—Porque tú no tienes una vida formal, Oliver. Nunca te he conocido una novia al menos.
—Porque a mí no me gusta compartir mi vida privada, padre. Tú criticas todo y estoy seguro de que si te presento a alguien también la vas a criticar —él arruga su entrecejo, haciendo sus marcas de edad aún más visibles.
—¿Es en serio? Yo no quiero que te pierdas con mujeres promiscuas por ahí, Oliver —me mira fijamente a los ojos—. Tu hermano es más precavido, es tan obstinado como tú en su trabajo y es un excelente esposo. Tú solo andas por ahí acostándote con mujeres diferentes cada noche —sonrío, pero no una sonrisa de felicidad o de triunfo, sino una sonrisa de frustración. En serio mi padre me saca de quicio.
—Tú no sabes nada de mi vida. Ahora, si me disculpas, tengo trabajo que hacer —me levanto al decir estas palabras, ni siquiera me importa no terminar todo mi desayuno.
—Sé lo suficiente, Oliver, como para quitarte la presidencia por no tener una vida formal —esta vez levanta un poco su tono de voz y me mira.
—¿Qué? Tú no harías eso —lo miro a los ojos, esos ojos fríos y demandantes que siempre ha mostrado conmigo.
—Sí lo haría y se la daré a Henry, él es tan bueno como tú, Oliver. Y piensa mejor en muchos aspectos —mi padre también se levanta de su silla—, yo no voy a estar poniendo en peligro el prestigio de la revista que tanto me ha costado.
—¿En serio? Si supieras tanto de mí como dices, deberías saber que me casé hace un mes —la peor mentira que haya dicho en mi vida, mi padre me ve con cierta expresión de asombro y al mismo tiempo de incredulidad.
—¿Qué has dicho? —pregunta.
—Que me casé hace un mes, pero es algo que tú no sabes por pasar todo el tiempo criticando mi vida —me encamino de regreso hacia la limusina dejándole un enorme billete al camarero que lo mira con asombro. Mi padre sigue mis pasos, esperaba regresar solo a la empresa, pero no, él quiere llegar al fondo de esto, no voy a negar que me arrepiento de haber dicho esto porque yo no tengo una esposa. Ni quiero tenerla.
—Oliver, ¡detente! —demanda tras de mí—. ¿Qué es eso que has dicho? ¿En serio piensas que voy a creérmelo? Si nadie lo sabe es por algo —sube a la limusina justo después de mí.
—David lo sabe, porque es el único en quien pudiese confiar algo —esta es una mentira muy grande, pero estoy tan molesto como para pensarla bien.
Es un silencio incómodo entre ambos al no contestar ninguna de sus preguntas hasta que llegamos a la empresa. Subo al ascensor sin importar si él va conmigo o no, pero como es de esperarse me sigue hasta la oficina y le hace una seña a David, quien está de pie a un costado revisando unos papeles. David entra a la oficina justo después de él.
—David, ¿cómo es eso que Oliver se ha casado y yo no sé nada de eso? —espeta, con cierto enojo en su voz, mientras mira a David a los ojos y yo me recuesto en mi silla giratoria deseando no haber nacido.
David me observa con cierta incertidumbre, pero lo entiende rápidamente con solo una mirada.
—Ah, se... Señor Anderson —balbucea—. Oliver me dijo que no le comentara a nadie porque es su vida privada.
¡Buena!
Ahora me mira a mí.
—¿Quién es ella, Oliver?
—Papá, baja la voz que no quiero que todos se den cuenta —me levanto de mi silla acomodando mi saco y me acerco al archivero a sacar unos papeles con toda la tranquilidad posible mientras David sigue con su mirada confusa en el otro extremo.
—¿Que baje mi voz? Luego de que me dices que te casaste y yo no sé nada.
Solo me encojo de hombros leyendo unos papeles y vuelvo a incorporarme en mi silla giratoria.
—Hasta tuve que dejar guardado mi anillo de matrimonio porque iba a salir contigo —él me mira, con esos pequeños ojos enfurecidos.
—Bien, quiero conocerla.
—No se podrá, está fuera de la ciudad. Luego iremos a visitar a sus padres y luego tengo una reunión con unos socios en Rusia —digo todo esto con tanta naturalidad que hasta yo me lo creo.
Él me mira, al igual que David, que intenta mostrarse indiferente. Pero sé que quiere salir corriendo. Mi padre sale de la oficina enfurecido. David se cerciora de que él ya esté bastante lejos y se acerca a mí.
—Oliver, ¿qué rayos has hecho? —David me mira a los ojos y se cruza de brazos—. Maldición… ¿De dónde diablos sacarás una esposa?
—De ningún lado, David. Dejarán de insistir cuando les diga todo tipo de excusas —dejo los papeles sobre el escritorio, de hecho, tiro unos papeles sobre el escritorio.
—En serio que yo conozco más a tus padres que tú mismo. Bueno, no me metas en esto, Oliver.
—David, dice que me quitará la presidencia y se la dará a Henry. Y si Henry entra aquí como presidente lo primero que hará es echarte, y lo sabes —lo miro a los ojos, recostado sobre mi silla mientras firmo unos papeles.
David me mira pensativo. No dice nada, sabe que es verdad, él no tiene un buen roce con Henry.
Una vez que sale de mi oficina no puedo dejar de pensar en lo dicho por mi padre. ¿Cómo se atreve siquiera a mencionarme que me quitará la presidencia cuando estos años he sido yo quien la ha hecho crecer? Miles de cosas que hacer y yo por culpa de él no puedo concentrarme. Y así paso el resto de mi día. Ni siquiera pongo atención a lo que están diciendo en la reunión, por suerte tengo a David y estos son los casos que agradezco tener una secretaria porque luego me recordará de qué se habló.
Vuelvo a mi oficina pensativo. ¿Por qué mi padre es así conmigo? ¿Qué le he hecho? Es normal que quiera divertirme, solo tengo veinticinco años. Mi hermano no es feliz, no me imagino yo casado y siendo infeliz. Un golpe en la puerta me hace salir de mis pensamientos, «adelante» demando.
Alex asoma su bello rostro por la puerta con su precioso cabello rubio recogido hacia un lado.
—Señor Anderson, llamó el señor Christopher Depreé para una reunión de hoy y…
No quiero saber nada de reuniones.
—Cancela la reunión —interrumpo rápidamente, asiente con su cabeza y cierra la puerta de su oficina.
Suspendo todo trabajo que tenga por hacer y me quedo como estúpido observando la ciudad por aquel vidrio durante varias horas, quisiera desaparecer de aquí, la verdad no puedo hacer nada mientras mi mente está en otra cosa, lo primero que se me ocurre es irme temprano a un bar.
Comienzo a tomar, trago tras trago, yo solo, sin David y sin nadie, la verdad quiero solo tiempo para mí y pensar en mi amarga vida. Luego de varios tragos me siento mareado, ¡diablos! Mañana me arrepentiré de esto, es como si no pudiera parar, más y más tragos, ya miro nublado, apenas sosteniéndome salgo de aquel bar, busco mi auto, pero me es imposible localizarlo por mi estado; comienzo a buscar la llave para hacerlo sonar y dirigirme hacia él, me quiero sentar, miro una reconfortante banca blanca frente al parqueo y no dudo en ir hasta ella, justo al acomodarme, una voz bastante familiar me interrumpe.
—Hola, señor Anderson, ¿se encuentra bien? —levanto la mirada inmediatamente, y un par de ojos verdes se clavan en los míos.
—Señorita Carlin. ¿Qué hace aquí? —ella me mira con cara de incredulidad. Qué vergüenza que mire a su jefe en este estado.
—Salí con unos amigos, si quiere le ayudo a llamar un taxi —la luz de la iluminaria contra su cabello dorado la hacía parecer un ángel. ¿Por qué diablos Alex me parece tan linda? ¿Pero qué estoy pensando? Tomé demasiado.
—No, gracias, estoy bien, solo vete —quito mi mirada de la suya antes de que me descontrole y la poso en un auto frente a mí.
—¿Sucede algo? ¿Hay algo malo con la empresa? —pregunta, con sus ojos cubiertos de intriga.
—No hay nada malo con la empresa, lo malo es con mi padre —ni siquiera sé por qué le estoy contando esto—; él siempre está esperando de mí algo que no pueda ser, y ahora por eso puedo perder la presidencia, algo que a mí me ha costado. ¿Alguna vez te han arrebatado algo que te haya costado a ti? —levanto la mirada de nuevo y la clavo en sus ojos, esperando una respuesta reconfortante.
—Bueno —menciona, sentándose a mi lado—, muchas veces y creo que así son todos los padres, esperan de nosotros algo que no somos.
—Es que esto es diferente —levanto la voz, ni siquiera sé por qué levanto la voz, ella mira alrededor como esperando que nadie escuche—, quiere que todo sea a como él dice, he hecho lo mejor para esta empresa y él solo juzga mi forma de ser —continúo mi vómito verbal—; siempre está diciéndome que mi hermano piensa mejor que yo y que le dará la presidencia a él. Él ni siquiera sabe qué es luchar por algo… Dime… ¿Qué tiene que ver sentar cabeza con dirigir una empresa?
Ella me mira, con esa bella mirada verduzca solo digna de ella, aunque en estos momentos no se logren ver a la perfección con la luz de la luminaria.
—Bueno, muchos creen que sentar cabeza es para personas responsables —contesta eso con algo de temor en su voz, puedo notarlo.
Yo soy una persona responsable, muy responsable, y no tengo necesidad de casarme para serlo, iba a contestarle, pero en ese momento hasta lo que comí ayer sale por mi boca, luego todo se vuelve oscuro.