Días después, Damián y Alexander asistieron a un evento benéfico en un elegante salón de la ciudad. El lugar estaba lleno de luces brillantes y conversaciones animadas entre los presentes, y la música suave creaba un sitio extraordinario. Damián, siempre atento a las oportunidades, se acercó a Alexander con una sonrisa traviesa. —¡Mira! —pronunció Damián, señalando a una mujer que destacaba entre la multitud—. Te quiero presentar a alguien. Se acercaron a una exuberante castaña de ojos verdes, cuyo cabello brillaba bajo la luz. Su nombre era Isabella Altamira, una empresaria dueña de una reconocida compañía de textiles. Era innegablemente hermosa y desprendía seguridad. —Isabella, este es mi sobrino Alexander —habló Damián, dejando a ambos a solas con la intención de que entre ellos pud

