Capítulo 5

2362 Palabras
Comienzo de semana. Lunes, el siempre odiado y maldito Lunes. Sarah y yo estábamos sentadas en las gradas del campus, era temprano en la mañana y Erick quería que lo viéramos entrenar mientras perdíamos clases de quien sabe que. —Johan es un imbécil,— comentó Sarah molesta,— No puedo creer lo que dijo en el grupo ayer. Me soné los mocos y guardé el papel sucio en mi bolso,— Pues yo sí, siempre supe que era un idiota. Desde el momento en que me sonrió en la clase de biología con cara de "Soy guapo porque mi mamá me lo dice", supe que era un idiota,— me encogí de hombros. —Hablando del rey de roma, viene hacia acá,— dijo Sarah mirando algo fijamente. Desvié mi mirada a donde ella estaba mirando y vi a el idiota ese acercándose a nosotras. Venía con cara de preocupación, así que supuse que era para disculparse. Es por eso que me preparé para recivir mis merecidas disculpas. Estaba parado en frente de nosotras y dijo,— ¿Tienen papel higiénico? Sarah soltó una carcajada y mi expresión cambió totalmente a una confundida,— ¿Qué? ¿Te llegó el periodo? — Johan me miró molestó y sonreí victoriosa al hacerlo enojar,— No, no tengo. Lo siento. —Mira, ¿Quieres dejar tu orgullo de lado? Sé que estas enferma, y a una persona enferma no le puede faltar el papel higiénico,— dijo, levantó las cejas y extendió su mano,— Además, Erick tiene problemas en el baño. Rodé los ojos y tuve una pelea pelea interna entre mi orgullo y ser buena persona. Al final, resoplé y saqué unos pañuelitos de mi bolso, se lo acerqué a su mano pero antes de entregárselo dije,— No creas que olvidé lo que dijiste ayer en el grupo, Thompsom. Johan sonrió sin mostrar los dientes y me quitó los pañuelos rápidamente,— Lo sé,— se dio media vuelta y se fue trotando a la cancha. —Es un idiota,— comentó Sarah mirándolo con los ojos entrecerrados. Tensé la mandíbula molesta,— Lo sé. Luego de unos minutos, Erick entró al campus para comenzar a entrenar junto a los demás chicos del equipo. Su carita de felicidad me daba mucha risa y di pequeños aplausos a mi niñera. Mi madre me envió un mensaje de que ya había llegado a la casa de mi tío y que mi padre estaba en el hospital con medicamentos. Me alivié que habían llegado sanas y salvas, y que mi padre estaba recibiendo buena atención. Le dije que le enviara saludos, buenas vibras y un beso de mi parte. —¡Evans! ¡Miller! Vengan aquí,— nos gritó el entrenador del equipo apuntándonos. Nos miramos confundidas y nos dirigimos hacia a él apresuradas,— Háganme un favor... ¡Miller! —No me grité, estoy a su lado...— se quejó Sarah tocándose el oído con una mueca. El entrenador no le pareció importarle y tocó el silbato. Luego de eso dijo,— Ve a buscarme los libros y libretas de la clase a la oficina de la secretaria,— ordenó y Sarah se cruzó de brazos desafiante. —¿Las palabras mágicas?— preguntó e disimulé una carcajada. El entrenador suspiró,— Bibiti babiti bu, ¡Ve ahora o si no le diré al director que están acá y no en clase! Sarah rodó los ojos y se dirigió a la oficina a paso rápido. El entrenador gritó mi apellido y dijo,— Ve a buscar los implementos de entrenamiento a los camarines. —¿Y usted cree que soy pulpo o qué? —Mujeres...— susurró el entrenador quejándose,— Ehh... ¡Thompson! ¡Ven aquí! — gritó el entrenador,— Acompaña a la señorita Evans a buscar las cosas para entrenar ¡Y que sea rápido! —Sí couch,— dijo Johan jadeando por el duro entrenamiento y me miró,— ¿Vamos? —Ay cállate, me sangran los oídos con tu voz,— contesté y nos dirigimos a los camarines. El olor de los camarines era horrible, pero había que aguantarse, no quería que el director nos regañara por no estar en clases de biología. Comencé a estornudar por el polvo y el frío que hacia en la zona de los implementos de entrenamiento. Odio este lugar. Anotaré este lugar en mi libreta de "Lugares que odio" Ok, me estoy volviendo loca. —¿Por qué me odias? — preguntó de la nada Johan rompiendo el silencio y sacándome de mis ridículos pensamientos. —Conozco a los chicos como tu,— sinceré