37 | Feliz cacería

1876 Palabras

Styx no podía respirar cuando ella le confesó lo que hizo. Styx siempre tuvo la semilla de la duda, pero el árbol nació en un segundo y rompió el bunker. Styx no pudo moverse, y Sierra agachó la cabeza. Styx respiró profundo, y con la voz más grave que ella alguna vez escuchó, le pidió de forma condescendiente contarle. —Cuéntame. Quiero que me cuentes todo. Sierra mantuvo el rostro contra las rodillas. —No quiero. —¡Sierra! —gritó y ella tembló, alzando el rostro lloroso para ver el fuego en sus ojos. Styx se había convertido en un jinete del infierno—. Te ordeno como tu esposo que me cuentes todo. Sierra quiso suplicarle que no la obligara, pero si alguien conocía de traumas, de magulladuras en la coraza, era él. No había nadie en el puto universo que la comprendiera mejor que S

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