El inicio del infierno

594 Palabras
Aurora Soy la mujer más feliz del mundo. Rodrigo, mi novio, acaba de pedirme matrimonio. Llevamos tres años juntos y, aunque apenas cumplí dieciocho, no dudé en decir que sí. No hay nada que desee más que convertirme en su esposa. Esta noche, me encuentro en un bar con mi mejor amiga, Violetta. Fue ella quien nos presentó en una fiesta, hace años, sin imaginar que terminaríamos enamorados. Sus familias son socias, y la conexión entre ellos es fuerte. Rodrigo Montesinos es el amor de mi vida, y lo mejor de todo es que, desde el principio, nunca le importó que yo fuera de una familia humilde. —No puedo creer que me voy a casar —digo con una sonrisa radiante mientras revuelvo mi bebida con la pajilla—. Es como un sueño, Violetta. Ella me observa con una mezcla de ternura y diversión antes de dar un sorbo a su cóctel. —Aurora, no es que quiera arruinar tu momento, pero... ¿no crees que es muy pronto? Apenas tienes dieciocho. Ruedo los ojos y suelto una risita. —Lo dices como si no conocieras a Rodrigo. Él es perfecto. Me ama, me respeta... No hay razón para esperar. Violetta suspira y apoya el codo en la mesa, mirándome con seriedad. —No dudo que te ame, pero el matrimonio es algo enorme. Es para toda la vida, Aurora. —Lo sé, pero lo amo… —dije con firmeza, sintiendo mi corazón latir con emoción. El mesero no tardó en llegar y nos entregó otra copa. —No quiero beber mucho… —murmuré, moviendo el vaso con indecisión. Violetta sonrió con picardía y levantó su copa en un brindis. —Amiga, yo invito. No todos los días se casa mi mejor amiga… —hizo una pausa y fingió un puchero—. Aunque me lo quitaste. —Viole, lo siento… —dije con una mueca de disculpa. Ella soltó una carcajada y negó con la cabeza. —Es broma. Rodrigo se enamoró de ti en cuanto los presenté. Solté una risa y brindamos de nuevo. La noche transcurrió entre risas y recuerdos, pero después de un rato, Violetta se levantó para ir al baño, dejándome sola en la mesa. Me quedé allí, jugando con el borde de mi copa, hasta que sentí que el lugar daba vueltas. Intenté incorporarme, pero un mareo repentino me hizo tambalearme. —¿Está bien, señorita? —preguntó el mesero con preocupación. —¿Puede llamar a mi amiga? No me siento bien… —logré decir con dificultad. El mesero frunció el ceño. —Lo siento, su amiga se marchó. Dijo que tuvo una emergencia y dejó pagada su cuenta. Me quedé en shock. ¿Violetta se había ido sin decirme nada? —Muchas gracias… —murmuré, tratando de ponerme de pie. Mis piernas se sentían pesadas, y mi visión estaba borrosa. Yo había bebido antes, pero jamás me había sentido así. Salí del bar tambaleándome, el aire fresco golpeó mi rostro y traté de despejar mi mente. Saqué mi celular para llamar un taxi, pero antes de siquiera marcar, sentí que alguien me sujetaba por la espalda. El pánico me invadió. Ese aroma… Intenté girarme, pero el hombre me empujó con fuerza, haciendo que cayera al suelo. Todo a mi alrededor era un torbellino borroso. Intenté gritar, pero mis labios no respondían. De repente, me alzó en brazos con facilidad y me metió en un auto. El golpe de mi cuerpo contra el asiento trasero fue lo último que sentí antes de desmayarme por completo.
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