El turno fue eterno. Elías patrullaba las calles, pero su mente no estaba en los reportes de radio ni en los límites de velocidad. Se imaginaba a Emma en un restaurante iluminado, riendo ante las bromas de algún tipo con un traje barato y una sonrisa perfecta. Se preguntaba si ese tipo sería capaz de ver que detrás de su alegría había una chica que no podía dormir por las noches. Se preguntaba si la tocaría, si le gustaría el humor de ella, o si la vería extraño, no, seguro que iba amarla, ¿Qué tipo de hombre le gustaba a Emma?.
—Concéntrate, Thorne —se regañó a sí mismo mientras pasaba frente a una tienda de conveniencia—. No es tu problema. Solo es una chica.
Pero el alivio no llegaba.
A las siete de la mañana siguiente, Elías subió al tercer piso esperando, por primera vez, que ella no estuviera allí para no tener que escuchar lo bien que se lo había pasado. Pero Emma lo esperaba, sentada en el suelo con una lonchera entre sus brazos.
Se veía un poco cansada, pero al verlo, su expresión se suavizó. Elías no pudo evitarlo; la observó más de la cuenta, fijándose en si traía alguna marca, algún brillo diferente en los ojos o si todavía olía al perfume de la noche anterior.
—¿Sigues sin poder dormir?—Preguntó con aquel tono serio.
—Buenos días— dijo ella poniéndose de pie. —Si dormí, es solo que me desperté temprano, te hice el desayuno, deberías de pensar en contratarme como tu chef personal.
—Pasa —dijo él, abriendo la puerta y haciéndose a un lado sin esperar a que ella lo pidiera.
Ella entró con una emoción inigualable, siempre estaba llena de vida.
—¿Así que tus intenciones son esas?, ¿Esperas que yo te contrate?—Preguntó él mirándola de reojo.
—No, la verdad es que no me gusta desayunar sola, he pensado en adoptar un gato, y además, me preocupas, digo, solo mírate, eres enorme, los hombres como tú comen mucho, te estoy salvando la vida.
Se sentaron en la cocina. Elías se quitó la placa y la dejó sobre la mesa, mirándola fijamente mientras ella servía el café.
—Un gato—repitió él.
—Si, ¿No te gustan?.
—No.
—Que raro eres.
—Y bien… —empezó él, intentando sonar indiferente—. ¿Cómo fue el rescate de tu amiga? ¿Tu cita ya está planeando la boda o lograste asustarlo en el primer plato?.
Emma soltó un suspiro dramático y se hundió en su asiento, dejando caer los hombros.
—Fue un desastre absoluto. Un desastre de proporciones épicas.
Elías sintió que un peso de cemento se levantaba de sus pulmones. Una tranquilidad cálida lo invadió, aunque se esforzó por mantener el rostro serio.
—¿Tan malo fue? —preguntó, dándole un sorbo a su café para ocultar su media sonrisa.
—Peor. El tipo no paró de hablar de su colección de monedas antiguas y de cómo el mundo se va a acabar por culpa de los satélites. Ni siquiera me preguntó a qué me dedicaba. Y para colmo, intentó dividir la cuenta hasta el último centavo del IVA, pero lo peor, es que me cambiaba el nombre, sentí ganas de ponerme un gafete—Emma rodó los ojos y soltó una risita cansada—. Estuve a punto de saltar por la ventana del baño, además vive con su madre, a los treinta y cinco, ¿Puedes creerlo?.
Elías soltó una carcajada auténtica, una que le salió desde lo más profundo del pecho.
—El mundo real no es como tus portadas de libros, en la vida real, hay hombres de cuarenta viviendo con sus madres.
—Lo sé, lo sé —dijo ella, mirándolo con una intensidad que lo hizo callar— No habrá una segunda cita evidentemente, me pidió mi número y se lo di incorrecto, ¿Soy mala?, prefiero pasar mis mañanas con un vecino sin sentido del humor.
Elías dejó la taza sobre la mesa y la miró. El alivio se había transformado en algo más denso, algo que lo hacía querer acortar la distancia entre sus sillas. Ella lo prefería a él. Incluso con su mal humor y sus silencios.
—No creo que eso te haga una mala persona, al menos ahora sabes lo que no te gusta de un hombre.
—Touche, definitivamente este no era mi príncipe azul, creo que el mío viene de rodillas.
—Come tu desayuno Emma —dijo él en voz baja, con un tono casi tierno—. Antes de que se enfríe y empieces a culpar al clima otra vez.
—Tal vez no estoy echa para el amor.
—Ya encontrarás a alguien.
Ella asintió. —¿Y tú?, ¿Qué tal tu noche?.
—Estuvo bien.