cerrando un casillero y sacando un pañuelo de papel para sonarme. —¿Y cómo son los chicos como yo? — dijo y se apoyo en los casilleros con los brazos cruzados con una sonrisita. —Así de egocéntricos,— lo apunté de pies a cabeza,— Que creen que con una sonrisa perfecta y unos ojos que se achinan cuando sonríes, todas las chicas se enamorarán de ti. Sonrió y guardó silencio por unos segundos. Sin embargo dijo,— ¿Crees que mi sonrisa es perfecta? Rodé los ojos y resoplé— Ahg, olvídalo. No se puede hablar contigo. —Lo sé,— comentó. Agarró las cosas para entrenar y se fue rápidamente del lugar. Yo agarré lo demás y lo fui a dejar al campus. Recuérdenme no volver aquí, enserio el olor es horrible. Más cuando una está resfriada. (...) —¿Has estudiado para el examen? — me preguntó Erick en la cafetería comiéndose su almuerzo. Abrí los ojos como platos,— ¡¿Qué examen?! —Veo que no,— dijo entre risas, se encogió de hombros y sacó un cuaderno de su bolso,— Como la buena niñera que soy, estudiaremos juntos esta tarde. —Vuelves a decirme que eres mi niñera, y te golpearé la cara. Solo a mi me sale chistoso,— comenté y Sarah se sentó a mi lado. —¿De qué hablan?— preguntó ella partiendo a la mitad su hamburguesa. —De como mi vida se esta acabando,— reclamé y apoyé los codos en la mesa desganada,— Mañana hay examen y no se nada. Me siento mal, se me caen los mocos y tengo una niñera ¿Acaso podría ser peor? Ella soltó una risa,— Tranquila, iré a tu casa esta tarde y estudiaremos juntas,— sugirió,— Llevaré una sopa de pollo para que te mejores más rápido. Fruncí el ceño sorprendida,— ¿Desde cuando eres mi madre sustituta? —Desde que me dijiste "Mami te quiero, vamos al parque" en el cumpleaños de Erick,— dijo con tono obvio. Abrí los ojos más de lo normal,— ¿Yo dije eso?— me apunté a mi misma. —Estabas borracha, dices muchas cosas cuando estas borracha,— comentó Erick,— Una vez tiraste mi pantufla por la ventana de mi habitación y gritaste "¡Pikachu, yo te elijo!" — bufé avergonzada. Faltaba la última clase del día. Química. Ahg, como odio Química. Como odio los lunes. Como odio mi vida. Como odio todo. Una vez que tocaron la campana para ingresar a clases, entré al salón con un dolor de cabeza espantoso. Me sentía mareada y con mucho frío. Busqué las pastillas que me recetó mi madre para que estos síntomas desaparecieran, pero no las encontré. Demonios. Hay que verle el lado positivo, el profesor no me verá con cara de drogada. (...) —¿Quieres sacar tu cuaderno y ponerte a estudiar? — preguntó Erick sentado en la mesa del comedor. —¿Quieres callarte? Estoy buscando mis pastillas,— respondí y seguía buscando en los muebles de la cocina. Como necesito a mi madre, ella siempre encuentra todo. Y si no lo encuentra es porque definitivamente se perdió. —Aprovecha de traer un bolsa plástica para dejar tus papeles llenos de mocos,— dijo Erick en un tono desagradable. Me di por vencida en buscar mis pastillas y saqué una bolsa de la bolsa de las bolsas. Ok, ni yo me entendí. —¿Tú también tienes una bolsa llena de bolsas? — le pregunté a Erick sentándome junto a él,— Algo así como la bolsa de las bolsas. La bolsa suprema, la bolsa elegida. Erick me miró confundido,— Ok, los mocos se te subieron al cerebro. Rodé los ojos. Odio tener niñera. Cuando saqué mi cuaderno para comenzar a estudiar como la buena niña que soy, tocaron el timbre. —Debe ser Sarah,— comenté feliz y fui abrir la puerta,— ¿Y tu que haces aquí? —Vine a estudiar,— contestó Johan del otro lado de la puerta con su típica sonrisita que me hace querer matarlo,— La pregunta es que haces tú aquí. Arquee mis cejas,— Es mi casa. Dah. —Erick me dijo que era su casa,— contestó extrañado y miré de la mala manera a Erick. Erick me miró apretando lo labios y dando una sonrisa,— ¡Hombre! Sarah, me encanta tu nuevo look, ¿Ese corte es nuevo? ¡Ah! ¡Esta más alta! —Te voy a comprar una alcancía para que te ahorres tus comentarios,— dije y miré a Johan,— Lamentablemente no puedes pasar, es mi casa y son mis invitados y revisando a