—No estoy seguro de esto —dijo Cassio. Sierra miró el arco recurvo, azul, rojo y con el centro amarillo, levantado y hundido en la grama y la tierra húmeda del jardín. —¿Quieres que me proteja? —preguntó ella—. Esta es la manera. Cassio vertió un poco de whisky en su taza de té. —Una señorita no aprende tiro al arco —dijo removiéndolo con una de sus cucharas de plata—. Eso es para hombres. Sierra sostuvo el arco de madera de cuarenta centímetros. —Me ofende tu misoginia, padre —dijo apuntando el centro del arco—. Pensé que tu relación con las féminas era mejor que esto. Cassio sorbió y supo que esa era la mejor manera de despertar. —Solo digo que no lo veo femenino —dijo desde su silla. Sierra se colocó la lengüeta en la mano dominante y el bracer de cuero en el otro para pr

