—Me abrazó con más fuerza y suspiró contra mi pecho empapado de lágrimas.— —Lainey, jamás podría engañarte. Simplemente no puedo. No estoy hecho para eso.— —Lo sé. Estoy segura de que ahora lo sé. ¿Puedes perdonarme por no haber confiado en ti?— Respiré hondo y la aparté de mí. —Solo si aceptas casarte conmigo.— Al arrodillarme, saqué la caja del anillo de mi bolsillo. Ella se quedó paralizada. —¿Lainey? ¿Te casarías conmigo?— Tras varios segundos, seguía sin pasar nada. Justo cuando bajaba la cabeza, resignado a que no aceptara mi propuesta, me levantó la barbilla y me tendió la mano izquierda. —Sí—, dijo ella. —¡Sí, sí, sí! —gritó mientras yo deslizaba el anillo en su dedo. Sonó como una manada de elefantes subiendo corriendo las escaleras y luego su puerta se abrió de golpe.