Emma empezó a hablar sobre un reportaje que vio en la televisión sobre policías, Elías solo la escuchaba y la observaba con atención.
Ella era hipnotizante, podría hablar de cualquier cosa y hacerlo prestar toda la atención del mundo.
La tarde caía sobre el edificio, Elías había despertado alrededor de las 2, se puso una camisa y unos pans, no se molestó en verse al espejo, solo salió de su departamento, cinco minutos antes había recibido una llamada.
Vargas, un oficial de la unidad K9, le había llamado.
—Oye Elías, estoy cerca de tu edificio, traigo lo que pediste, ¿Esta bien si te lo paso a dejar?.
—Si, claro, dame cinco minutos.
—Bien.
Elías bajó las escaleras, y a unos cuantos metros estaba una patrulla y Vargas, un tipo corpulento, de sonrisa fácil y facciones talladas que siempre parecía tener demasiada energía. A su lado, sujeto por una correa corta, estaba Thor, un pastor alemán imponente que movía la cola al ritmo de sus pasos.
—¡Hey, Elías! —exclamó Vargas, extendiendo una bolsa de papel—. Aquí tienes lo que me pediste. Repuestos para la funda táctica y el lubricante para el arma, pensé que ibas a necesitarlo, así que te lo traje.
—Gracias, Vargas. Te debo una —respondió Elías. —¿Qué tal el turno?.
—Esta todo tranquilo, no hay mucho movimiento.
—Que bien.
En ese instante, Emma iba llegando de su café favorito. Se detuvo en seco al ver la escena: Elías estaba con otro policía y un perro que parecía sacado de una película de acción.
—¡Hola, Elías! —saludó ella con esa luz que siempre lo descolocaba. Luego, sus ojos se abrieron de par en par al ver a Thor—. ¡Oh, por Dios! ¡Qué perro tan bonito!
Vargas, notando de inmediato la presencia de la chica, enderezó la espalda y le dedicó su mejor sonrisa.
—Se llama Thor —dijo Vargas con voz profunda—. Es mucho más amable de lo que parece.
—¿Puedo acariciarlo? —preguntó Emma, acercándose con timidez pero emocionada.
—Claro que sí, adelante —asintió Vargas, aflojando la correa.
Thor recibió las caricias de Emma con un entusiasmo impropio de un perro policía, recargando su cabeza en la rodilla de ella mientras ella reía y le rascaba tras las orejas. Elías observaba la escena en silencio. No le gustaba la forma en que Vargas miraba a Emma, ni la forma en que Emma parecía ignorar que él seguía allí de pie.
—¿También vives aquí?—Preguntó Vargas.
Emma alzó la vista y asintió. —Si, en el 3B, justo junto a Elías.
—A ya veo, Elías no había dicho que tenia una vecina tan bonita.
—No seas ridículo, ¿Por qué te tendría que decir algo como eso?—Preguntó Elías.
—Que perro tan lindo— dijo Emma ignorando a los dos hombres.
—Soy Uriel Vargas por cierto.
—Mucho gusto, yo soy Emma.
—¿Qué haces?— le preguntó Elías a Vargas sin emitir sonido alguno, para que Emma no escuchara, ella seguía entretenida jugando con las orejas de Thor.
—Es muy linda—Le respondió Vargas del mismo modo.
Elías solo rodó los ojos y se sobó el tabique nasal, la cabeza empezaba a dolerle de repente.
—Y dime Emma— dijo Vargas llamando su atención. —¿Eres soltera?.
—Muy bien suficiente, te agradezco que me hayas traído esto, pero es hora de irse, Emma esta ocupada, yo quiero dormir un poco mas, nos vamos, ven Emma—dijo Elías tomando a Emma del brazo y jalándola hacía el edificio.
—Adiós, fue un placer conocer a tu perro, es muy lindo— Dijo Emma mientras era arrastrada por Elías.
Subieron al elevador y Emma suspiró.—¿Viste sus orejas?, eran muy esponjosas.
—Aja.
—¿Es tu amigo?.
—Colega.
—A, es guapo.
—Es un mujeriego, tiene novia y sigue buscando más.
—Solo dije que era guapo, no que quería tener algo con él.
Elías respiró hondo. —¿De donde vienes?.
—Fui por un frappe, tenía calor.
Llegaron a sus departamentos y Elías miró a Emma. —¿Te gustan los tipos como Vargas?.
—¿Cómo él?.
—Si, me refiero a el físico.
—A, pues eso…mmm, honestamente no me fijo tanto en eso.
Elías asintió sintiéndose tonto, ¿Por qué le hacía esas preguntas?.
—No importa, voy a…dormir un poco mas.
—Claro.
Él se apresuró a entrar a su departamento y Emma se quedó sola en el pasillo. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios.