—¿Esto es no llamar la atención?— pregunté llena de ironía y de sangre de camarera. Como respuesta el francés puso los ojos en blanco. Todos nos giramos hacia la barra del bar al oír un ruido metálico, el otro camarero había dejado de limpiar copas para sacar una escopeta y apuntarnos con ella. —Son balas de plata bañadas en cianuro y cicuta.—advirtió con el dedo en el gatillo. —Remus, nosotros no tenemos nada que ver.— me aterraba la idea de que en un fallo de puntería pudiésemos salir heridos. —Ya lo sé, Reika.— me resultaba increíble tener que haber pasado toda mi vida repitiendo mi nombre una y otra vez por que la gente no lo recordaba, y ahora todo el mundo parecía hacerlo.— Tú, Duke, Max y Ayax; venid hacia aquí. Nos miramos entre nosotros, sabíamos que podía ser perfectamente

