Novia fugitiva

2204 Palabras
Ya había amanecido y Nazlin entra al dormitorio para ir a saludar a su hija Pilar, hoy era un gran día, una de sus hijas se casaría con una familia de la dinastía Zahani, era día festivo para ellos y todo el vecindario. —Despierta, mi querida hija de ojos bellos —decía Nazlin mientras que besaba las mejillas rosadas de Pilar. —¡Buenos días! —responde Pilar mientras se fregaba los ojos y bostezaba para incorporarse y dirigirse al baño, mientras que Nazlin recoge las prendas tiradas de Pilar del suelo. —Yyam kizim —Nazlin toma el cobertor de Ruya para destaparla, cuando se percata de su ausencia. «Despierta hija» —¡Ruya! ¡Ruya! Khalef, ven —empieza a gritar desesperada. —¿Qué pasa mujer, por qué gritas? —responde Khalef, viendo en las manos de Nazlin las sábanas que Ruya había utilizado para escapar—. Ve, búscala, no estará lejos ¿Que le diremos a Zahir? —pregunta aturdido. —Debemos decirle que la joven ha huido —termina diciendo la mujer, para ver a su marido salir por la puerta. Esto no era bueno para ellos y menos para la dinastía de los Zahani. Hacer enfurecer a un Melik era como atraer la muerte para uno mismo. Todos en la tribu lo respetaban, ya que al igual que sus hermanos, no eran muy amables con los que desobedecía sus leyes u órdenes. En la mente de Nazlin solo había una preocupación, ¿qué sucedería cuando Zahir se entere que la mujer que le robo el pensamiento y la razón ha huido para evitar ser su esposa? ¿Qué consecuencia sufriría su familia por lo que acababa de hacer Ruya? Khalef toma el caballo de la familia y va rumbo al palacio para hablar con el Melik, y próximo sultán del Reino de Konya. Con pesar, va introduciéndose por el palacio para que finalmente un guardia allegado al sultán lo nombrase pidiendo una audiencia. Las puertas se abren para que el guardia personal del sultán entre en ella, llega ante los pies de este para saludar de forma correcta. —Mi sultán, el señor Khalef pide una audiencia con usted, dice que es urgente —para el sultán y sus hijos era algo llamativo, ya que todos están allí para presenciar el casamiento de su hermano Melik Zahir con la bella joven Ruya de las tierras de Ankara. — ¡Hazlo pasar! —dice de manera seca y serio. Para Zahir era extraño que el padre de Ruya estuviera allí, ya que debería estar en plena preparación para la ceremonia. —Mi sultán, disculpe mi molesta presencia, pero quería informar que mi hija Ruya se ha escapado de la casa y no la hemos encontrado —aquella noticia toma por sorpresa a toda la dinastía presente, principalmente a Zahir que mira al hombre sorprendido. —Yorgos, dispón de una cuadrilla de hombres y ve a buscarla —ordena el sultán, era evidente la molestia que tenía al oír la noticia. — ¡Sí, mi sultán! —responde unos de los hijos del sultán para retirarse de su presencia y la de los demás. —Si para la noche no encontramos a tu hija, serás condenado a la orca por tu ineptitud —expresó con dureza. — ¿Cómo has podido dejar que escape mi futura esposa? ¿No pensaron en la consecuencia que sufriría tu familia? —Zahir escupe con molestia, para ver que el padre de Ruya solo escucha y agacha la cabeza ante el error que habían cometido. —Puedes retirarte… —impone su orden el sultán, para ver que el hombre se para y luego se aleja de su presencia. En cambio, Zahir estaba en una total desesperación al ver que se ha escapado la mujer que lo enamoró en los puestos del mercado. —Mi sultán, pido permiso para salir en busca de ella, quizá esté a tiempo de encontrarla —vocifera el príncipe. —Ve, encuéntrala y tráela aquí al palacio —ordena el sultán. Zahir camina hacia su dormitorio para vestir su ropa de guerrero, imponente como el lobo y ágil como el águila. Toma su espada, y finalmente sale en busca de su honor. Toma las riendas de su caballo, pero esta vez iría acompañado de tres de sus más fieles guerreros: Ozgar Selkuclut, Ali Gosusirin, y Osman Gulsoy. —Mi Melik Zahir, iremos con usted —dice Osman al mismo tiempo presenta sus respetos ante su señor. Zahir solo asiente para dar inicio al galope, salen a través de las puertas del palacio, y aunque no sepa por dónde empezar a buscar, Zahir hace caso a sus instintos. Él sabía que lo único que le queda por hacer es pensar como ella, pero lo cierto es que si se introdujera en el desierto sería su sentencia de muerte. En ella habitan animales que te quitarían la vida, sin dejar de contar a los mercenarios que secuestran mujeres bellas para venderlas a los plebeyos. En el camino se encuentra con comerciante de los puestos. —Lord, ¿qué hace un comerciante sin su caballo? —pregunta Zahir, sentado desde su caballo azabache. —Bueno, mi Melik, me han robado el caballo, y los demás lo he prestados para el traslado de las pieles al reino de Kinilach —Zahir se sorprende, ya que nadie se atrevería a robar el caballo de un Lord dueño de casi todos los puestos de la Villa. —Osman, iremos a la caballeriza del comerciante, rastrearemos al impostor —termina diciendo Zahir. Sin embargo, algo en él se enciende como una chispa de fuego. Los guerreros van en dirección de la caballeriza del comerciante. Algo que el propio Melik no soportaba era que sus seguidores o súbditos robaran, ya que el reino ha proporcionado sus leyes y entre ellas el castigo por robo eran los azotes y trabajos forzosos. Llegan al lugar y sin perder tiempo, el futuro sucesor del Sultán baja de su caballo para caminar lentamente hasta donde había unas huellas. Osman, su mejor rastreador, se inclina hasta las ellas y con las yemas de los dedos las toca analizándolas detenidamente. —Mi Melik, no son huellas de algún hombre, al parecer son las de una mujer —Zahir abre los ojos y lo único que se le ocurre es que son las huellas de Ruya. Osman camina, va en dirección de las huellas del caballo lo cual los dirige en el desierto—. Creo que ha entrado en el desierto, mi Melik. — ¡Vamos, debemos encontrar a mi futura esposa! —ordena Zahir, mientras que sus hombres solo asientan para volver a subir en sus caballos y seguir sin perder tiempo. Mientras que el Melik y los guerreros del mismo recorren cada hogar en el reino en busca de la joven, el sultán está en reuniones con los ancianos del palacio viendo qué hacer con los rebeldes que acechan el reino desde el desierto. Estos eran un grupo conformado por guerreros exiliados, y otros eran hombres del reino vecino que han estado en guerra con el reino del sultán. Estos se hacen llamar los Bizantinos, el líder de la tribu era uno de los más despiadados que existía. Apodados los rebeldes del desierto, porque solo ellos saben cómo sobrevivir a la crueldad que esa tierra. El Rey de los rebeldes tenía cuatro hijos, de cuales dos eran los próximos en gobernar y conquistar el Reino de los Seyuitas. Año tras año estuvieron en guerra, pero una de las hijos del rey de los Bizantinos fue secuestrada y vendida por los Seyuitas. Jamás supieron de la existencia de aquella princesa, por lo cual el rey la declaró muerta y juró que se vengaría de los responsables de aquel triste suceso que tiño de tristeza su reino. Van ingresando al desierto los caballeros y guerreros del joven Melik, y a pesar de sus pocas esperanzas en encontrar a la joven rebelde con vida, no dejarían de buscarla. Aunque Zahir no ha podido ver el rostro de su futura esposa, solo recuerda aquellos ojos que lo enamoró y le ha quitado el sueño cada noche. Se abre pasó con su caballo por el desierto, debían de apurar sus pasos ya que muy pronto se avecinaría una tormenta de arena, el cual era casi la muerte para los que caminaban en el desierto. — ¡Vamos! Debemos seguir —habla con autoridad el joven Melik a sus hombres. —Sí, mi Melik… —responde uno de sus mejores jinetes, mientras se cubre el rostro con una tela, impidiendo que aquella arena se introdujera en su garganta. Van caminando por el desierto, confiados en sus experiencias en muchas batallas en aquellas condiciones, pero también estaban seguros que debían buscar un lugar para resguardarse de la tormenta que se avecinaba. La noche caería muy pronto, pero no había rastros de la novia fugitiva. En gran parte esto preocupaba