La tensión del campo de entrenamiento aún flotaba en el aire cuando Kilian ordenó el alto. La voz del rey, profunda y cargada de autoridad, había cortado el ambiente como una cuchilla afilada. El silencio fue inmediato. Kara cayó de rodillas por la presión de su aura, y todos los presentes bajaron la cabeza en señal de sumisión. Abigaíl, todavía en posición de defensa, relajó los hombros y bajó las manos con lentitud. Su respiración era pesada, su rostro mostraba rastros del combate, pero sus ojos brillaban con una extraña calma. No había miedo, ni arrepentimiento. Solo determinación. Kilian no la miró como un rey evaluando a su guerrera. La miró como un hombre que acababa de presenciar a su luna en su esplendor. Suya. Salvaje. Indomable. Se acercó a ella en completo silencio, los cuatr