lista en mi cabeza. Tú no estas en ella. Johan sonrió,— Y yo revisando mis bolsillos,— dijo y se metió la mano al bolsillo y sacó mis pastillas,— Encontré esto. Tensé la mandíbula,— Dámelas. —No hasta que esté adentro,— dijo e inclinó la cabeza sonriendo. —¡Dámelas son mías! — salté para intentar quitarle mis pastillas pero no lo logré. Levantó su mano con las pastillas en ella y me es imposible alcanzarlo. —Entro, me siento en tu lindo comedor y te daré tus pastillas. Bufé. Odio fallarle a mi orgullo pero necesito esas pastillas,— Solo porque tengo muchos mocos y me duele la cabeza. No creas que te deje pasar porque me caes bien. Johan sonrió victorioso y entró a mi casa. Hay personas, que desde el primer momento en que las ves, sabes que quieres pasar el resto de tu vida... sin volver a verlas. Johan, por ejemplo. Lastima que esta sentado en mi comedor estudiando con nosotros. Lastima. Le envié un mensaje a Sarah diciéndole que se apresurara en llegar, no soportaba estar con mi niñera y la persona culpable de mi resfriado. A los diez minutos, Sarah estaba sentada a mi lado y todos estábamos estudiando. —¡Te digo que me da 1548.5! — gritó Johan apuntando el ejercicio de matemáticas en su cuaderno. —Pues a mi me da 1547.6,— dijo Erick cruzándose de brazos. —Yo opino que deberíamos hacerlo de nuevo,— comentó Sarah agarrando la calculadora y el cuaderno de Johan. El idiota grita, el inteligente opina y el sabio calla. Es por eso que yo no digo nada. No es porque no sepa de que están hablando, no, no, no, ¿Quién se creen que soy? Ok, a quién quiero engañar. —¿Tu que dices Pilar? — me preguntó Sarah. —Opino que deberíamos pedir pizza para cenar, son las siete y ya tengo hambre,— comenté y me dirigí a mi celular que estaba en la cocina saltando como niña pequeña. —Opino los mismo,— dijo Erick y se sentó en mi sofá frente al televisor,— ¿Qué vamos a ver? ¿Una película o una serie? Sarah bufó y cerró el cuaderno,— Si les va mal en el examen, no es culpa mía. (...) Nos pasamos toda la tarde viendo una serie, nos reíamos y comíamos pizza. Luego pedimos sushi y seguíamos tragando. Estábamos pasando un buen rato hasta que Erick gritó,— ¡Son las doce de la noche! —¡Cenicienta tiene que volver a su casa o si no se romperá el hechizo! — gritó Sarah y solté una carcajada. — Será mejor que vuelvan a sus casas,— comenté y bostecé,— Menos mi niñera. Erick sonrió pero luego frunció el ceño,— Ahora admites que soy tu niñera ¿Eh? —¿No me puedo quedar aquí? — me preguntó Sarah ignorando el comentario de Erick. Cosa que últimamente hacemos mucho,— Creo que mi madre se molestará más si llego tarde a que me quede a dormir aquí. Además, aun tengo mi pijama en tu closet. Sonreí recordando su pijama que había dejado aquí hace algunos meses,— Claro, no hay problema. Johan se levantó y dijo,— Supongo que yo si me tendré que ir. —¡Por fin dices algo inteligente desde que nos conocimos! — grité y aplaudí. Johan me dio mala cara, se despidió y salió de la casa. Suspiré feliz al saber que por fin se había ido, pero a los minutos después tocaron el timbre. Me dirigí a la puerta y era él. Le di una cara de desagrado. —¿Qué te pasó? —Mi auto se quedó sin gasolina,— explicó encogiéndose de hombros. —¿Por qué no te vas caminando? — pregunté y me apoyé en el umbral de la puerta. —Vivo muy lejos, es peligroso. —¿Por qué no pides un Uber? —No tengo dinero, lo gasté todo en la pizza y el sushi. —Emh... ¿Por qué no caminas hasta la gasolinera y traes gasolina en una botella? —Es muy peligroso el camino hacia allá. Gruñí,— Ahg, ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué les pida a las hadas que te traigan gasolina? Johan se rascó la nuca,— ¿Puedo dormir aquí? —No. —¡Claro que sí! — dijo Erick apareciendo a mi lado y abrazándome por los hombros. —Es mi casa, yo tomo las decisiones,— le dije a Erick y luego estornude. Logrando arruinar mi actitud firme. —Yo soy la niñera, y tu madre me dejó a cargo. ¡Un día de estos Blake, enserio te mataré!
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