Sierra soltó aire entre sus dientes. —No —respondió—. No lo creo. Styx también cerró sus ojos y frotó su mejilla con sus pulgares. La había herido. Por medio de lo que sea que Slava le hizo, la había herido, pero nada se comparaba con su propio dolor, con su pena, con sus lágrimas rojas. Nada de lo que pudiera hacerle a Sierra satisfacería ese deseo interno de hacerle daño. Esa sed de venganza solo se saciaría con Cassio, con matarlo, pero todo su cuerpo, sus músculos, incluido el mayor de ellos, sentía la incesante necesidad de destruirla, de hacerla añicos como le hicieron a él. Su venganza original era con ambos, pero las cosas cambiaron en el proceso. —Yo no sé si te hubiera perdonado —susurró ella la verdad—. No sé si tengo un corazón tan bueno como el tuyo. Creo que no, porque yo

