo para el bebe que crece en tu vientre.  Ella solo lo miró, y lloró, mientras él sostuvo sus manos para luego continuar: –Te prometo que no te dejaré sola ni un momento. Y, que, cuando él bebe llegue, seremos la familia más feliz del mundo. –¡Estás loco! – respondió Isabella. –Loco de amor por ti. – le dijo él. – Si quieres llamarme loco por estar completamente seguro de que eres la mujer de mi vida y quiero que iniciemos una familia y que estemos juntos para siempre, entonces hazlo. Hazlo, porque soy un demente.  –¿En realidad crees que esto podría funcionar? – preguntó ella sollozando. –Estoy seguro. – afirmó él. –En un inicio podemos vivir aquí, con mi abuela. Sé que ella nos apoyará. Yo tomaré un trabajo de medio tiempo, y así reuniremos dinero para mudarnos a Redwood antes de que nazca él bebe, y comenzar una nueva vida. –Lo que dices suena tan increíble. – susurró Isabella, mientras trataba de contener su llanto. –Porque lo es. – respondió Edward. – Nada en este mundo es más increíble que la oportunidad de iniciar una familia juntas, Isabella. Confía en mí. –No puedo negar que vine aquí con otras intenciones. – respondió ella. – Más allá de la idea de ser madre siendo tan joven, lo que más me aterra es traer un niño al mundo para que se sienta solo, o para que crezca en un hogar destruido, como tú y como yo. Pero, confío en ti. – continuó Isabella después de una pequeña pausa. – Confío en ti, más que en mí misma. Y, quizás estoy tan loca como tú, pero creo que si podremos lograrlo.  Al escuchar esto, Edward se abalanzó sobre Isabella y comenzó a besarla. Ella, se dejó querer por unos instantes, y luego le dijo: –Ahora volveré a casa, debo contárselo a mi madre. –Yo iré contigo. – dijo Edward inmediatamente.  Ella asintió, y lo esperó en el salón mientras se cambiaba de ropa por algo más presentable. Isabella se sorprendió por el silencio que había al llegar a su casa. Usualmente a esa hora su madre realizaba los quehaceres domésticos con la ayuda de una que otra copa de vino y música a todo volumen.  –Seguro aún no se recupera de la pelea de ayer. – le dijo a Edward. – Quizás ni siquiera se ha despertado, revisaré en su cuarto. Pero, al entrar al cuarto de su madre Isabella encontró la escena más dolorosa y devastadora que había presenciado en su vida.  Al escuchar el grito que dejó escapar la chica, Edward corrió hacia ella, solo para descubrir la escena de un crimen brutal. La madre de la chica yacía sin vida en el suelo en medio de un charco de sangre, con un cuchillo clavado en el pecho, y varias heridas de puñaladas en el abdomen. Rápidamente, Edward trató de sacar a Isabella de allí, pero ella se resistió gritando que la dejara. Sin saber qué hacer, el chico corrió a la sala, y levantó el teléfono para advertir a la policía. Luego, volvió con Isabella, y la abrazó durante todo el tiempo que pudo, mientras ella, sin hablar, miraba al cuerpo sin vida de su madre. Después de que el equipo de criminalística terminara su trabajo, un detective se acercó a Isabella para tomar su declaración. –¡Fue mi padre! – exclamó Isabella antes de que el detective siquiera le preguntara.  –¿Estás segura? – preguntó él. –Los escuché discutir toda la noche. – respondió ella. – Siempre lo hacían, así que no le di importancia. Ni siquiera me despedí esta mañana de ella, quizás, quizás lo hubiese podido detener.  Inmediatamente después de decir esto, la chica se echó a llorar desconsoladamente. –La hora de la muerte data aproximadamente entre las 11 de la noche y la 1 de la madrugada. – le comentó el detective. – No hay nada que puedas haber hecho para salvarla. Al escuchar esto, Isabella sintió un mareo, y algo caliente entre sus piernas. Al revisar, notó que era sangre, y le pidió ayuda a Edward, quien, rápidamente la subió a uno de los carros de policía y la condujeron hacia el hospital. –No puedo perder al bebe. – le dijo ella, casi que en tono de súplica.  –No lo harás. – respondió Edward mientras apretaba la mano de la chica, y se esforzaba al máximo por mantener la compostura, y aguantar sus lágrimas. –Estoy sola. – continuó ella. – Mi madre se ha ido, y me ha dejado sola.  –No estás sola. – afirmó él. – Me tienes a mí, y jamás te abandonaré.  Al escuchar estas palabras, Isabella cerró los ojos, y se desmayó. Cuando despertó se encontraba en el hospital. Estaba entubada, y tenía un suero en su muñeca. Asustada intentó moverse, pero, en cuanto Edward lo notó, se acercó a ella, y trató de calmarla. –No te preocupes. – le dijo el chico. – Todo está bien. –¿Y él bebé? – preguntó ella. –Todo está bien con el bebé. – respondió él.  Ella respiró calmada, y, justo en ese momento, entró a la habitación el doctor Cyrus. –¿Algo anda mal doctor? – preguntó el chico. –Relájense. – respondió el doctor, y continuó dirigiéndose a Isabella. – Solo pasé a ver cómo estabas. Tu bebé está bien, pero debido a la amenaza de aborto que acabas de tener, te recomiendo mantener el mayor reposo posible, hasta el día que lo sostengas en tus brazos. –Asi será doctor. – dijo Edward y luego besó la mano de la chica. –Mañana serás dada de alta, puesto que aun debo mantenerte bajo revisión, pero no te preocupes, que todo saldrá bien. – dijo el doctor justo antes de abandonar la habitación.  –¿Cuánto tiempo estuve dormida? – preguntó la chica en cuanto el doctor se fue. –Un par de horas. – respondió Edward.  –Sabes, ¿sabes si ya lo atraparon? – preguntó Isabella, con un nudo en la garganta. –Unos minutos antes de que despertaras recibí un aviso. – le dijo el chico. – Encontraron a tu padre, borracho y cubierto de sangre, a solo unas cuadras de tu casa. –Eso es bueno. – dijo ella, conteniendo su llanto. – Es bueno saber que no podrá herir a nadie más.  –¿Te encuentras bien? – preguntó Edward al notar que la chica intentaba controlar sus sentimientos. –Supongo que no. – respondió ella. – Siento un dolor inmenso por la muerte de mi madre, pero el miedo a perder esta criatura que llevo dentro es mucho más fuerte, y, no quiero pensar o sentir nada que pueda poner su vida en peligro. –Está bien. – le dijo Edward, y se acercó más a ella.  Isabella cerró los ojos, y, mientras acariciaba su vientre con su mano derecha, y con la otra sostenía la mano de Edward, trató de dormir. Esa noche se prometió a si misma que despertaría como una nueva persona, una persona sin pasado, y sin dolor. Y, de ese modo, se mudoó con Edward a la casa de su abuela, sin volver a poner un pie en su antiguo hogar. Los chicos vivieron junto a la abuela de Edward alrededor de 4 meses. La vieja señora Smith, era agradable y considerada, y rápidamente amó y cuidó a Isabella como si de su propia nieta se tratase. Una vez Edward hubo reunido el dinero necesario para mudarse a Redwood, y tras conseguir una oferta de trabajo en un taller de automóviles a tiempo completo allí, le comentó sus planes a su abuela. La señora Smith, no estuvo de acuerdo en un inicio, pues había perdido a su hijo y a su nuera, y no quería perderlos a ellos también. Finalmente, y después de una larga negociación, decidieron que ellos se mudarían primero, y que ella pondría su casa en venta, para, con ese dinero, y el que reuniera Edward con su trabajo, comprar una casa en la ciudad, donde vivirían los cuatro, una vez naciera el bebé. Los jóvenes se mudaron a un pequeño departamento en el medio de la ciudad. El alquiler era barato, debido a que era propiedad del dueño del taller para el que trabajaba Edward, y todo parecía ir de viento en popa.  Isabella, nunca había sido tan feliz. Debido a su reposo, no podía salir a caminar, ni siquiera había podido conocer la ciudad, pero eso no le quitaba la enorme alegría que sentía. Amaba cada detalle de ese pequeño apartamento, lo amaba porque olía a nueva vida, y a amor. Cada noche recibía a Edward con un beso al llegar del trabajo y luego de cenar, se acurrucaban juntos mientras imaginaban a su futuro hijo.  Los horarios de Edward eran un poco descabellados. Trabajaba desde 12 hasta 16 horas al día, para poder guardar tanto dinero como fuese posible. Por este motivo, no pudo llegar a tiempo cuando Isabella se puso de parto.  No tenían teléfono fijo en su apartamento, por lo que la chica no pudo llamar a nadie. Tampoco tenía dinero y desconocía la ciudad, por lo que no se atrevió a salir por sí misma. Cuando Edward llegó a casa, la encontró tirada en el suelo, con las aguas rotas. Inmediatamente la levantó y corrió con ella en brazos hasta el hospital. La chica fue hospitalizada y llevada a un salón de partos en instantes, y, una hora después, el médico a cargo del parto, salió con noticias: –¿Usted es el padre? – preguntó el médico. –Sí, soy yo. – exclamó el chico. –¿Cómo esta ella?  –Debo informarle, que sus hijas están bien. – respondió el médico. –¿Hijas? – repitió Edward y cayó sentado en el banco el pasillo, donde recientemente había pasado la hora más angustiosa de su vida. –Así es. – afirmó el médico. – El parto fue muy difícil, debido a ciertas complicaciones, una de ellas, todo el tiempo que pasó en labor de parto sin supervisión médica, y también el desconocimiento sobre un segundo bebe. –No lo sabíamos. – respondió el chico. – Pero, y ella, Isabella ¿Cómo está?  –la joven Isabella se encuentra muy débil en estos momentos. – explicó el médico. – Ha perdido mucha sangre, pero, aun así, pidió verlo. Tras decir esto, el médico le pidió que lo siguiera, hasta la habitación donde se encontraba Isabella. Al verla, Edward corrió con prisas hacia ella, y la besó en la frente. –Lo hiciste. – le dijo al oído. – Trajiste al mundo a nuestras hijas. –Creí que había sido feliz todo este tiempo. – le dijo ella, en tono bajo. – Pero no fue hasta que las escuché llorar a las dos, que supe lo que era la verdadera felicidad. –Este es solo el comienzo. – le dijo él. – Tendremos todo lo que te prometí.   –Sé que así será. – dijo Isabella, mientras una lágrima caía por su mejilla. – Sé que serás el mejor padre del mundo.  –Y tú la mejor madre. – respondió Edward mientras besaba sus manos. –Yo no tengo muchas fuerzas. – dijo ella. – Pero agradezco haber vivido lo suficiente para verlas llegar a este mundo, y para encargártelas a ti, como su padre, y su guardián. –¡Deja de hablar como si te estuvieses despidiendo! – le dijo Edward echándose a llorar. –Solo quiero que sepas que te amo, y te amé más que a mi vida Edward Smith. – dijo Isabella justo antes de darle la caricia final. –Yo también te amo. – respondió él, pero la chica, no alcanzó a oírlo, esta vez sus ojos se habían cerrado para siempre. Edward lloró y gritó tanto, que los médicos y enfermeros tuvieron que sedarlo para sacarlo de allí. Pero, cada vez que el efecto de las drogas abandonada su cuerpo, se repetía la misma escena.   Tan grande era su dolor, que tres días después de la muerte de la chica, aun no se había decidido a conocer a las niñas. Todos los trabajadores del hospital lo miraban con lastima, ya que conocían su historia. Lo veían como un pobre niño con el corazón roto, y ninguno se atrevía a intentar consolarlo. Finalmente, una enfermera, que había asistido el parto de Isabella, se sentó a su lado y le dijo: –Debes ser fuerte en este momento, y crecerte ante tu sufrimiento. El chico solo la miró, y no respondió. –¡Tus hijas, te necesitan! – exclamó la enfermera.  –Y yo necesito a Isabella! – gritó el, después de varios días en silencio. – Sin ella, no puedo ser el padre que mis hijas necesitan.  –No seas cobarde. – le dijo la enfermera. – Obedece la última voluntad de tu mujer, y cuida de ellas. Al escucharla decir esto, se echó a llorar. Quería ser fuerte para elegir a sus hijas, y salir de allí con ellas, pero no lo era. Recordó todo lo que había hablado con Isabella sobre las familias rotas, y pensó que quedarse con ellas, no sería lo mejor para las niñas. –Ni siquiera pude cumplirle en vida todo lo que le prometí. — dijo Edward llevándose las manos a la cabeza. — La dejé sola cuando más me necesitó, y sé, que cómo le fallé a ella, también les fallaré a las niñas. ¡No puedo cuidarlas! — exclamó después de varios segundos en silencio. —Debo darlas en adopción.   –¿Estás seguro de que es lo que es lo que realmente quieres? — preguntó la enfermera. –¡Mírame! – exclamó él. – No soy más que un joven que no estudió y trabaja 16 horas al día para llevar pan a la pesa. Soy un inútil que acaba de perder a la persona que más amaba en el mundo, y ni siquiera sé si podré cuidar de mí mismo, ¿cómo crees que podría cuidar de ellas? –Eres un cobarde, eso es lo que eres. – afirmó ella. – Si no te ocuparás de ellas, sal de este hospital de una vez, y no regreses. Yo me encargaré de buscarles un hogar. Edward salió del hospital con el corazón destruido. Había perdido todo lo que amaba en solo unos días, y, no tenía idea de cómo retomaría su vida. Finalmente, como todos los cobardes que pierden lo que aman, se refugió en el alcohol, para olvidar sus males. La enfermera, tal y como lo había prometido les encontró hogar a las niñas en el orfanato de la ciudad. Después de dos semanas, una de ellas fue adoptada por una familia muy adinera de la zona, y la otra continuó bajo la custodia de las hermanas que dirigían el lugar. Un mes después de la muerte de Isabella, y sin saber nada sobre ella o su nieto, la señora Smith decidió viajar a la ciudad en busca de noticas. Al llegar se encontró a Edward completamente ebrio y destruido, y, una vez el chico recuperó la conciencia, lo suficiente como para contarle todo lo que había ocurrido, la señora Smith corrió al hospital en busca de información sobre las bisnietas. La enfermera le dio el nombre del orfanato al que las había enviado, pero, al llegar, descubrió que una de ellas había sido adoptada. Por más que les rogó a las hermanas que le revelaran el nombre de los nuevos padres de la niña, estas se negaron, explicándole que solo podrían divulgar esa información una vez cumpliese los 18 años de edad. La señora Smith, finalmente regresó a casa con solo una de las niñas, a la cual llamó Lina, y cuidó como si fuese suya. Mientras tanto, Edward se quedó a vivir en Redwood, y se enfocó completamente en su trabajo, una vez hubo resuelto su problema con el alcohol. Trabajó tanto que logró reunir suficiente dinero para poner su propio taller, y, desde lejos, se ocupó de todos los gastos de su hija, pero nunca la visitó, ya que al mirarla veía a Isabella, y, eso era demasiado doloroso para él.
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