a los caballeros del joven Melik, sabían qué si no la encontraban el reino tendría una gran pérdida, y el honor del joven Melik sería manchado por el descuido de una joven que se rehúsa a las órdenes del gran sultán. Llegan a un pavimento pedregoso, esto sería de gran ayuda para resguardarse de la tormenta que se avecinaba. Los hombres del joven Melik buscan como hacer fuego, ya que por las noches la temperatura en el desierto bajaba drásticamente, hasta llegar bajo cero. Y si no conseguían como calentarse, podrían morir de hipotermia. Mientras que descansaban alrededor del fuego, el joven Melik no podía dejar de pensar en la que sería su esposa ¿Qué la llevo hacer esta travesía? Por momentos dejaba de sentir culpa por lo sucedido, aunque lejos estaba de sentir lastima por ella. Como Melik, no podía demostrar debilidad y menos, dejar que su honor fuera tomado a la ligera por una mujer que se revelaba a las decisiones del sultán y del próximo heredero al trono. La noche iba avanzando como también el peligro en el desierto, esto preocupaba sobremanera al joven heredero, no por ellos sino por Ruya. —Señor, si quieren podemos seguir el camino en busca de su Hatum (Esposa) —el joven heredero hace una señal de manera seria para que él y sus guerreros se pongan en marcha. En cuanto a la joven rebelde y forastera, seguía su camino en medio de la noche. Había quedado varada en medio de la nada mirando a las estrellas, rezando a su Dios para que no la desamparara y que pronto pueda salir de este aprieto. El caballo se desplomó a su costado en aquella fría arena, respirando agitado y sin fuerzas. Ruya quedo plasmada ante aquella desgarradora imagen, sin creer su mala suerte y el miserable destino del pobre animal. —No, no puedes dejarme sola, levántate… Sigue conmigo, eres mi única esperanza —decía de forma preocupante. Sin poder hacer nada, decide quedarse a su lado como agradecimiento por haberla llevado lejos de aquel lugar. Sin embargo, dejaba de lamentarse, ya que el animal dio sus últimos alientos para abandonar esta tierra todo por su culpa. Estaba siendo consciente que no debía permanecer allí por mucho tiempo, ya que podrían estar buscándola. Decide continuar con su huida, pero esta vez sola. Sin agua y sin un atuendo más cómodo, se da paso por el frio desierto. No sabía ella por cuanto tiempo había estado caminando, o en qué dirección lo hacía, solo se preocupaba por caminar y alejarse lo más que pudiera con la esperanza de que, muy pronto, llegara a un pueblo y pudiera pedir ayuda. Sin embargo, llegó a un punto en que ya no sentía sus pies. La sed le daba una clara señal que su cuerpo estaba al borde de colapsar, su andar era descoordinado, su vista iba emborronándose y sus labios estaban deseosos de probar un poco de agua. Sin fuerzas, cae estrepitosamente al suelo, pero toma las ultimas energías para incorporase nuevamente y caminar. Cuando a los lejos, escucha el relinchar de los caballos, trataba de observar, pero no logra ver nada dada la oscuridad y su deplorable estado hasta que finalmente cae al suelo. Ella abre sus ojos y ve a la distancia que se le acercaba un hombre con una vestimenta extraña, pero el peso de sus parpados le vence, cerrándolos de manera definitiva. Las energías de aquella mujer sin experiencia en un desierto, estaban agotadas. El desierto se había encargado de absorber cada gota, ahora solo quedaba que el propio destino le haya mandado a un buen hombre para rescatarla o salvarla, aunque luego podrí sacar provecho de ella por el simple hecho de ser una mujer. Solo los más fuertes y audaces podrían sobrevivir en un lugar tan cruel como el desierto, pero para ella eso no le importaba, solo quería escapar. Aun sabiendo que no conocía el lugar, se había adentrado hasta lo profundo con el propósito de huir lo más lejos posible del hombre que le habían impuesto como esposo. Lejos de sus amigos de toda su infancia y en un lugar que no conoce, Ruya estaba empezando a luchar por su vida y sus creencias.
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