Capítulo 9. 38 grados.

838 Palabras
Elías se quedó inmóvil, observando cómo bajaban las escaleras. El contacto de sus manos le provocó una punzada aguda en el estómago, un ardor que reconoció con horror: eran celos. Celos irracionales por una chica que apenas conocía, celos que intentó reprimir apretando la mandíbula hasta que le dolió. Es solo una chica, se recordó a sí mismo, intentando recuperar su indiferencia. Caminó hacia su propia puerta, pero antes de entrar a su departamento, escuchó risas de otras mujeres. Elías soltó un suspiro largo, dejando que parte de la tensión abandonara sus hombros. Al menos no estaba sola con ese tipo. Eran sus amigas. La reunión no era solo de dos. Entró en su apartamento y cerró la puerta, pero el silencio de su sala, ese que tanto había defendido, ahora se sentía incómodo. Fue a su cama y se quedó ahí. Al otro lado, el ruido había bajado, tal como él pidió, pero ahora el silencio le resultaba más ruidoso que la música. Se sentó en el sofá y se frotó la cara. Emma estaba ahí fuera, celebrando su vida con extraños, mientras él seguía custodiando un mausoleo gris. Por primera vez, el oficial Thorne se dio cuenta de que ser un ermitaño no lo protegía del dolor; solo lo dejaba solo cuando el dolor decidía visitarlo. Era un castigo que él mismo se había impuesto. Esa tarde al salir para su trabajo, la puerta de Emma estaba cerrada y el silencio era absoluto, recordó su mirada, y se sintió un idiota, se suponía que iba a felicitarla, en lugar de eso, solo se comportó como un cretino. En el trabajo todo fue normal, detención de vehículos, llamadas de emergencia, nada fuera de lo “cotidiano”. Cuando Elías salió del ascensor a las seis y media de la mañana, lo último que esperaba era verla allí. Emma estaba apoyada contra el marco de su puerta, con un par de tazas humeantes y una bolsa de papel que desprendía un olor celestial a pan recién horneado. Llevaba una camiseta extra grande y el cabello recogido en una trenza deshecha. Se veía extrañamente hermosa. —El pronóstico dice que hoy llegaremos a los 38 grados —soltó ella a modo de saludo, como si la tarde anterior no hubiera existido —. Mi aire acondicionado ha decidido que su carrera como refrigerador ha terminado. Hace tanto calor en mi sala que creo que mis plantas están planeando una rebelión, ¿Soy solo yo?. Elías soltó un suspiro cansado, buscando sus llaves. —Emma, es temprano. No tengo energía para el boletín meteorológico. Intentó ignorarla, centrando su vista en la cerradura, pero ella dio un paso hacia él, invadiendo ese espacio personal que Elías custodiaba como una escena del crimen. —Lo sé, lo sé. Debes estar cansado —dijo ella con una ligereza que a Elías le resultó exasperante y, extrañamente, reconfortante—. Pero como mi apartamento es básicamente un horno ahora mismo, pensé que podíamos desayunar en el tuyo. El tuyo siempre está… bueno, frío. Elías la miró de reojo. No mencionó al chico del cigarrillo ni lo idiota que fue. No mencionó los celos que le habían amargado la noche. Simplemente abrió la puerta y se hizo a un lado. Fue un gesto mecánico, una rendición ante la persistencia de esa chica que parecía no tener un botón de “apagado”. —Pasa— ordenó él, haciendo que Emma sonriera ampliamente. —¿Y entonces?, ¿Qué tal te fue en el trabajo?, debe ser emocionante ser policía y todo eso. Elías se quitó la placa y guardó el arma en un cajón, se quitó el cinturón y lo colgó con cuidado. —Me fue bien. Emma torció la boca ante su respuesta carente de emoción. No le hizo tanto caso y fue a la mesa, limpió todo y puso las tazas de café. Se sentó y lo miró sentarse. —Se me olvidó felicitarte por tu cumpleaños, felicidades— dijo Elías. Emma se sintió satisfecha. —Gracias. —¿Te la pasaste bien?. —Si, mis amigos son muy divertidos, antes vivía en un departamento cerca del centro, pero era demasiado costoso, ahí conocí a Javier, y a Tini, y mi agente, Valeria, nos conocemos de hace tiempo, ¿Y tú?, ¿Tienes muchos amigos?, debes de salir mucho ¿No?. Elías recordó que antes de Sara tenía muchos amigos, era un tipo que salía de fiesta, que conocía gente fácilmente, después de Sara, no quedó nada. —No. Emma miró a su alrededor. —Hum, bueno, pues entonces, seré tu amiga, de nada. —Que afortunado soy— dijo él con sarcasmo. —Desayuna, tu café se pondrá frío. Desayunaron en un silencio roto solo por las anécdotas de Emma sobre los clientes de su agencia de diseño. Ella hablaba y él comía, observando cómo la luz del sol empezaba a castigar las persianas. Al terminar, ella recogió todo, le dedicó una sonrisa rápida y se fue para dejarlo dormir.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR